Cangrejo De RÍo: Obligado A Ser El MÁs Rico

Capítulo 10 · El negociador dormido

Álex Fuster de la Vega llegó a las diez en punto. Esta vez no vestía de calle, sino de guerra: traje azul marino, corbata de seda, gemelos de plata con las iniciales de su abuelo grabadas en cursiva. Traía un maletín de piel que olía a dinero y una sonrisa de tiburón que había ensayado delante del espejo. Detrás de él, dos analistas con caras de no haber dormido cargaban carpetas llenas de gráficos, proyecciones y amenazas disfrazadas de números.

Inés los recibió en la puerta y los condujo a la sala de reuniones. Era la única sala digna de Start-Tech: una mesa de formica, seis sillas del IKEA, una pizarra blanca con anotaciones borradas a medias y una ventana que daba al patio interior donde los vecinos tendían la ropa. Una señora sacudía una alfombra en ese mismo momento. Álex miró la escena con el mismo entusiasmo con que habría mirado un váter público.

—¿Dónde está el técnico? —preguntó.

—Ahora viene —dijo Inés, y salió a buscarlo.

Mateo estaba en su puesto. Es decir: silla inclinada hacia atrás, pies sobre la mesa, ojos cerrados. No fingía dormir. Dormía de verdad. Había trasnochado jugando al FIFA —torneo online, quedó segundo— y el café de máquina no había hecho efecto. La becaria lo miró con una mezcla de admiración y espanto.

—Mateo —dijo Inés, dándole un codazo—. La reunión.

—Voy —murmuró Mateo sin abrir los ojos.

—Es ahora.

—Voy ahora.

Se incorporó con la lentitud de un perezoso. Se pasó la mano por la cara. Se rascó la barba. Bostezó. Y siguió a Inés hasta la sala de reuniones arrastrando las chanclas por el suelo de linóleo.

Cuando entró, Álex ya estaba sentado en la cabecera de la mesa con las carpetas abiertas como un general despliega sus mapas de batalla. Lucía ocupaba una silla lateral, su café con leche humeante junto al bloc de notas, los brazos cruzados. Los dos analistas tecleaban en sus portátiles como si les fuera la vida en ello.

—Bien —dijo Álex, sin saludar—. Vayamos al grano. Ícaro Tech quiere adquirir Start-Tech. Hemos preparado una oferta que no podrán rechazar.

Empezó a hablar. Desgranó cifras, porcentajes, proyecciones de mercado. Habló de sinergias, de economías de escala, de posicionamiento estratégico. Los analistas asentían a cada frase como muñecos de resorte. Inés tomaba notas con letra temblorosa. Lucía escuchaba con el ceño ligeramente fruncido y el café con leche enfriándose.

Mateo cerró los ojos.

No fue deliberado. Simplemente, sus párpados pesaban más que sus ganas de escuchar. La voz de Álex se fue convirtiendo en un zumbido lejano, como una radio mal sintonizada. Su cabeza se inclinó ligeramente hacia un lado. Su respiración se hizo más lenta. Se había dormido.

Lucía lo notó primero. Le dio una patada por debajo de la mesa. Mateo no se inmutó. Inés lo notó después y tosió fuerte. Mateo siguió dormido. Álex, concentrado en su presentación, no se dio cuenta hasta que levantó la vista del gráfico y vio al técnico con los ojos cerrados y la boca entreabierta.

—¿Está durmiendo? —preguntó Álex, incrédulo.

—Está... reflexionando —improvisó Inés.

Pero entonces Mateo habló.

Sin abrir los ojos. Sin incorporarse. Con una voz que no era exactamente la suya —más precisa, más afilada, sin titubeos—, empezó a soltar frases como un cañón automático.

—La oferta de Ícaro valora Start-Tech en un millón de euros. Eso es un cuarenta por ciento por debajo del valor real si contamos la proyección de crecimiento del algoritmo de recomendación. Además, la cláusula de no competencia que proponéis es abusiva y vulnerable legalmente. Si queréis hablar en serio, necesitamos una valoración justa, un plan de integración que proteja al equipo actual y garantías por escrito de que la sede se mantiene en Madrid.

Álex se quedó helado. Los analistas dejaron de teclear. Inés abrió la boca y la dejó abierta. Lucía miró a Mateo como si acabara de verlo levitar.

Mateo siguió hablando con los ojos cerrados durante dos minutos más. Desgranó la oferta de Álex punto por punto, encontró cada fisura, cada debilidad, cada atajo contable que ni los propios analistas de Ícaro habían detectado. Propuso una contraoferta con condiciones tan favorables para Start-Tech que parecía una broma. Luego se calló. Y abrió los ojos.

—¿Ya? —preguntó, parpadeando—. ¿Hemos pedido los cafés?

Nadie respondió. Álex tenía el rostro pálido como el papel de las carpetas. Los analistas se miraban entre sí como preguntándose quién iba a redactar el informe de aquella reunión. Inés estaba al borde del desmayo. Lucía, en cambio, esbozaba una sonrisa minúscula, casi imperceptible, en la comisura de los labios.

—Señor Fuster —dijo Inés, con un hilo de voz—. ¿Acepta la contraoferta?

Álex la miró. Miró a Mateo, que seguía parpadeando con cara de no saber muy bien dónde estaba. Miró los papeles que tenía delante, donde su propuesta original yacía hecha trizas. Apretó los dientes. La mandíbula le rechinó.

—Acepto —dijo.

Firmó. Los analistas firmaron. Mateo firmó sin leer, con un garabato que parecía un electrocardiograma. Cuando Álex salió de la sala, su expresión era la de un hombre que acaba de ser atropellado por un camión conducido por un payaso.



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En el texto hay: humor, sistema, negocios

Editado: 03.06.2026

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