El antiguo taller de carpintería del abuelo de Adrián olía a pino, a cera de abejas y a un pasado más sencillo. Era un refugio rústico, escondido en un callejón olvidado de la ciudad, donde las cuentas congeladas y las órdenes de desalojo de Doña Leonor no podían entrar.
—Es humilde, pero aquí nadie nos encontrará —dijo Adrián, sacudiendo una vieja manta sobre un banco de trabajo—. Mi abuela cree que estoy en un hotel de lujo; no se imagina que estoy rodeado de martillos y clavos.
Valeria intentaba mantener la compostura, pero la presión de haber perdido el acceso a sus ahorros la tenía al borde del colapso.
—Adrián, esa mujer me lo ha quitado todo en una tarde. Ni siquiera puedo comprarle un helado a Mía.
—No te lo ha quitado todo —respondió Adrián acercándose, su voz volviéndose profunda y suave—. Me tienes a mí. Y tengo un plan, pero ahora... ahora solo quiero que respires.
Él la tomó por la cintura y la atrajo hacia sí. En medio de la penumbra del taller, iluminados solo por un par de lámparas de aceite que Mateo había encendido, la tensión se transformó en algo eléctrico. Adrián le acarició el cuello, bajando la mirada hacia sus labios, pero justo cuando el beso parecía inevitable... el teléfono de Adrián vibró.
Era una videollamada. Adrián suspiró y contestó. En la pantalla apareció una mujer espectacular, de rasgos europeos y una sonrisa perfecta.
—¡Adrián, mon chéri! —exclamó la mujer en un tono cariñoso—. Me he enterado de lo de Leonor. Estoy en la ciudad, me he instalado en el penthouse del Grand Hotel. Ven a verme ahora mismo, tengo los contactos para desbloquear tus activos. No dejes que esa "gente" con la que estás te hunda.
Valeria arqueó una ceja, sintiendo un pinchazo de fuego en el pecho que no tenía nada que ver con la indignación política.
—Es Elena, una vieja... amiga de la universidad —explicó Adrián rápidamente, cortando la llamada al ver la cara de Valeria.
—"Amiga", claro —replicó Valeria, cruzándose de brazos—. Y yo soy la Reina de Inglaterra. ¿"Mon chéri"? ¿En serio, Adrián? Parece que tu agenda de contactos está llena de modelos internacionales listas para rescatarte mientras yo intento que no nos desahucien.
Adrián no pudo evitar una sonrisa. Dio un paso hacia ella, disfrutando de ese destello de celos que hacía que los ojos de Valeria brillaran con más intensidad.
—¿Estás celosa, Valeria? Porque te aseguro que Elena es solo una socia del pasado. Ella representa el mundo que dejé atrás. El mundo que ya no quiero.
—No estoy celosa —mintió ella, aunque su voz tembló cuando Adrián la arrinconó suavemente contra la pared de madera—. Solo digo que si quieres ir a beber champán con "Elena la Perfecta", la puerta está abierta.
—Prefiero beber agua de grifo contigo en este taller —susurró Adrián, acortando la distancia—. Elena tiene el dinero, pero tú tienes mi vida.
Esta vez no hubo interrupciones. El beso fue hambriento, una mezcla de alivio y deseo acumulado. Valeria enredó sus dedos en el cabello de Adrián, olvidándose por un momento de la Matriarca, de los juicios y del mundo exterior. En ese rincón lleno de herramientas viejas, se sintieron más dueños del mundo que nunca.
Desde el altillo, donde Mía y Mateo habían armado sus sacos de dormir, se escuchó un susurro.
—¡O sea, la tensión es real! —susurró Mía, intentando grabar sin luz—. "El arquitecto y la guerrera en el taller". ¡Es el mejor capítulo de mi vida!
—Cállate, Mía —dijo Mateo, aunque él también observaba con una sonrisa de lado—. Al menos aquí papá no puede entrar a molestar.
Adrián se separó de Valeria lo justo para mirarla a los ojos, con la respiración entrecortada.
—Mañana nos ocuparemos de Elena y del "Arquitecto Blanco". Usaremos sus contactos, pero bajo mis condiciones. Nadie va a volver a tocar tu cuenta bancaria ni a amenazar a tus hijos. Te lo prometo por esta madera.
Valeria sonrió, sintiéndose protegida por primera vez en mucho tiempo.
—Más te vale, Cuchurrumín. Porque si esa Elena se acerca demasiado, aprenderá que las madres divorciadas tenemos muy poca paciencia y una puntería excelente con las llaves inglesas.