Caos y Segundas Oportunidades

​Capítulo 17: La invitación de la Reina Madre

La mansión de los De la Vega no era una casa; era una fortaleza de mármol y soberbia rodeada de setos perfectamente podados que parecían cuchillas. El sobre no era una invitación, era una citación al tribunal de la Matriarca: Doña Leonor.

​—No tenemos que ir —dijo Valeria, ajustándole el cuello de la camisa a Adrián en la entrada de la casa—. Si esa mujer es tan peligrosa como dices, es una trampa.

​—Si no vamos, usará todo su poder para aplastar legalmente a cualquiera que me haya ayudado —respondió Adrián, tomando las manos de Valeria—. Leonor no es como mi padre. Ella no grita, ella susurra y el mundo obedece. Necesita vernos. Quiere medir al "enemigo".

​—¡O sea, yo estoy listísima! —gritó Mía, bajando las escaleras con un vestido que había "customizado" con imperdibles y una actitud de estrella de rock—. Si voy a ser desheredada antes de ser heredada, quiero que sea con estilo. Mateo, ¿llevas el detector de metales?

​—Llevo un sensor de frecuencias y un analizador de sustancias —respondió Mateo con su mochila al hombro—. Si hay algo raro en la sopa, lo sabremos antes del primer sorbo.

​Llegaron a la mansión en el SUV de Valeria, que se veía ridículo estacionado entre los Rolls-Royce y Mercedes de la entrada. Un mayordomo de rostro imperturbable los condujo al comedor principal, donde una mujer de cabello blanco impecable y ojos de color acero los esperaba sentada a la cabecera de una mesa infinita.

​—Adrián —dijo Doña Leonor con una voz que recordaba al roce del terciopelo sobre el hielo—. Veo que has cambiado el buen gusto por el "sentimentalismo de barrio".

​—He cambiado la hipocresía por la realidad, abuela —respondió Adrián, sentándose y haciendo señas a Valeria y a los niños para que hicieran lo mismo.

Leonor recorrió a los invitados con la mirada. Se detuvo en Valeria.

—Así que tú eres la mujer que sacó a mi nieto del mar. Debo agradecerte por salvar el linaje, pero debo reclamarte por ensuciar el apellido con ese video escandaloso. Las guerras de los De la Vega se ganan en los despachos, no en TikTok.

​—A veces, Doña Leonor, el barro de la calle limpia mejor que el oro de los despachos —replicó Valeria, sosteniéndole la mirada sin parpadear.

Mía sacó su teléfono discretamente, pero Leonor levantó una mano.

—Guarda eso, pequeña. Aquí no hay WiFi. He instalado un inhibidor. En esta mesa, la única red que importa es la que yo tejo.

​La cena fue un desfile de platos exquisitos y dagas verbales. Leonor ignoró a Adrián y se centró en los niños, intentando encontrar su punto débil.

​—Dime, Mateo —dijo ella—, ¿qué te gustaría ser de mayor? Podría enviarte a la mejor academia militar de Suiza mañana mismo. Lejos de las deudas de tu madre.

​—Me gustaría ser el que audite sus cuentas suizas, señora —respondió Mateo sin dejar de diseccionar su filete—. He oído que hay muchas irregularidades en el fondo de pensiones de la empresa.

Leonor arqueó una ceja, impresionada por la frialdad del niño. Luego miró a Adrián.

—Tu padre es un idiota. Usó la fuerza cuando debió usar la seducción. Adrián, te ofrezco un trato. Retira la denuncia, entrega la USB original y yo misma me encargaré de que tu padre se retire "por motivos de salud". Tú serás el presidente único. Limpiarás la empresa. Y a esta mujer... —miró a Valeria— le daré una compensación que hará que no tenga que trabajar en siete vidas.

Adrián sintió la mano de Valeria tensarse bajo la mesa. El silencio en el comedor era sepulcral. Era la oferta perfecta: el poder, la redención y la seguridad económica para la mujer que amaba.

Adrián miró a Valeria. Vio el miedo en sus ojos, pero también la dignidad. Luego miró a su abuela.

—Lo que tú ofreces es una jaula de oro, abuela. Valeria no tiene precio, y mi integridad tampoco. No voy a retirar nada. Mi padre irá a juicio, y si tú estuviste involucrada, tú también.

Leonor dejó los cubiertos con una calma aterradora.

—Es una pena. Siempre fuiste mi favorito.

​De repente, las puertas del comedor se abrieron. No era la policía, ni guardias. Era Don Samuel, que acababa de entrar, pero no lucía como un hombre libre. Estaba pálido y custodiado por dos hombres que claramente no eran de su seguridad habitual.

​—Madre, por favor... —balbuceó Don Samuel.

​—Silencio, Samuel —dijo Leonor—. Si Adrián no acepta el trato, tú eres el sacrificio.

Valeria se levantó.

—Nos vamos. Ahora.

​—Pueden irse —dijo Leonor con una sonrisa gélida—. Pero Adrián, recuerda que el testamento de tu abuelo tiene una cláusula de moralidad. Si sigues con esta mujer "divorciada y con cargas", perderás cada céntimo. Quedarás en la calle. ¿Estás dispuesto a ver cómo ella sufre por tu falta de recursos?

Adrián se levantó, rodeó a Valeria con el brazo y miró a la Matriarca.

—Abuela, ya estuve en la calle, en un acantilado y en un SUV lleno de papas fritas. Y nunca me he sentido más rico.

​Salieron de la mansión bajo la mirada gélida de Leonor. Pero una vez en el coche, la tensión estalló. Valeria rompió a llorar, no de tristeza, sino de la presión acumulada. Adrián la abrazó en el asiento delantero.

​—No voy a dejar que nos destruya —susurró él contra su cuello.




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