Caos y Segundas Oportunidades

Capítulo 10: El rugido del motor y la traición del zapato

Valeria no lo pensó. Su instinto de madre leona, mezclado con una furia que no sabía que poseía, tomó el control. Pisó el acelerador a fondo. El motor del SUV rugió, y las luces largas cortaron la oscuridad de la montaña como dos sables de luz, cegando al hombre que tenía a Adrián inmovilizado cerca del borde del barranco.

​—¡Súbete, Adrián! —gritó Valeria, frenando en seco con un derrape que levantó una nube de gravilla.

Adrián, aprovechando la distracción, le propinó un codazo en el estómago a su captor y rodó hacia la puerta del copiloto. Entró de un salto justo cuando una bala impactaba en el espejo retrovisor.

​—¡Al suelo todos! —rugió Adrián.

​—¡O sea, esto es demasiado! ¡Me han roto el vidrio y mi cara no está iluminada para este ángulo! —gritó Mía, tirándose al suelo del coche mientras protegía su teléfono como si fuera un tesoro sagrado.

​—Mamá, gira a la izquierda en el pino caído, el camino de servicio es más estrecho y ellos llevan un sedán, no pasarán —ordenó Mateo, quien mantenía la calma de un controlador aéreo mientras sujetaba con fuerza el brazo de una Mía hiperventilando.

Valeria giró el volante con violencia. El coche saltó sobre raíces y piedras. Detrás, las luces del coche de la corporación empezaron a quedar atrás, incapaces de seguir el ritmo del todoterreno en ese terreno hostil. Tras diez minutos de persecución frenética, el silencio volvió a reinar, roto solo por la respiración agitada de los cinco ocupantes.

​—¿Están todos bien? —preguntó Adrián, mirando hacia atrás.

​—Yo tengo un trauma capilar y una uña rota —sollozó Mía—. Pero mi video de "Escapando de sicarios (sale mal)" va a ser tendencia mundial cuando recupere el WiFi.

​—Yo estoy bien —dijo Mateo, mirando con desprecio a su padre, Ricardo, que seguía llorando en una esquina del asiento—. Aunque creo que papá tiene algo que decir.

​—Yo... yo no sabía... —balbuceó Ricardo.

Adrián encendió la luz de cortesía y miró fijamente a Ricardo. Luego, bajó la vista a los pies del hombre. El zapato izquierdo de Ricardo tenía una pequeña luz roja parpadeando casi imperceptiblemente en el talón.

​—Un rastreador de proximidad —dijo Adrián con una voz que heló la sangre de todos—. Ricardo, nos has traído la muerte hasta la cabaña.

​—¡Me obligaron! —gritó Ricardo—. Dijeron que si no les daba la ubicación de la cabaña, le contarían a la policía lo de mis deudas de juego.

Valeria frenó el coche de golpe. Se giró y miró a su exmarido con una frialdad que hizo que el hombre se encogiera.

—Fuera —dijo ella con una calma aterradora.

​—¿Qué? ¡Valeria, es de noche y hay lobos! —suplicó Ricardo.

​—¡He dicho que fuera! —gritó Valeria—. Has puesto en peligro a tus hijos por unos malditos dólares. Quítate los zapatos y bájate del coche. Ahora.

Ricardo, viendo que incluso Mateo lo miraba con decepción pura, se quitó los zapatos, los lanzó por la ventana y bajó del SUV. Valeria arrancó sin mirar atrás.

​—¿A dónde vamos ahora? —preguntó Adrián, mirando el mapa—. Sin el teléfono de Marcos y con la policía buscándote, no tenemos refugio.

​—Iremos a la ciudad —dijo Adrián—. Al único lugar donde mi padre nunca buscaría.

​—¿A su oficina? —preguntó Mateo.

​—No. Al apartamento de Isabella. Ella cree que soy predecible, pero no espera que me esconda en el nido de la serpiente. Además, allí está la otra mitad de los códigos que necesito para desbloquear la USB.

​—¡Me encanta! —exclamó Mía, recuperando el ánimo—. "Operación: Durmiendo con mi enemiga". ¡Es muy estético! ¿Puedo usar sus mascarillas faciales de lujo mientras nos escondemos?




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