Cangrejo De RÍo: Obligado A Ser El MÁs Rico

Capítulo 7 · La tarjeta negra

El lunes amaneció con el ruido del camión de la basura y un dolor de cabeza que Mateo no recordaba haberse ganado. Se levantó de la cama arrastrando los pies, se puso la misma camiseta gris de siempre —la del mercadillo, la de tres por cinco euros— y bajó al bar Manolo antes de que le diera tiempo a arrepentirse de estar despierto.

El bar estaba vacío a esas horas. Manolo acababa de levantar la persiana y el olor a café recién hecho se mezclaba con el de la lejía del suelo. Paquito el gato se había instalado en su taburete acolchado como si llevara allí toda la noche —probablemente era verdad—. Mateo pidió un ColaCao con churros y se sentó en su rincón de siempre, junto a la ventana.

Estaba a punto de mojar el primer churro cuando el móvil vibró. Un número desconocido. Mateo dudó un segundo —los números desconocidos nunca traían nada bueno— y respondió.

—¿Sí?

—¿Mateo Ruiz? —Una voz grave, de hombre acostumbrado a que le cogieran el teléfono antes del segundo tono—. Soy Velasco, CTO de Compralia. ¿Tiene un minuto?

Mateo miró el churro con tristeza.

—Dígame.

—He estado revisando los resultados de nuestro algoritmo. El que usted reescribió. Llevamos tres semanas con un 94,7% de precisión. Eso no lo habíamos conseguido nunca. Ni de lejos. —Hizo una pausa—. Quiero que trabaje para nosotros. Directamente. Tres veces su sueldo actual. Horario flexible. Y le mando un coche para que no tenga que coger el metro.

Mateo se quedó callado. El churro se estaba enfriando.

—Se lo agradezco, señor Velasco. Pero me pilla un poco lejos.

—¿Cómo que le pilla lejos?

—Compralia está en Las Tablas, ¿no? Desde Lavapiés es un paseo. Y no me gusta madrugar.

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Mateo imaginó al CTO quitándose las gafas, limpiándolas, volviéndoselas a poner.

—¿Me está diciendo que rechaza el triple de sueldo porque le pilla lejos?

—Básicamente.

—¿Y si le ponemos un despacho aquí, al lado de Lavapiés?

—Entonces no sería Compralia. Sería una oficina de Compralia al lado de mi casa. Y eso ya no mola.

Otro silencio. Más largo.

—Mire, Mateo. Le dejo mi tarjeta. Ya la tiene. Cuando quiera, llámeme. La oferta sigue en pie.

—Vale. Gracias.

Colgó. Manolo lo miraba desde detrás de la barra con la ceja levantada mientras secaba un vaso que ya estaba seco.

—¿Era alguien importante?

—Un tío que me quería dar trabajo.

—¿Y?

—Que me pilla lejos.

Manolo negó con la cabeza y siguió secando vasos. No era la primera locura que oía en ese bar, y no sería la última.

En la oficina, la noticia ya había corrido. Mateo no sabía cómo —sospechaba que Inés tenía micrófonos ocultos o que la becaria era una espía—, pero cuando llegó a su mesa, Rober ya lo estaba esperando con una sonrisa de oreja a oreja.

—Me ha dicho la becaria que has rechazado el triple de sueldo.

—Me pillaba lejos.

Rober se rió. Una carcajada sincera, de las que hacen que la gente se gire.

—Eres el tío más raro que he conocido en mi vida. —Se quitó los auriculares y los dejó sobre la mesa—. ¿Sabes lo que habría hecho cualquiera? Aceptar. ¿Sabes lo que has hecho tú? Mandarlos a paseo porque no te gusta madrugar.

—Tampoco es para tanto.

—Es para tanto. —Rober lo señaló con el dedo—. Eres mi héroe. Un héroe en chanclas, pero mi héroe.

Lucía pasó por detrás con su café con leche eterno. Se detuvo un segundo.

—Gilipollas —dijo.

Pero lo dijo con una sonrisa. Una pequeña, casi invisible, pero una sonrisa al fin y al cabo. Mateo se la devolvió con un encogimiento de hombros. Era su manera de decir «gracias».

Aquella tarde, en el bar Manolo, pidió una caña y un pincho de tortilla. Manolo se lo sirvió sin preguntar. Paquito el gato se había movido del taburete a una caja de cartón vacía que había junto a la barra. Mateo lo observó, fascinado. Ese gato tenía la vida resuelta.

—Oye, Manolo —dijo—. ¿Tú crees que rechazar algo bueno es de tontos?

Manolo dejó el vaso sobre la barra y lo miró.

—Mira, muchacho. Llevo cuarenta años en este bar. He visto a gente aceptar trabajos que odiaban, bodas que no querían, hipotecas que no podían pagar. Y al final, los que mejor han acabado son los que supieron decir que no a tiempo. —Se encogió de hombros—. A veces rechazar es más valiente que aceptar. O más tonto. O las dos cosas.

Mateo asintió. Dio un sorbo a la cerveza. En ese momento, Paquito el gato abrió un ojo, lo miró fijamente y emitió un ronroneo breve. Era la primera vez que Paquito ronroneaba en su presencia. Mateo lo interpretó como una señal. De qué, no lo sabía. Pero le gustó.

—Hasta el gato me da la razón —dijo.

—Ese gato no te da la razón ni a ti ni a nadie —respondió Manolo—. Ese gato va a su bola. Como tú.



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En el texto hay: humor, sistema, negocios

Editado: 03.06.2026

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