Antes de morir, Mariana recibió una última visita que jamás esperó.
Dilbert apareció en la puerta de la casa de Rocío con los años reflejados en el rostro y el arrepentimiento pesándole sobre los hombros. Había venido a pedir perdón.
Quería hablar con ella una vez más. Quería explicarse. Quería aliviar una culpa que lo había perseguido durante demasiado tiempo.
Pero Mariana se negó a verlo.
No le concedió una despedida, ni una conversación, ni una última oportunidad para justificar su ausencia.
Porque había cosas que llegaban demasiado tarde.
Él la había abandonado cuando más lo necesitaba, y ahora, después de tantos años, cuando la enfermedad la consumía y la muerte esperaba a la vuelta de la esquina, recién parecía comprender el daño que había causado.
El perdón que buscaba no le fue concedido en vida.
Y esa fue una carga que tendría que llevar para siempre.
Como si el destino quisiera burlarse una vez más de ella, Vicente, el hombre con quien compartió sus últimos años, también llegó con una promesa tardía.
Una propuesta de matrimonio.
Pero el final ya estaba escrito.
Mariana observó aquella muestra de amor con una tristeza imposible de ocultar.
Porque cuando aún tenía fuerzas para soñar con un futuro juntos, él había dudado. Cuando todavía quedaban años por vivir, nunca demostró haberla amado.
Solo quedaban semanas.
Quizá días.
Y no había nada capaz de devolverle el tiempo que la vida le había arrebatado.
Mariana los rechazó a ambos por la misma razón.
Porque el amor, el arrepentimiento y las promesas tienen un momento para llegar.
Y el suyo había pasado hacía mucho tiempo.