Y lo hizo. Tomó la decisión cuando comprendió la certeza de su futuro: sería la eterna niñera de sus hermanos y no tendría una vida propia hasta verlos crecer. Si se quedaba, le esperaba un destino idéntico al de su madre, atada a un hombre como su padrastro.
El nacimiento de Gisell, su segunda media hermana, fue el detonante definitivo. Rocío supo que había llegado el momento de partir.
Abandonar el hogar dolía, pero dolían más las noches oscuras en que su padrastro las echaba a la calle tras golpear a su madre. En esas ocasiones, sus abuelos las acogían hasta la mañana siguiente, cuando a él se le pasaba la resaca. Pero la violencia no era el único motivo: a veces era su propia madre quien los echaba de casa, solo para evitar discusiones con su pareja o para intentar arañar unos minutos de calidez a su lado.
Al terminar el primer año de secundaria, Rocío decidió tomar las riendas de su vida. Manteniendo el contacto con sus abuelos paternos, le rogó a su madre, Mariana, que la dejara ir a visitarlos unos días. Tras insistir incansablemente, logró convencerla.
Una vez allí, aprovechó la oportunidad para averiguar la dirección de su padre en la ciudad. Guardaba la ingenua esperanza de que, tras tantos años, las cosas hubieran cambiado.
La abuela Delicia, tan dulce y cálida como sugería su nombre, le tendió su mano arrugada como lo había hecho tantas veces en el pasado; esta no fue la excepción. Sus ojos cristalizados por las lágrimas quedaron grabados en la memoria de aquella jovencita que, cargada de ilusiones, subió al pequeño bus y cerró los ojos para no mirar atrás.
Cuando el autobús finalmente frenó entre el bullicio urbano, el humo de los escapes y la prisa de los desconocidos, Rocío descendió con una pequeña bolsa por equipaje y el corazón latiéndole en la garganta. La ciudad era un monstruo gigante y ruidoso, pero para ella representaba la única puerta abierta hacia su propia libertad.
Guiándose por las indicaciones de los vecinos, encontró la casa de Dilbert. Fue su madrastra quien la recibió con sorpresa y la invitó a pasar, explicándole que su padre aún estaba en el trabajo. Sentada en una silla en mitad de la sala, Rocío esperó con el corazón en un hilo. Cuando Dilbert finalmente llegó, la saludó con una sonrisa y le dio un abrazo breve. Le dijo que podía quedarse.
Los días siguientes transcurrieron entre las tareas del hogar y la convivencia con sus nuevas medias hermanas. La mayor se mostraba desconfiada y distante; la menor, apenas unos años más joven que ella, era una niña risueña de rostro inolvidable.
Le permitieron asistir al colegio nocturno, aunque la recogían a la salida para mantener un control estricto sobre ella. Sin embargo, su estancia duró poco. El incidente en la ducha le abrió drásticamente los ojos: para ellos, no era más que una intrusa.
Aquella noche, mientras su reflejo aún cubría el espejo del baño, la hermana dos años menor irrumpió violentamente, empujando la puerta sin el menor respeto. La mirada de rechazo y los gestos cargados de rabia hacia Rocío dejaron en evidencia el desprecio que había estado acumulando desde su llegada. Mientras tanto, la madrastra se limitaba a observar desde la distancia con fría indiferencia. Nunca había querido a Rocío en la casa, y por eso mismo había aprovechado su llegada para recargarla de quehaceres domésticos, tratándola más como una empleada de servicio que como a una hija.
En esa atmósfera opresiva, sin una sola voz que saliera en su defensa, Rocío comprendió que la indiferencia de su padre dolía tanto como el desprecio de los demás.
Y así como llegó, se fue.