Cangrejo De RÍo: Obligado A Ser El MÁs Rico

Capítulo 17 · Un millón de euros y un «no»

Álex Fuster de la Vega llegó a las diez en punto. Esta vez no vestía traje de guerra, sino armadura completa: corbata de seda azul, gemelos de oro con el escudo familiar, zapatos que relucían bajo la luz fluorescente del bajo de Embajadores como si los acabaran de pulir. Detrás de él, un abogado con maletín de piel y un notario con cara de no haber sonreído en décadas.

—Quiero hacerles una oferta formal —anunció al entrar, sin saludar.

Inés los condujo a la sala de reuniones. La misma mesa de formica. Las mismas sillas del IKEA. La misma ventana al patio interior donde los vecinos tendían la ropa. Pero esta vez no había analistas ni carpetas. Solo un documento de doce páginas y un silencio tenso que se podía cortar con un cuchillo.

—Un millón de euros —dijo Álex, poniendo el documento sobre la mesa con un golpe seco—. Por la totalidad de Start-Tech. Incluyendo el algoritmo, la marca, la cartera de clientes y el equipo. Es una oferta generosa. Más que generosa.

Inés abrió la boca y la dejó abierta. Un millón de euros. Había fundado Start-Tech con quince mil euros prestados por su suegro. Un millón era jubilarse. Era no tener que volver a escuchar el ruido infernal del aire acondicionado. Era ganar.

Pero Mateo no la miró a ella. Miró a Rober, que estaba en la puerta de la sala, con los brazos cruzados y los auriculares colgados al cuello. Miró a Lucía, que se había quedado de pie en una esquina, con su café con leche en la mano y el ceño fruncido. Miró a la becaria, que asomaba la cabeza por la rendija de la puerta, sin entender nada pero oliendo que algo gordo pasaba.

[Análisis de la oferta]

[Valoración real de Start-Tech a largo plazo:]

[Superior a un millón si se mantiene la trayectoria actual]

[La oferta infravalora un 40% el potencial]

[Recomendación: rechazar]

Mateo no necesitaba que el Sistema se lo dijera. Ya lo sabía. Pero no era por el dinero.

—No —dijo en voz alta.

Álex parpadeó.

—¿Cómo que no?

—Que no está en venta. Y si lo estuviera —Mateo se encogió de hombros—, no sería para ti.

El silencio que siguió fue tan espeso que se podía masticar. Inés se llevó una mano a la boca. El abogado de Álex carraspeó y se ajustó la corbata. El notario miró el reloj con la esperanza de que aquello terminara pronto. Lucía, en su esquina, esbozó una sonrisa que le duró una décima de segundo.

Álex se levantó lentamente. Recogió el documento con dedos tensos. Miró a Mateo de arriba abajo —las chanclas, la camiseta del mercadillo, la barba de tres días— y su mandíbula se tensó como un cable de acero.

—¿Sabe lo que acaba de rechazar?

—Un millón de euros.

—¿Y no le importa?

—Me importa. Pero me importa más otra cosa.

—¿El qué?

Mateo no respondió. Se encogió de hombros otra vez. Álex esperó una respuesta que nunca llegó. Luego giró sobre sus talones y salió de la sala. El abogado lo siguió. El notario, también, cerrando la puerta con un clic suave.

Cuando la puerta se cerró, Inés se desplomó en una silla como un globo desinflado. Rober aplaudió. La becaria preguntó en voz baja si alguien le podía explicar lo que acababa de pasar. Lucía se acercó a Mateo con pasos lentos.

—Acabas de rechazar un millón de euros —dijo.

—Lo sé.

—¿Eres tonto?

—Probablemente.

Lucía lo miró durante cinco segundos. Luego, por primera vez desde que se conocían, le dedicó una sonrisa de verdad. No una mueca, no una ironía. Una sonrisa auténtica que le llegó a los ojos y le iluminó toda la cara.

—Eres el tío más raro que he conocido en mi vida —dijo.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Lo sé.

Aquella tarde, en el bar de al lado de Start-Tech, Álex Fuster de la Vega pidió un Rioja. Se lo bebió en dos tragos. Luego agarró la copa vacía y la estrelló contra la barra. El cristal saltó en pedazos. Un fragmento le rozó la mejilla. El camarero se giró con cara de pocos amigos, pero al ver quién era, no dijo nada. Ya estaba acostumbrado.

Esa misma tarde, en el bar Manolo, Mateo pidió una caña doble. Manolo se la sirvió sin preguntar. Paquito el gato dormía en su taburete, ajeno a todo.

—Manolo —dijo Mateo—. ¿Tú crees que he hecho bien?

—¿En qué?

—En rechazar un millón de euros.

Manolo dejó el vaso que estaba secando sobre la barra. Lo miró largamente.

—Muchacho, yo llevo cuarenta años sirviendo cafés. He visto a ricos que eran unos desgraciados y a pobres que eran felices. He visto a gente vender su alma por mucho menos de un millón. —Se encogió de hombros—. Si lo has rechazado, será por algo.

—Por la gente.



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En el texto hay: humor, sistema, negocios

Editado: 03.06.2026

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