Cáncer

Extra II

El viento helado bajaba de los cerros al caer la tarde en Cutervo, pero a ellos dos no les importaba. Las tejas rojas del pueblo comenzaban a oscurecerse bajo un cielo lleno de nubes espesas y el olor a tierra mojada flotaba en el aire. Las clases habían terminado y el patio quedaba en silencio.

Ella iba caminando despacio hacia la salida, abrigándose bien la garganta con su chalina tejida. Escuchó unos pasos apurados sobre el barro fresco y, al darse la vuelta, se encontró con David. Tenía las mejillas rojas por la carrera y por los nervios, y los ojos le brillaban como si llevara guardado un secreto hermoso.

—Espera... por favor —dijo él, tratando de recuperar el aliento.

De entre su casaca sacó con delicadeza un paquete pequeño, envuelto en una mantita suave de lana verde. Al abrirlo un poco, ella vio un puñado de capulíes maduros y dulzones, recién cortados, junto con una flor silvestre que él mismo había recogido en el camino.

—Llevo meses sentándome detrás de ti en el salón —confesó él en voz muy baja, dando un paso más cerca para protegerla del viento—. Todos los días miraba cómo te caía la luz de la tarde en el pelo y cómo sonreías sola cuando leías. Al principio me daba vergüenza hablarte... pero desde el día en que te miré a los ojos, no hay un solo minuto en que no piense en ti.

David tomó la mano de ella con mucho cuidado, con esa torpeza dulce de sus once años, sintiendo cómo los dedos de ambos estaban fríos pero sus palmas se calentaban al tocarse.

—Sé que estamos chiquitos todavía, pero me gustas más que nada en el mundo. Quiero cuidar tus cuadernos, esperarte todas las tardes a la salida y caminar juntitos por el pueblo hasta la puerta de tu casa. ¿Puedo ser tu enamorado?

Ella sintió que el corazón le daba un vuelco de pura alegría. Miró la flor, miró los capulíes y después los ojos transparentes de David. Sin dudarlo, dio un pasito hacia él, apretó su mano con suavidad y le sonrió con los labios temblando de emoción.

—Sí, David... claro que sí.

Él no pudo contener la alegría y la abrazó despacito, escondiendo el rostro en su chalina mientras la lluvia fina de la sierra empezaba a caer, bendiciendo el primer día de un amor para toda la vida.




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