Caos y Segundas Oportunidades

​Capítulo 12: El espejo roto y la caída de los dioses

Adrián no esperó más. Salió de detrás de la columna con una calma gélida que hizo que Isabella soltara su copa de vino, rompiéndose en mil pedazos sobre el suelo de mármol. Bruno saltó del sofá como si hubiera visto a un fantasma.

​—¿Buscabas esto, hermano? —dijo Adrián, mostrando la llave USB que ya tenía en su mano.

​—¡Adrián! —exclamó Isabella, recuperando su máscara de seducción—. Estás... diferente. Ese look de "clase obrera" no te sienta nada bien. Danos la llave y prometo que convenceré a tu padre de que no te encierre en un psiquiátrico.

​—Se acabó el teatro, Isabella —replicó Adrián—. He escuchado todo. Bruno, ¿nuestra herencia? ¿Prefieres dinero manchado con la sangre de la gente que vive en esos edificios defectuosos?

​—¡Tú siempre fuiste el favorito! —gritó Bruno, con el rostro rojo de envidia—. El arquitecto perfecto, el hijo brillante. ¡Yo solo quiero lo que me corresponde! ¡Seguridad! —gritó Bruno, llamando a los hombres que, según el mensaje de Mateo, ya estaban en el pasillo.

​Mientras tanto, en el pasillo, Valeria no se había quedado de brazos cruzados. Había encontrado un carrito de limpieza de lujo en el rellano. Con la agilidad de quien ha limpiado desastres domésticos por años, vació tres botes de aceite corporal de seda y jabón líquido francés frente a las puertas del ascensor.

​Justo cuando las puertas se abrieron y tres hombres armados salieron corriendo, el primero patinó como si estuviera en una pista de hielo, chocando contra el segundo y derribando al tercero.

​—¡Oops! Piso resbaladizo, caballeros —se burló Valeria, antes de bloquear la puerta del apartamento desde dentro con una barra de metal.

​Dentro del ático, la situación era un caos. Mía, que se había colado por el balcón lateral tras trepar por la escalera de incendios ("Todo por el contenido", se dijo a sí misma), estaba agachada detrás de una maceta gigante grabando todo con su teléfono.

​—“O sea, primicia total: el hermano menor es un envidioso y la ex es una psicópata. Mi vida es literalmente un K-Drama ahora mismo” —susurraba Mía a la cámara mientras captaba la confesión de Bruno sobre el lavado de dinero.

​—¡Dame eso! —Bruno se abalanzó sobre Adrián, pero Adrián lo esquivó con una agilidad que no tenía cuando vivía en oficinas. Lo empujó contra un aparador de cristal, que estalló en mil pedazos.

​—Valeria, ¡tenemos que irnos! —gritó Adrián—. ¡Vienen más por las escaleras!

​—¡Al conducto de la basura no! —gritó Mía, saliendo de su escondite—. ¡Mi ropa es de marca! ¡Mejor saltamos al edificio de al lado! Hay una terraza llena de colchonetas de yoga a solo tres metros.

​—¿Estás loca? —gritó Isabella, intentando agarrar a Mía del pelo.

Valeria intervino, dándole un empujón a Isabella que la mandó directo al sofá.

—¡Con mi hija no te metas, Barbie de oficina!

Adrián tomó a Valeria de la mano y miró a sus hijos.

—Es ahora o nunca. ¡A la terraza!

​El salto fue una locura. Adrián saltó primero, aterrizando sobre las colchonetas y dándose la vuelta para atrapar a Mía, quien saltó gritando: "¡ESTO VA PARA EL REEL!". Luego saltó Mateo, con su mochila de emergencia abrazada al pecho, y finalmente Valeria.

​Desde la terraza del edificio contiguo, vieron cómo los hombres de Don Samuel entraban al ático de Isabella, solo para encontrarlos vacíos y con un Bruno humillado en el suelo.

​—¿Y ahora qué? —preguntó Valeria, jadeando, mientras se abrazaba a sus hijos.

Adrián miró la llave USB y luego el teléfono de Mía.

—Ahora tenemos la confesión grabada y las pruebas físicas. Pero Marcos sigue en manos de mi padre. Él no lo soltará hasta que le entreguemos esto.

​—Entonces le daremos lo que quiere —dijo Mateo, sacando una segunda llave USB de su bolsillo—. Hice una copia exacta con virus mientras estábamos en la cabaña. Le daremos el "regalo" y, cuando intente abrirlo, borraremos todos sus servidores desde adentro.

​—Ese es mi hijo —dijo Valeria con orgullo, aunque luego miró a Adrián con tristeza—. Pero eso significa que tenemos que ir a la guarida del lobo. A la oficina central de tu padre.

​—No —dijo Adrián, mirando hacia el horizonte donde empezaba a amanecer—. Iremos a la inauguración del nuevo complejo de lujo esta noche. Frente a toda la prensa. Si caemos, nos aseguraremos de que todo el mundo vea quién es realmente Don Samuel.




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