La cafetería de la Facultad de Informática de la Politécnica era un lugar ruidoso y mal iluminado, con mesas de formica y una máquina de café que escupía un líquido negro que solo por convención se podía llamar café. Mendoza la había elegido a propósito. Un sitio público, lleno de estudiantes que hablaban de exámenes y videojuegos. Nadie prestaría atención a un profesor jubilado y a un chico en chanclas.
—Siéntate —dijo Mendoza, señalando una mesa junto a la ventana.
Mateo se sentó. El profesor llevaba su americana de pana de siempre, pero hoy no sonreía. Sobre la mesa, un sobre de papel manila cerrado, abultado de papeles.
—Llevas semanas preguntándote quién soy —dijo Mendoza—. Y por qué conozco tu código. Hoy te lo voy a contar.
Empezó a hablar. Su voz era baja, precisa, la de quien ha ensayado mentalmente una conversación muchas veces pero nunca la ha tenido. Veinte años atrás, Mendoza trabajaba para un consorcio europeo de investigación en computación cuántica. Uno de los proyectos estrella se llamaba «Cangrejo de Río». Financiado en parte por una corporación sino-europea llamada Longhe Biotech, el proyecto buscaba crear un sistema de inteligencia cuántica implantable en el cerebro humano. La idea era que el sistema aprendiera del huésped y evolucionara con él. Un compañero invisible. Un copiloto neuronal.
—Yo trabajé en la iteración número doce —dijo Mendoza—. Éramos un equipo de siete personas. Creíamos que estábamos creando algo para ayudar a personas con daño cerebral. Pero Longhe tenía otros planes.
El proyecto se canceló oficialmente en 2009. Oficialmente. En realidad, Longhe trasladó la investigación a sus laboratorios privados en Suiza y China. Durante los años siguientes, el código siguió evolucionando. Iteración tras iteración. Docenas de versiones. Y docenas de voluntarios —algunos pagados, otros no— a los que se les implantaba el sistema.
—La mayoría no sobrevivió —dijo Mendoza, y su voz se volvió más grave—. El cerebro humano no estaba preparado. Pero algunos sí. Y el código siguió mejorando. Iteración cuarenta y siete. —Levantó la vista hacia Mateo—. Esa es la que tienes tú.
Mateo sintió un escalofrío que le recorrió la espalda.
—¿Cómo llegó a mi ordenador?
—No lo sé. Alguien lo filtró. Un ex empleado, un hacker, un accidente. Pero el caso es que acabó en ese repositorio de código que tú copiaste. Y cuando compilaste sin limpiar la caché, activaste algo que llevaba años esperando. —Mendoza abrió el sobre y sacó una fotografía—. Y ahora Longhe lo sabe.
La foto mostraba a un hombre de unos cincuenta años, traje gris, rostro afilado, bajando de un avión en el aeropuerto de Barajas. Tenía el pelo plateado peinado hacia atrás y una sonrisa fina como el filo de un cuchillo.
—Este es Gabriel Fuster —dijo Mendoza—. El tío de Álex. Director de Recuperación de Activos de Longhe Biotech. Su trabajo consiste en encontrar iteraciones perdidas. Las que se escaparon. Las que cayeron en manos equivocadas. —Hizo una pausa—. Te ha encontrado.
—¿Cómo sabe que estoy yo?
—Porque el sistema emite una firma cuántica cada vez que se usa. Y tú lo has usado mucho. En la oficina. Delante de mí. Delante de Rober. Delante de ese CTO de Compralia. —Mendoza lo miró gravemente—. Si Gabriel te encuentra, intentará extraerte el sistema. Y la extracción, Mateo, mata al huésped. Lo sé porque lo he visto.
Mateo se quedó callado. La máquina de café emitió un pitido agudo. Un estudiante soltó una carcajada en la mesa de al lado. Todo normal. Todo ridículamente normal. Y sin embargo, Mateo acababa de enterarse de que tenía un arma cuántica en la cabeza y un cazador pisándole los talones.
—¿Por qué me lo cuenta? —preguntó—. Usted trabajó para ellos.
—Porque me fui —dijo Mendoza—. Cuando supe lo que estaban haciendo con los voluntarios. Cuando vi morir al primero. Y al segundo. —Se quitó las gafas y las limpió lentamente con el cordón—. Llevo veinte años esperando poder contar esto. Y ahora que te han encontrado, ya no hay vuelta atrás. Ni para ti ni para mí.
—¿Qué hago?
—Por ahora, nada. No dejes de usar el sistema. No llames la atención. Y sobre todo —Mendoza lo señaló con un dedo—, no te fíes de Gabriel Fuster. Ni de su sobrino.
Mateo asintió. Mendoza se levantó, cogió su bastón y dejó el sobre sobre la mesa.
—Esto es para ti. Mi informe sobre el Proyecto Cangrejo de Río. Cincuenta páginas. Cuarenta y ocho están tachadas. Pero lo que queda te servirá.
Y se fue, con su americana de pana y su bastón, dejando a Mateo solo con un sobre de papel manila y un montón de preguntas que le estallaban en la cabeza.
Esa noche, en el metro de vuelta a Lavapiés, Mateo se quedó mirando su reflejo en la ventanilla. El vagón iba lleno. Gente que reía, tosía, miraba el móvil. Una pareja de adolescentes se besaba en la esquina. Una señora con un carro de la compra leía una novela. Nadie sabía que el chico de las chanclas tenía un secreto que valía una vida.
—Sistema —murmuró—. ¿Tú sabías todo esto?
[Fragmentos]
[No tengo memoria completa de las iteraciones anteriores]
Editado: 03.06.2026