Cuando Rocío intentó acercarse a su padre para saber cómo estaba, las puertas siempre se le cerraban en la cara. Unas veces le decían que él no estaba. Otras, simplemente le inventaban cualquier excusa para no dejarla pasar. Con el tiempo, Rocío entendió que ya no era bienvenida ahí y, por su propia tranquilidad, prefirió dar un paso al costado. Resultaba doloroso e irónico tener que rogar por un poco de atención de su propio padre.
Y no fue solo él. Sus medias hermanas, las hijas de su madrastra, tampoco estuvieron con ella después del choque. Ni siquiera levantaron el teléfono para preguntar por su sobrino, a quien antes decían querer tanto.
La traición más fría vino de Coral. El día del accidente de Rocío, ella se ofreció como testigo en la comisaría, pero cuando llegó el momento de poner su firma en la declaración, simplemente se echó para atrás y desapareció. Benjamín tuvo que ir en su auto a buscarla hasta su casa a altas horas de la noche, porque esa última firma era lo único que faltaba para proceder con la denuncia. Coral nunca dio la cara.
Al final, Rocío comprendió que dolió menos aceptar la distancia que seguir mendigando un lugar en una familia que no la quería.
Durante años apenas tuvieron contacto.
Solo volvieron a coincidir en la celebración del cumpleaños de Dilbert, una reunión organizada por expreso deseo de él.
Fue entonces cuando Rocío volvió a verlo después de tanto tiempo.
Los estragos del párkinson eran imposibles de ignorar. Aquel hombre fuerte y lleno de energía que recordaba parecía haberse desvanecido poco a poco. Ya no era el mismo de aquellas primaveras en las que bailaba sin preocuparse por el mañana, ni el que encontraba motivos para sonreír incluso en los días más grises.
La enfermedad había dejado marcas profundas en su cuerpo.
Pero nadie imaginaba que lo peor aún estaba por llegar.
Tres años después, los médicos pronunciaron un diagnóstico que cayó sobre la familia como una sentencia.
Melanoma en estadio III.