Álex Fuster de la Vega entró en el bar de al lado de Start-Tech con la mandíbula tan apretada que los dientes le rechinaban. Era un local estrecho, de barra de aluminio y taburetes de plástico, con una tele que emitía fútbol sin sonido y un camarero que parecía haber visto todas las guerras. Pidió un Rioja. El mejor que tenían. Se lo sirvieron en una copa de cristal grueso.
Se bebió la primera en dos tragos. Pidió otra. La segunda la bebió más despacio, mirando la tele sin verla. En su cabeza, la reunión se repetía una y otra vez como un vídeo en bucle. Las frases de Mateo. Los números. La humillación.
—Ese tío —murmuró—. Ese maldito tío.
Recordó la camiseta del mercadillo. Las chanclas. La barba de tres días. Los ojos cerrados. Y aquellas palabras saliendo de su boca como si las leyera de un guión escrito por el diablo. No era posible. No era humano. Pero había pasado.
Agarró la copa vacía, la miró un segundo y la estrelló contra la barra. El cristal saltó en pedazos. Un fragmento le cortó el dedo índice. El camarero se giró con cara de pocos amigos.
—¿Todo bien, señor?
—Sí —dijo Álex, sacando un billete de cincuenta euros y dejándolo sobre la barra—. Cóbrese la copa.
Salió del bar con el dedo envuelto en una servilleta de papel. Se subió al Porsche y se quedó un minuto mirando al vacío. Luego marcó un número en el móvil.
—Quiero que investiguen a Mateo Ruiz García —dijo—. Todo. Dónde vive, qué come, con quién habla, qué hace en su tiempo libre. Lo quiero todo. Para ayer.
Tres días después, el detective le entregó un informe de quince páginas. Álex lo leyó en su despacho de la Torre Ícaro, con las Cuatro Torres reflejándose en los ventanales. El informe decía así:
Mateo Ruiz García, 27 años. Vive en Lavapiés, en un piso compartido con un profesor interino y una camarera. Habitación interior. 400 euros al mes. Se desplaza en metro. Viste camisetas del mercadillo del Rastro —tres por cinco euros— y chanclas de imitación Croc. Su comida principal consiste en pinchos de tortilla y cañas en el bar Manolo. Pasa una media de cuatro horas diarias jugando al FIFA. No tiene pareja conocida. Su única actividad social regular es un torneo de Clash Royale con amigos de la universidad.
Álex levantó la vista del informe. La bajó. La volvió a levantar. Leyó el último párrafo.
El sujeto pasa aproximadamente dieciocho horas al día sin realizar ninguna actividad productiva. El único ser vivo más inactivo en su entorno es el gato del bar Manolo, un siamés llamado Paquito que duerme dieciocho horas y media.
—Esto no es normal —dijo en voz alta.
Llamó al detective.
—¿Ha investigado bien? ¿No tiene ningún negocio oculto? ¿Ninguna cuenta en el extranjero?
—Nada, señor Fuster. Su vida es sorprendentemente simple. Lo más valioso que tiene es una PlayStation 5 que compró de segunda mano.
—Pero este tipo ha reescrito un algoritmo que mi equipo llevaba meses intentando replicar. Ha negociado una contraoferta perfecta estando dormido. ¿Cómo es posible?
—No lo sé, señor. Pero si quiere mi opinión, ese chico no es un genio que se esconde. Es exactamente lo que parece: un vago con suerte.
Álex colgó. Se quedó mirando el informe durante diez minutos. Había dos posibilidades: o Mateo Ruiz era el mayor genio disfrazado de la historia del capitalismo español, o era un absoluto don nadie que tropezaba con el éxito sin proponérselo. Y Álex no sabía cuál de las dos opciones le daba más rabia.
Se levantó y fue a la ventana. Abajo, los coches circulaban por la Castellana como hormigas metálicas. En algún lugar de aquella ciudad, un tipo en chanclas estaba probablemente jugando al FIFA sin la menor idea de que un heredero de tres generaciones de fortuna acababa de tirar una copa contra la barra por su culpa.
—Esto no ha terminado —dijo Álex.
Y no sabía cuánta razón tenía.
¿Ha merecido la pena? Pues ya sabes. Siguiente capítulo. Que la caña se enfría y el algoritmo no se arregla solo.
Editado: 03.06.2026