Mateo había decidido que si tenía un sistema cuántico en la cabeza, lo mínimo era sacarle partido. Llevaba dos días dándole vueltas. No al curro —el curro iba solo, el Sistema le hacía las tareas en segundo plano mientras él miraba TikTok—, sino a las posibilidades lúdicas de tener un ente omnisciente alojado en el cráneo. Porque Mateo sería un vago, pero no era tonto: si esto era un juego, había que encontrar los bugs. Y los bugs, en los videojuegos, eran atajos. Siempre.
El primer experimento lo hizo un jueves por la tarde en el bar Manolo. Había quedado con Marcos y Dani, dos colegas de la universidad, para echar unas partidas al Clash Royale. Torneo improvisado, diez pavos por cabeza, el que ganase se llevaba el bote. Marcos, un gallego que trabajaba en una start-up de logística, y Dani, un valenciano que estaba en paro y se pasaba el día stremeando, llevaban meses ganándole. Hoy no. Hoy Mateo tenía un as en la manga. Un sistema cuántico en la puta cabeza.
Se sentó en la mesa de siempre, pidió una Mahou, abrió el juego.
—Sistema —murmuró—. Analiza la partida. Predice los movimientos del rival. Optimiza mi mazo.
[Procesando...]
[Error 405: Función no disponible para uso recreativo]
[La optimización de mazos no está contemplada en el módulo de comercio]
[¿Quieres que te calcule una estrategia de ventas en su lugar?]
—No. Quiero ganar al Clash Royale.
[Y yo quiero un café con leche en condiciones, pero no se puede tener todo]
Mateo resopló. Su gigante noble avanzaba hacia la torre enemiga. Marcos le soltó un ejército de esqueletos. Dani se rió.
—Mateo, vas como el culo —dijo Marcos.
—Estoy calentando.
—Llevas tres partidas calentando.
Perdió las tres. Le reventaron la torre del rey tres veces seguidas y Marcos se llevó los treinta pavos con una sonrisa de oreja a oreja. Mateo apagó el móvil y se bebió la cerveza de un trago. La línea verde parpadeaba en su campo visual. Si pudiera fulminarla con la mirada, lo haría.
—No me sirves para nada —murmuró.
[Serví para meterle un 94% a Compralia]
[Pero bueno, si prefieres el Clash Royale, allá tú]
El segundo experimento fue doméstico. Mateo se había levantado con antojo de tortilla de patatas. No de la de Manolo —que estaba buena pero hoy cerraba por descanso del personal, Manolo se había ido al pueblo a ver a su hermana—, sino de una casera, de las que le salían a su abuela con el huevo un pelín crudo y la patata bien pochada. Abrió la nevera del piso. Quedaban cuatro huevos, media cebolla y una bolsa de patatas que el profesor interino había comprado en el Carrefour y que ya empezaban a echar brotes.
—Vale —se dijo—. Si el Sistema puede reescribir un algoritmo en treinta segundos, una tortilla la fríe en diez.
[Aviso: Esto no es un negocio]
—Es una inversión en mi bienestar.
[El bienestar no cotiza en bolsa]
—Que te den.
Picó la cebolla con el cuchillo mellado que había sobrevivido a tres mudanzas. Peló las patatas. Las cortó en láminas desiguales —finas en un extremo, gruesas en el otro—. Las frio en aceite de oliva del barato, del que viene en botella de plástico y sale ya amarillo. Hasta ahí, bien. Puso los huevos en un bol, los batió con un tenedor, echó la sal a ojo.
—Sistema, optimiza el punto de cuajado.
[No]
—Venga, por favor.
[No es comercio]
—Te cambio el punto de cuajado por un análisis de mercado de... no sé, de algo.
[No acepto sobornos]
Mateo gruñó. Echó la mezcla a la sartén. El aceite no estaba a la temperatura correcta —demasiado caliente en el centro, frío en los bordes, el error clásico de principiante— y la tortilla se le pegó. Entera. La masa se adhirió al fondo como cemento fresco. Cuando intentó darle la vuelta con el plato —el truco de su abuela, que a ella siempre le funcionaba—, la mitad de la tortilla acabó en la vitrocerámica y la otra mitad en el suelo.
Y entonces saltó el detector de humo.
Un pitido infernal. Agudo, taladrante, diseñado para despertar a los muertos. Mateo saltó de la silla y empezó a agitar un trapo bajo el detector, como si espantara moscas. La cocina se llenó de humo negro. La ventana estaba atascada —llevaba meses sin abrirse—.
La puerta del pasillo se abrió. El profesor interino —su compañero de piso, un tipo de treinta y pocos años con cara de corregir exámenes hasta en sueños— apareció en calzoncillos, con el móvil en la oreja. Estaba en una videollamada con su novia. Se quedó mirando la escena: la cocina llena de humo, Mateo agitando un trapo como un poseso, el suelo cubierto de restos de tortilla y aceite.
Editado: 15.05.2026