Caos y Segundas Oportunidades

Capítulo 16: El silencio más dulce

La primera mañana de "normalidad" no empezó en una mansión, sino en la cocina de Valeria, bajo la luz suave de un amanecer que por fin no traía amenazas. El aroma a café recién hecho inundaba el aire.

Adrián estaba sentado en la mesa, vistiendo una sudadera prestada y observando cómo el sol se filtraba por la ventana. Por primera vez en años, su mente no estaba llena de planos, contratos o traiciones. Estaba llena de ella.

Valeria entró en la cocina, todavía con el pelo algo revuelto y vistiendo una bata desgastada. Se detuvo al verlo. El silencio entre ambos ya no era incómodo; era un refugio.

​—No te has ido —dijo ella en voz baja, con una media sonrisa—. Pensé que en cuanto saliera el sol, volverías a tu mundo de edificios de cristal.

Adrián se levantó y se acercó a ella. La distancia desapareció en un instante.

—Mi mundo de cristal se hizo añicos, Valeria. Y me alegro. No quiero volver a un lugar donde el silencio es frío. Prefiero este caos. Te prefiero a ti.

​Él extendió la mano y apartó un mechón de pelo de la cara de Valeria. Sus dedos rozaron su mejilla con una ternura que la hizo estremecer. Valeria, que siempre tenía una respuesta rápida, se quedó sin palabras.

​—Adrián... mi vida es un desastre —susurró ella, aunque no se apartó—. Tengo dos hijos que son un torbellino, un exmarido que es un dolor de cabeza y una cuenta bancaria que siempre está en rojo. No soy la mujer de catálogo que se supone que debes tener.

​—Esa mujer de catálogo me vendió por una firma —respondió Adrián, acortando el último espacio que los separaba—. Tú me diste una mano cuando estaba en el borde de un abismo. Me enseñaste que el vacío se llena con ruido, con risas y con verdad.

Adrián rodeó la cintura de Valeria con sus brazos, atrayéndola hacia él. Ella apoyó las manos en su pecho, sintiendo el latido fuerte y constante de un corazón que ella misma había ayudado a reanimar. Se miraron a los ojos, compartiendo una complicidad que solo nace tras haber sobrevivido juntos a la oscuridad.

​—Gracias por no dejarme saltar —murmuró él justo antes de besarla.

​Fue un beso lento, cargado de alivio y de una promesa silenciosa. No hubo flashes, ni cámaras, ni gritos de niños. Solo ellos dos. Por un momento, el tiempo se detuvo.

​—¡O sea, mi detector de contenido está vibrando! —el grito de Mía desde la puerta de la cocina rompió el encanto.

​Ambos se separaron rápidamente, rojos como tomates. Mía estaba allí, con su teléfono en mano, grabándolos con una cara de triunfo absoluto.

​—¡"Cuchurrumín" y mamá! ¡Confirmadísimo! —gritó Mía—. ¡Mis seguidores están colapsando! ¡El hashtag #ArquitectoDelAmor es tendencia!

​—¡Mía! ¡Borra eso ahora mismo! —exclamó Valeria, aunque no podía ocultar su sonrisa.

Mateo apareció detrás de su hermana, bostezando y mirando la escena con su habitual escepticismo.

—Bueno, al menos él sabe cocinar —dijo el niño, sentándose a la mesa—. Adrián, si te vas a quedar, necesito que revises mi proyecto de ciencias sobre estructuras antisísmicas. Ya que eres un experto en edificios que se caen... o que no deberían caerse.

Adrián soltó una carcajada limpia y profunda. Miró a la familia, ese equipo improbable que lo había adoptado, y sintió una calidez que ninguna herencia podría comprar.

​Sin embargo, el momento de paz se vio interrumpido por un sonido metálico. Alguien deslizó un sobre por debajo de la puerta principal. Mateo, siempre alerta, fue a recogerlo.

​—Es para ti, Adrián —dijo el niño, entregándole un sobre de papel caro, con el sello de la firma de abogados de su padre.

Adrián lo abrió. Su rostro se ensombreció.

—Alguien pagó la fianza de mi padre. Cinco millones de dólares en efectivo desde una cuenta en las Islas Caimán. No fue Isabella, ella está arruinada.

​—¿Entonces quién? —preguntó Valeria, volviendo a ponerse en modo protectora.

​Dentro del sobre, además de la notificación, había una nota escrita a mano: "El juego apenas comienza. No debiste morder la mano que te dio de comer. Nos vemos en la lectura del testamento vivo".

​—Es la letra de mi abuela —susurró Adrián—. La matriarca. La mujer que incluso mi padre temía. Ella nunca sale de su mansión en Suiza... a menos que el apellido esté en peligro.




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