Caos y Segundas Oportunidades

​Capítulo 11: El nido de la serpiente y el rastro de Marcos

El SUV de Valeria, ahora cubierto de barro y con un faro roto, se detuvo a dos calles del lujoso edificio de Isabella. El contraste era ridículo: ellos parecían supervivientes de un apocalipsis, mientras que el edificio brillaba con mármol y cristales blindados.

​—¿Qué pasó con Marcos? —preguntó Valeria mientras ayudaba a Adrián a cubrirse el rostro con la capucha de una sudadera vieja de Mateo.

Adrián miró su reloj.

—Su señal se perdió hace dos horas. Marcos sabía que si lo atrapaban, su prioridad era destruir su teléfono para que no rastrearan nuestras conversaciones. Si no ha llamado, es porque está bajo custodia o escondido en el "punto ciego" que acordamos. Pero conociendo a mi padre, lo habrán arrestado bajo cargos falsos de obstrucción a la justicia para sacarlo del juego. Estamos solos, Valeria.

​—No están solos —intervino Mateo, sacando una tablet pequeña de su mochila—. He interceptado las cámaras de seguridad del edificio. El portero está distraído viendo un partido de fútbol. Si entramos por el muelle de carga, podemos llegar al ascensor de servicio.

​—¡Espera! —gritó Mía, sacando un spray fijador y un peine—. Si vamos a entrar al departamento de esa mujer, no podemos parecer indigentes. Si nos atrapan, quiero que la foto del arresto sea icónica. Adrián, ponte derecho. Mateo, deja de parecer un espía de la KGB.

​—Mía, esto no es un desfile —siseó Valeria—, pero tiene razón. Adrián, toma mi chaqueta oscura. Mateo, tú y Mía se quedan en el coche con el motor encendido. Si en 20 minutos no bajamos, llaman a este número... es un abogado que me ayudó con el divorcio. Es un tiburón, pero odia a la gente como Don Samuel.

​—¡Ni hablar! —replicó Mía—. ¡Yo no me quedo aquí aburrida! Además, el portero me conoce por mis redes; una vez hice un video en la entrada de este edificio. Puedo distraerlo con un "problema de influencer" mientras ustedes suben.

​Dicho y hecho. Mía salió del coche, se despeinó un poco y corrió hacia la entrada principal gritando que un "acosador" la perseguía para pedirle un autógrafo. El portero, obnubilado por el drama de la niña, abandonó su puesto. Adrián y Valeria se colaron por la puerta lateral.

​Subieron al piso 42 en un silencio tenso. Al abrir la puerta del ático con la clave que Adrián aún recordaba, el lujo los golpeó. Todo era blanco, frío y caro. Pero no estaba vacío.

​Desde el salón, se escuchaban voces. Adrián hizo una señal a Valeria para que se detuviera tras una columna de granito.

​—...mi padre está perdiendo los estribos, Isabella —decía una voz joven y arrogante—. Si Adrián entrega esa USB, no solo cae la constructora, cae nuestra herencia.

Adrián se asomó apenas. Era Bruno, su hermano menor. El "niño mimado" de la familia, el que siempre había vivido a la sombra de los logros de Adrián.

​—Tu hermano es un idealista estúpido, Bruno —respondió Isabella, sirviéndose una copa de vino—. Pero no te preocupes. Tu padre ya tiene a su amigo, ese tal Marcos, en una celda privada. Lo usarán como moneda de cambio. Adrián aparecerá. Nadie es tan valiente cuando la vida de su mejor amigo está en juego.

Valeria miró a Adrián. Sus ojos ardían de rabia. La traición de una novia y un padre era una cosa, pero su propio hermano planeando su caída era un golpe que no esperaba.

​—Tenemos que sacar la USB de la caja fuerte de su dormitorio —susurró Adrián al oído de Valeria—. La otra mitad de los datos está en un servidor físico aquí. Si lo conseguimos, tenemos a Don Samuel y a estos dos por el cuello.

​De repente, el teléfono de Valeria vibró. Era un mensaje de Mateo: "Mamá, el coche negro acaba de aparcar frente al edificio. Los hombres de la montaña están subiendo por el ascensor principal. Tienen 2 minutos".

Valeria miró a Adrián. Estaban atrapados entre los traidores del salón y los sicarios que subían.

​—Adrián —susurró ella, apretando su mano—, es hora de dejar de ser el arquitecto y empezar a ser el hombre que muerde.




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