Cangrejo De RÍo: Obligado A Ser El MÁs Rico

Capítulo 8 · Puedes ver lo que los demás no ven

El Sistema amaneció con novedades.

Mateo acababa de sentarse en su puesto, con los pies sobre la mesa y el ColaCao del Manolo todavía caliente en la mano, cuando la línea verde parpadeó con un mensaje que no había visto antes.

[Nuevo submódulo desbloqueado: Gestión de Personal]

[Funcionalidad: lectura de estadísticas básicas de empleados]

[Lealtá, estrés, fatiga, motivación]

[Úsalo con cabeza, que no quiero demandas]

Mateo parpadeó. Y entonces lo vio.

Sobre la cabeza de Rober flotaban unos números, como la barra de vida de un personaje de videojuego: Lealtad: 98%. Ansiedad: 67%. Fatiga: 82%. Motivación: 91%. Giró la cabeza hacia la becaria: Lealtad: 72%. Estrés: 45%. Fatiga: 30%. Hacia Inés, que salía de su despacho con el teléfono en la oreja: Lealtad: 85%. Estrés: 91%. Fatiga: 94%.

—Esto es una locura —murmuró.

[Es una herramienta de gestión]

[La locura es otra cosa]

Mateo se quedó un rato observando los números. Rober tenía la fatiga por las nubes. Llevaba semanas saliendo tarde, haciendo horas extra que nadie le pedía, con las ojeras cada día más oscuras. Mateo se levantó, fue a su esquina y le tocó el hombro.

—Rober.

—Dime.

—Vete a casa.

—¿Qué?

—Que te vayas a casa. Estás reventado. Mañana será otro día.

Rober lo miró con los ojos muy abiertos. Luego miró su pantalla, donde el código seguía a medias. Luego volvió a mirar a Mateo.

—Pero si quedan tres horas de jornada.

—Ya. Y mañana habrá otras tres. Vete.

Rober dudó un segundo. Luego se quitó los auriculares, los dejó sobre la mesa y se levantó.

—Vale. Pero como Inés me eche la bronca, le digo que ha sido cosa tuya.

—Trato hecho.

Rober se fue. Mateo miró sus números: la fatiga había bajado diez puntos en el mismo instante en que se había levantado de la silla. La motivación había subido cinco.

—Increíble —murmuró.

Esa noche, Mateo se quedó el último en la oficina. No porque tuviera trabajo —el Sistema le hacía las tareas en segundo plano mientras él miraba vídeos de Ibai—, sino porque estaba fascinado con el nuevo módulo. Leer las estadísticas de la gente era como tener un mapa del tesoro. Sabías quién estaba a punto de quemarse, quién estaba descontento, quién estaba pensando en irse. Era poder. Poder de verdad.

Estaba revisando los números de la becaria —curiosidad: 88%, y Mateo se preguntó qué demonios le generaba tanta curiosidad a aquella chica— cuando una voz a su espalda lo sobresaltó.

—¿Por qué le has dicho a Rober que se fuera a casa?

Era Lucía. De pie en la puerta, con los brazos cruzados y el café con leche en la mano. La oficina estaba vacía y en penumbra. Solo quedaba la luz del flexo de Mateo.

—Estaba cansado.

—Eso lo sé yo. Y lo sabe Rober. Pero tú no eres su jefe. ¿Cómo sabías que estaba cansado?

Mateo se quedó callado.

—Tú sabes algo —dijo Lucía, avanzando hacia él con pasos lentos, los tacones resonando en el suelo de linóleo—. Algo que no me has contado. Algo que no le has contado a nadie.

—Lucía...

—No. Escucha. —Se detuvo frente a su mesa—. He revisado tus números. He visto cómo trabajas. He visto el algoritmo de Compralia. He visto los ingresos de los excedentes electrónicos. He visto cómo miras a la gente, como si pudieras ver algo que los demás no ven. —Hizo una pausa—. ¿Quién eres?

Mateo la miró. Bajo la luz del flexo, los ojos de Lucía tenían un brillo que no era solo curiosidad. Era algo más. Algo que Mateo no sabía nombrar.

—Soy un tío con suerte —dijo.

—Eso ya me lo dijiste. No me vale.

—Pues es lo único que tengo.

Lucía lo miró durante cinco segundos más. Luego resopló, negó con la cabeza y se dio la vuelta.

—Esto no ha terminado —dijo antes de desaparecer por la puerta.

Mateo se quedó solo. La línea verde parpadeó.

[Esa mujer es peligrosa]

[Me cae bien]

—A mí también —murmuró Mateo—. Y eso es lo que me preocupa.

Esa noche, en su cuarto, Mateo se quedó mirando el techo. La mancha de humedad seguía teniendo forma de la península ibérica. La bombilla seguía colgando del cable. Todo seguía igual. Pero él ya no. Ahora podía ver lo que los demás no veían. Y no sabía si eso era un don o una maldición.

—Sistema —dijo—. ¿Es ético leer las estadísticas de la gente sin su permiso?



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En el texto hay: humor, sistema, negocios

Editado: 03.06.2026

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