El plan era suicida, pero como decía Valeria: "Después de sobrevivir a un exmarido narcisista y a un acantilado, una fiesta de etiqueta es solo otro martes". El grupo se refugió en una tienda de disfraces y ropa de segunda mano cerca del puerto.
—¡Ni muerta me pongo eso! —gritó Mía, apartando un vestido de tul rosa—. Si vamos a derrocar un imperio, tengo que verme como una villana de alta costura.
Con un presupuesto de apenas cien dólares y el ojo crítico de Mía, lograron el milagro. Adrián recuperó su porte de arquitecto con un traje negro que Valeria planchó con una cacerola caliente. Valeria lucía un vestido verde esmeralda que resaltaba el fuego de sus ojos. Mía y Mateo se vistieron como "camareros en formación".
—Mateo, recuerda: si alguien te pide champán, se lo das. No les des un discurso sobre el colapso económico del capitalismo —advirtió Valeria mientras le ajustaba la pajarita a su hijo.
—Solo si prometen no beberlo ellos, mamá. Ese tipo de gente no merece burbujas —respondió Mateo, ocultando un inhibidor de señal artesanal en su bandeja de servicio.
Llegaron al museo donde Don Samuel celebraba la gala. El edificio estaba rodeado de patrullas. Adrián se tensó al ver su propia cara en las pantallas exteriores con el titular: "ARQUITECTO DESAPARECIDO: SE BUSCA POR BROTE PSICÓTICO".
—Camina con la cabeza alta, "Cuchurrumín" —susurró Valeria, entrelazando su brazo con el de él—. Eres el dueño de este lugar, aunque ellos no lo sepan todavía.
Entraron por la puerta principal. El despliegue de seguridad era asfixiante. Mía se separó del grupo inmediatamente, moviéndose entre los invitados con su teléfono oculto en una bandeja de canapés.
—“Hola a todos mis 'caóticos'. Estamos en la guarida del mal. El outfit es robado, el peligro es real, pero mi piel se ve increíble bajo estas luces” —susurraba a su audiencia invisible mientras grababa las caras de los socios de Don Samuel.
Adrián divisó a su padre en el centro del salón. Don Samuel reía, sosteniendo una copa de cristal, rodeado de políticos. A su lado, Marcos estaba sentado en una silla de ruedas, camuflado como un invitado con movilidad reducida, pero Adrián vio las correas de cuero que sujetaban sus muñecas a los reposabrazos. Tenía un guardia de seguridad a cada lado.
—Lo tienen retenido a la vista de todos —masculó Adrián, apretando la mandíbula—. Mi padre es un genio del mal. Nadie sospecha de un hombre "herido" en una gala.
De repente, una voz familiar y chillona resonó a sus espaldas.
—¡Seguridad! ¡Ahí están!
Era Isabella. Había llegado a la gala con un vestido rojo sangre y una furia volcánica. Bruno venía detrás de ella, señalando a Valeria.
—¡Esa mujer ha secuestrado a mi hermano! —gritó Bruno, atrayendo la atención de toda la prensa—. ¡Es una desequilibrada que lo tiene bajo una crisis nerviosa para quedarse con su dinero!
Los flashes de las cámaras empezaron a cegarlos. La policía, que ya estaba en el lugar, empezó a cerrar el círculo alrededor de Valeria y Adrián.
—¡Es mentira! —gritó Valeria, pero su voz fue ahogada por el murmullo de los invitados escandalizados.
—Adrián, dame la llave ahora —dijo Don Samuel, acercándose con una sonrisa triunfal mientras los guardias apuntaban discretamente bajo sus chaquetas—. O tu amiga irá a la cárcel por secuestro y tu amigo Marcos tendrá un "accidente" en el ascensor.
Adrián miró a Valeria. Luego miró a Mateo, que estaba cerca del panel de control de las pantallas gigantes del salón, esperando una señal.
—Papá —dijo Adrián en voz alta, para que todos escucharan—. Siempre dijiste que en los negocios hay que saber cuándo retirarse.
Adrián sacó la USB (la falsa que preparó Mateo) y se la extendió a su padre. Don Samuel la tomó con codicia.
—Buen chico —susurró el viejo—. Guardias, llévense a la mujer.
—¡Un momento! —gritó Mía, subiéndose a una mesa de banquete—. ¡Antes de que se lleven a mi mamá, creo que todos deberían ver mi último video! ¡Ya tiene un millón de vistas y subiendo!
Mateo presionó un botón en su tablet. Las pantallas gigantes del museo, que antes mostraban los edificios de la empresa, cambiaron de golpe.
En lugar de planos arquitectónicos, apareció el video que Mía grabó en el ático: Bruno confesando el lavado de dinero y las pruebas de los materiales defectuosos. Y luego, el audio de Don Samuel admitiendo que usaba a su hijo como peón.
El silencio en la gala fue absoluto. Don Samuel miró la USB en su mano y luego a la pantalla.
—Esa USB que tienes —dijo Adrián con una sonrisa— solo tiene un comando: "Enviar a la Fiscalía". Y acaba de ejecutarse al conectarla a tu red privada.