Cangrejo De RÍo: Obligado A Ser El MÁs Rico

Capítulo 5 · La sevillana no se lo traga

La carta llegó un lunes a las nueve de la mañana. Membrete de la CNMV: Comisión Nacional del Mercado de Valores. Inés la abrió en su despacho y su grito se oyó hasta el taller de cerrajería del bajo de al lado.

Mateo estaba en su sitio, a punto de ponerse los auriculares para ver otro capítulo de La que se avecina, cuando Inés apareció como un vendaval. Traía la carta en una mano y un bolígrafo en la otra, apretados como armas. Su moño estaba más tenso de lo habitual. Su expresión era la de quien acaba de ver un meteorito dirigirse hacia la oficina.

—Nos han denunciado.

—¿Quién? —preguntó Mateo, bajando los pies de la mesa.

—Da igual. Alguien. Un competidor, un exempleado. El caso es que vienen a inspeccionarnos pasado mañana.

Mateo sintió un escalofrío. No por la inspección en sí, sino por todo lo que había detrás. Los 5.200 euros. El código que escribía sin querer. Los ingresos que aparecían de la nada.

—¿Y qué prácticas irregulares hemos hecho?

—Ninguna. Eso espero. Pero si vienen y encuentran algo raro... —La frase se quedó en el aire, suspendida como un cuchillo a punto de caer.

—Lucía —llamó Inés hacia el pasillo—. Ven, por favor.

Y entonces entró ella.

Lucía Sánchez. Treinta y un años. De Tomares, Sevilla. Vestida con vaqueros y chaqueta de blazer, tacones de los que hacían ruido al andar como disparos controlados. El pelo negro recogido en una coleta tirante. En la mano, un café con leche y una carpeta azul. Mateo la había visto de lejos en la oficina, pero nunca se había fijado en ella. Ahora que la tenía delante, se fijó. No por el físico —que también—, sino por la mirada. Una mirada que no se dejaba engañar.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Lucía.

—Nos investigan.

Lucía cogió la carta, la leyó en diagonal. Su expresión no cambió. Era la misma expresión de quien está acostumbrada a que el mundo se vaya a la mierda cada dos por tres y haya que arreglarlo sin ayuda de nadie.

—Vale. Necesito todos los papeles. Contratos, facturas, justificantes de ingresos. Todo. Para ayer.

Miró a Mateo. Lo miró de arriba abajo: la camiseta gris del mercadillo, las chanclas, la barba de tres días, la postura de «ojalá estar en casa jugando a la Play».

—Tú eres el del algoritmo, ¿no?

—Sí.

—Pues tú te vienes conmigo. Vamos a revisar toda tu documentación.

—Pero yo solo escribo código.

—Tú has generado ingresos de fuentes que no sé de dónde salen. Así que nos vamos a pasar la noche en vela, revisando papelotes, hasta que todo cuadre. ¿Entendido?

Mateo la miró. Miró a Inés, que asentía con una sonrisa tensa como un cable de acero. Miró a Rober, que le hizo un gesto de «estás jodido, amigo» desde su esquina. Miró a la becaria, que fingía estar concentrada en su Excel pero no perdía detalle.

—Vale —dijo.

Esa noche, en la oficina vacía, con las persianas bajadas y el aire acondicionado apagado —por fin había muerto después de tres años de agonía—, Lucía y Mateo se sentaron frente a frente. Sobre la mesa, trescientos folios de documentación: contratos, facturas, extractos bancarios, declaraciones de impuestos. Todo lo que el Sistema había generado en las últimas semanas.

Mateo tenía sueño. Lucía no. Lucía revisaba cada papel con la meticulosidad de un forense. De vez en cuando levantaba la cabeza, lo miraba, negaba con la cabeza y seguía. El flexo iluminaba su cara con una luz amarillenta que hacía que sus ojos parecieran más grandes.

—Aquí hay un ingreso de cinco mil doscientos euros —dijo de repente—. Concepto: venta de excedentes electrónicos. Reciclajes Madrileños S.L. ¿De dónde ha salido esto?

—Vendí unos equipos viejos.

—¿Qué equipos?

—Servidores. De un proyecto antiguo.

—No hay ningún servidor viejo en el inventario de la empresa. Lo he mirado. —Lucía lo miró fijamente, como si pudiera leerle la mente—. Mira, Mateo. No sé qué estás haciendo. No sé cómo lo haces. Pero tus números cuadran. Todo te cuadra. Hasta lo que no debería cuadrar, te cuadra. Y eso, en mi mundo, es imposible.

—Pues qué suerte, ¿no?

—No es suerte. La suerte no genera trazabilidad fiscal perfecta. La suerte no escribe código en diez segundos. —Se inclinó hacia adelante—. ¿Quién eres?

Mateo le sostuvo la mirada. Por un segundo, pensó en contárselo todo. El Sistema. El código. David Torres. Longhe. Pero no era el momento. Quizá nunca lo sería.

—Soy un tío con suerte —dijo al fin.

—Pues esa suerte nos va a salvar mañana. Porque he revisado toda tu documentación y está impecable. La empresa existe, los papeles están en regla, los impuestos pagados. No es ilegal. Es raro, pero no ilegal.

—Entonces, ¿estamos a salvo?

—Tú sí. —Lucía se levantó y recogió los papeles con un gesto preciso—. Pero yo me voy a quedar con la duda. Y no me gusta quedarme con la duda.

Se fue. Los tacones resonaron en el pasillo vacío como un reloj marcando los segundos. Mateo se quedó solo en la oficina, con el zumbido del router y la luz del flexo.



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En el texto hay: humor, sistema, negocios

Editado: 03.06.2026

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