Si has llegado hasta aquí, hay algo que debo confesarte.
Durante todas estas páginas hablé de Mariana, de Dilbert y de Rocío, así como de las personas que cruzaron por sus vidas. Conté sus alegrías, sus equivocaciones, sus pérdidas y las batallas que les tocó enfrentar. Varias de estas historias las conocí por lo que me contaron en la familia; otras, nacieron directamente de los recuerdos que los mismos protagonistas compartieron conmigo.
Lo que nunca dije es que esta historia también es la mía.
Porque Mariana era mi abuela.
Quizá por eso me resultó imposible escribir estas páginas sin sentir que, de alguna manera, estaba reuniendo los fragmentos de una familia marcada por el amor, las ausencias y el paso implacable del tiempo.
Mientras escribía sobre Mariana, muchas veces me pregunté qué habrá ocurrido después de aquel último suspiro.
No sé si existe un cielo.
No sé si hay otra vida esperándonos al final del camino.
Nadie lo sabe.
Pero me gusta imaginar que sí.
Me gusta pensar que, después de tantos años de sufrimiento, de enfermedades, decepciones y despedidas, ella encontró la paz que tanto le fue negada en este mundo.
Y si realmente existe otro lugar más allá de este, espero que haya llegado a él libre de dolor.
Libre del miedo.
Libre de las heridas que cargó durante tanto tiempo.
A veces incluso imagino que se reencontró con aquel primer amor que guardó en una parte especial de su corazón. Que volvió a ver a la persona que amó profundamente y que la vida le arrebató demasiado pronto. Me gusta creer que, en algún rincón del universo, existe una versión de su historia donde tuvieron el tiempo que aquí les faltó.
Tal vez sea una fantasía.
Tal vez solo sea el deseo de una nieta.
Pero encuentro consuelo en esa idea.
Porque la vida me ha enseñado que no siempre existen finales justos.
Las enfermedades no distinguen entre personas buenas o malas.
No preguntan cuánto has sufrido ni cuánto te queda por vivir.
Simplemente llegan.
A veces destruyen planes.
A veces separan familias.
A veces obligan a despedirse cuando todavía quedan demasiadas cosas por decir.
Y, sin embargo, también nos recuerdan algo que solemos olvidar: que el tiempo es limitado.
Pasamos años preocupándonos por problemas que un día dejarán de importar.
Discutimos por orgullo.
Guardamos rencores.
Postergamos abrazos.
Esperamos el momento perfecto para pedir perdón o para decir "te quiero".
Como si tuviéramos la certeza de que mañana seguirá ahí.
Pero la vida no hace promesas.
Y quizá esa sea una de las lecciones más duras que dejó esta historia.
También aprendí algo sobre la familia.
Que no siempre es perfecta.
Que a veces hiere.
Que a veces decepciona.
Que está formada por seres humanos llenos de defectos, contradicciones y errores.
Pero también por personas que aman de la única manera que saben hacerlo.
Porque al final todos estamos intentando sobrevivir a nuestras propias batallas.
Todos llevamos heridas que los demás no pueden ver.
Todos cometemos errores que desearíamos corregir.
Y todos, tarde o temprano, terminamos comprendiendo que la vida es demasiado breve para vivirla únicamente desde el resentimiento.
Si hay algo que deseo que permanezca después de estas páginas, no es la tristeza.
No es la enfermedad.
No es la muerte.
Es el amor.
Porque incluso después de todos estos años, Mariana sigue viva en las historias que contamos sobre ella.
En los recuerdos de quienes la conocieron.
En las enseñanzas que dejó.
En sus hijos.
En sus nietos.
Y en cada persona que alguna vez la amó.
Tal vez ese sea el verdadero significado de permanecer.
No evitar la muerte.
Sino dejar una huella tan profunda que el tiempo sea incapaz de borrarla.
Y mientras alguien recuerde su nombre, mientras alguien cuente su historia o sonría al pensar en ella, una pequeña parte de Mariana seguirá aquí.
Viviendo entre nosotros.
Con amor.
De mí para abu.
Un abrazo de oso hasta el cielo.
I love.