A la mañana siguiente, Inés reunió a todo el equipo en la sala de reuniones. Algo inusual. Inés nunca reunía a nadie a las nueve de la mañana si podía evitarlo. La sala era la de siempre: mesa de formica, sillas del IKEA, una pizarra blanca con anotaciones borradas a medias y una ventana que daba al patio interior donde los vecinos tendían la ropa.
—Os presento al nuevo asesor externo —dijo Inés, y su tono significaba «portaos bien o os corto el cuello»—. El profesor Emilio Mendoza Olmedo, catedrático emérito de Ciencias de la Computación de la Universidad Politécnica de Madrid.
El hombre que entró tenía setenta y cuatro años. Americana de pana marrón con coderas de cuero, jersey de lana con algún agujero que ya no se molestaba en remendar. Un bastón de madera oscura con empuñadura de plata. Gafas de leer colgadas del cuello con un cordón de los chinos. Y en la nuca, apenas visible bajo el cuello de la camisa, un leve parpadeo azul: un implante NeuralSync 3.0.
Mateo lo reconoció al instante. El Sistema también.
[NeuralSync 3.0 detectado]
[Interfaz neuronal experimental europea]
[Es como un ábaco comparado conmigo]
[Pero para un humano, está bien]
—El profesor Mendoza nos va a ayudar con el bug del módulo de procesamiento de datos —continuó Inés—. El que se ahoga cuando la concurrencia supera las diez mil peticiones por segundo. Mateo, tú te encargas de ponerle al día.
Mateo asintió. Mendoza lo miró. Miró sus chanclas. Miró su camiseta del mercadillo. Miró el móvil que Mateo tenía en la mano, con la pantalla todavía encendida en el menú del FIFA. Y sonrió. Una sonrisa pequeña, como quien encuentra algo que llevaba tiempo buscando.
—Tú eres el del algoritmo de Compralia.
—Sí, señor.
—He visto tu código. El del bucle de optimización de la capa semántica. El resto no lo entiendo.
—¿Qué parte no entiende?
—La que funciona.
Hubo un silencio espeso. Inés se quedó descolocada. Rober, desde su esquina, observaba la escena por encima de los auriculares como quien mira un partido de tenis. La becaria fingía no escuchar pero había dejado de teclear.
—Mire —dijo el profesor, apoyando el bastón contra la mesa—. El bug está en el núcleo del bucle de procesamiento. La condición de salida recursiva está mal definida. La función de escape se llama a sí misma sin modificador. Haría falta reescribir toda la estructura.
—¿Me deja echar un vistazo? —dijo Mateo.
—Adelante.
Mateo se sentó frente al portátil. Mendoza se colocó a su lado, apoyado en el bastón. El código era un galimatías de excepciones anidadas, con tres niveles de herencia y un polimorfismo que no llevaba a ninguna parte. El tipo que lo había escrito —el antiguo Mateo, supuso— no sabía muy bien lo que hacía.
Y entonces la línea verde parpadeó.
[Detectada vulnerabilidad estructural]
[Origen del bug: condición de salida recursiva mal definida]
[La función de escape se llama a sí misma sin modificador]
[¿Corregir?]
Mateo miró al profesor, que seguía escrutando la pantalla con el ceño fruncido. Miró a Rober, que fingía no mirar pero miraba. Y susurró:
—Sí. Corrige.
Sus manos se posaron sobre el teclado.
El profesor lo notó. Levantó la cabeza. Y entonces Mateo tecleó. No treinta segundos como la otra vez: diez. Las manos le bailaron sobre las teclas, modificaron el código en tres sitios distintos, reescribieron el método de escape, insertaron una verificación ternaria que no existía. Cuando terminó, apartó las manos como si le quemara el teclado.
El profesor miró la pantalla. Leyó lo que Mateo había escrito. Se quitó las gafas. Las limpió con el cordón. Se las volvió a poner.
—Esto —dijo— no es posible.
—¿El qué?
—Has cambiado la lógica del bucle en diez segundos. Y no solo eso: la has cambiado con una sintaxis que yo no había visto en mi vida. Es... —Se detuvo. Metió la mano en el bolsillo interior de la americana y sacó una libreta negra, de esas que se cierran con una goma elástica. Apuntó algo con letra rápida—. ¿De dónde has sacado esto?
A Mateo se le secó la boca. El Sistema no le había dado un manual de excusas. De hecho, el Sistema guardaba un silencio sepulcral, como si estuviera disfrutando del bochorno.
—De un foro —dijo Mateo.
—¿Qué foro?
—Uno alemán.
El profesor Mendoza lo miró fijamente durante diez segundos. Después cerró la libreta, la guardó, cogió el bastón y se levantó.
—Interesante —murmuró—. Muy interesante.
—¿Qué es interesante?
Editado: 03.06.2026