Cáncer

Capítulo 28

Pero el destino de Mariana había estado escrito desde mucho antes de que cualquiera pudiera aceptarlo.

Con la voz debilitada por la enfermedad y el tiempo escapándose entre cada respiración, pronunció unas últimas palabras que quedaron grabadas para siempre en el corazón de su hija.

Le pidió perdón.

Perdón por las preocupaciones, por las cargas que su enfermedad había traído durante aquellos meses. Perdón, también, por los errores que pudo haber cometido cuando Rocío era apenas una niña, por las veces que quizá la lastimó sin querer.

Fueron apenas unas cuantas frases.

Tan breves que parecieron durar un instante.

Tan profundas que permanecieron para toda la vida.

Rocío jamás olvidaría ese momento.

Observó cómo una tenue sonrisa se dibujaba en los labios de su madre. No era una sonrisa de tristeza ni de resignación; era la expresión serena de alguien que había dejado de luchar contra lo inevitable y estaba lista para descansar.

Y aun así, verla partir fue devastador.

Resultaba injusto que una enfermedad cruel y silenciosa, de la que nunca supieron exactamente cuándo había comenzado a consumirla, terminara arrebatándosela de esa manera.

Entonces ocurrió.

Su corazón dejó de latir.

Sus dedos se aflojaron lentamente hasta que su mano cayó sobre el colchón. Sus párpados se cerraron con suavidad, como quien se entrega al sueño después de una larga jornada.

En ese preciso instante, la luz dorada del amanecer atravesó la ventana e inundó la habitación con un resplandor silencioso, anunciando una verdad que nadie estaba preparado para escuchar.

Mariana se había ido.

La primera semana de octubre de 2017, dejando tras de sí un vacío imposible de llenar y un amor que ni siquiera la muerte sería capaz de borrar.




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