La carta de Hacienda llegó un martes. No era una inspección. Era algo peor: una notificación de que los ingresos generados por Start-Tech Financial Services requerían la constitución de una Sociedad Limitada para cumplir con la normativa fiscal. Si Mateo no lo hacía en el plazo de quince días, le bloquearían la cuenta.
Mateo apareció en la oficina con la carta en la mano y la misma expresión que pondría si le hubieran diagnosticado una enfermedad rara. Se la tendió a Lucía sin decir nada.
Lucía la leyó en diagonal. Luego levantó la vista.
—Significa que tienes que montar una empresa.
—Ya tengo una empresa. Trabajo en Start-Tech.
—No. Start-Tech te paga un sueldo. Pero los ingresos del trading algorítmico y de los excedentes electrónicos van a tu nombre. Eres autónomo sin saberlo. Y Hacienda quiere que te des de alta como SL.
Mateo se dejó caer en su silla.
—Yo no quiero ser empresario. Yo solo quiero escribir código.
—Pues el código te está haciendo rico. Y Hacienda quiere su parte. —Lucía le tendió una carpeta que ya tenía preparada—. He rellenado todo. Solo tienes que firmar ante notario.
—¿Notario?
—Sí, Mateo. Notario. El señor del traje que da fe pública. Ese que cobra por mirarte por encima de las gafas.
El notario en cuestión se llamaba don Gregorio y tenía su despacho en un primero de la calle Mayor, con muebles de madera oscura y olor a papel viejo y a tabaco de pipa. Cuando Mateo entró en chanclas, don Gregorio levantó la vista de sus documentos y su expresión se transformó en algo muy parecido al espanto.
—¿El señor Ruiz García?
—Soy yo.
—Pase. Siéntese.
Mateo se sentó en una silla de cuero que crujió bajo su peso. Las chanclas hicieron un ruido húmedo contra el suelo de tarima. Don Gregorio las miró como quien mira una rata en la cocina. Lucía ocupó la silla de al lado, impecable con su chaqueta de blazer y sus tacones. Sobre la mesa, los papeles de constitución de Start-Tech Financial Services S.L. esperaban con sus veinte páginas de jerga legal.
—Bien —dijo don Gregorio, ajustándose las gafas—. Procedamos a la lectura del acta fundacional.
Leyó durante quince minutos. Artículos, cláusulas, disposiciones adicionales. Su voz era un zumbido monocorde que Mateo dejó de escuchar a los treinta segundos. Asentía a todo sin prestar atención. Su mente estaba en otra parte: en el FIFA, en el bar Manolo, en cualquier sitio menos allí.
—¿Conforme?
—Conforme.
—Firme aquí. Y aquí. Y aquí. —Don Gregorio señaló siete puntos diferentes con su pluma estilográfica—. Y ponga la fecha.
Mateo firmó siete veces. Su firma parecía un electrocardiograma de alguien que acababa de correr un maratón. Don Gregorio la miró con desaprobación, pero no dijo nada. Estampó su sello oficial con un golpe seco que resonó en toda la sala.
—Enhorabuena. Ya es usted administrador único de Start-Tech Financial Services S.L.
—¿Ya está?
—Ya está. Puede pasar por caja.
Salieron a la calle. Hacía sol. La gente paseaba por la calle Mayor con bolsas de compras y perros atados de la correa. Mateo se quedó parado en la acera, parpadeando como si acabara de despertar.
—Soy empresario —dijo.
—Sí.
—Tengo una empresa.
—Sí.
—Yo, que no he gestionado ni mi propia nevera.
Lucía lo miró de arriba abajo. Las chanclas. La camiseta gris del mercadillo. La barba de tres días. Y entonces hizo algo que Mateo no esperaba: se rió. Una carcajada corta, sincera, que le iluminó la cara un instante.
—Eres el primer gilipollas que conozco —dijo— que se convierte en administrador de una SL en chanclas del mercadillo.
—¿Es bueno o malo?
—No lo sé. Pero es histórico. Deberían ponerlo en los libros.
Echaron a andar hacia la parada del autobús. Lucía llevaba la carpeta bajo el brazo. Mateo llevaba las manos en los bolsillos y una sensación extraña en el pecho: la de haber cruzado una línea invisible sin darse cuenta.
—Lucía —dijo al llegar a la parada.
—Dime.
—Me has ayudado mucho. Con lo de Hacienda, con lo del notario, con lo de la inspección. No sé cómo pagártelo.
Lucía se giró hacia él. El sol le daba en la cara y por un segundo Mateo pensó que sus ojos no eran solo marrones. Tenían motas doradas, como si alguien les hubiera puesto un filtro de Instagram que la realidad no merecía.
—Descubriendo qué demonios haces —dijo ella—. Ese es mi pago.
El autobús llegó. Lucía subió primero. Mateo la siguió. Se sentaron juntos, en silencio, mientras Madrid desfilaba por la ventanilla. Mateo no sabía qué era aquello que sentía. Solo sabía que, por primera vez en mucho tiempo, no le importaba que alguien supiera más de él de lo que él sabía de sí mismo.
Aquella noche, en el bar Manolo, pidió una caña y un pincho de tortilla. Manolo se lo sirvió sin preguntar. Paquito el gato roncaba en su taburete, hecho una rosca perfecta. Mateo sacó el móvil y miró la cuenta del banco.
Editado: 03.06.2026