Caos y Segundas Oportunidades

Capítulo 19: Duelo de seda y espinas

El vestíbulo del Grand Hotel brillaba tanto que hacía que los ojos dolieran. Valeria se miró en el espejo del ascensor. Llevaba un vestido negro ajustado que había rescatado del fondo de su maleta y unos tacones que, aunque le hacían sufrir, la hacían sentir como una guerrera.

​—Estás increíble —susurró Adrián, pegándose a ella. Su mano bajó por su espalda con una posesividad que a ella le encantó—. Pero sigo pensando que venir aquí es buscar problemas.

​—Si esa tal Elena cree que va a "negociar" contigo a solas mientras yo me quedo barriendo serrín, es que no me conoce —replicó Valeria, retocándose el carmín rojo—. Hoy no soy la madre que hace trenzas, Adrián. Hoy soy la mujer que cuida lo que es suyo.

​Las puertas se abrieron en el penthouse. Elena los esperaba en una terraza privada con vistas a toda la ciudad. Llevaba un vestido de seda blanca que costaba más que el SUV de Valeria y sostenía una copa de cristal con una elegancia insultante.

​—Adrián, mon amour! —exclamó Elena, acercándose para darle dos besos en las mejillas, ignorando olímpicamente a Valeria—. Sabía que vendrías. Estás... un poco más rústico, pero el peligro te sienta de maravilla.

​—Elena, esta es Valeria —dijo Adrián, tomando a Valeria de la cintura con firmeza—. Mi compañera. En todo.

​Elena finalmente miró a Valeria, recorriéndola de arriba abajo con una sonrisa condescendiente.

—Ah, la salvadora del acantilado. Encantadora. Muy... auténtica. ¿Te apetece una copa, querida? Es un vino que probablemente no conozcas, es de una cosecha privada de Burdeos.

​—Prefiero una respuesta clara, Elena —respondió Valeria, sentándose en el sofá de cuero blanco sin esperar invitación—. Menos etiquetas de vino y más sobre cómo vas a ayudar a Adrián a desbloquear nuestras cuentas.

​Elena soltó una risita cristalina y se sentó frente a ellos, cruzando sus larguísimas piernas.

—Adrián, hablemos de negocios. Tu abuela es una principiante comparada con quien yo represento. "El Arquitecto Blanco" quiere que vuelvas al redil. Si firmas este documento donde renuncias a la custodia de las pruebas y te marchas conmigo a Ginebra para dirigir la nueva firma, todas las deudas de esta mujer desaparecerán. Sus cuentas se llenarán de nuevo.

Adrián sintió que la sangre le hervía.

—¿Me estás pidiendo que me venda para comprar la libertad de Valeria?

​—Es un intercambio justo, ¿no crees? —dijo Elena, inclinándose hacia él, ignorando a Valeria—. Ella recupera su vida tranquila y tú recuperas tu trono. Todos ganan.

​Valeria sintió una punzada de miedo. Era la oferta que cualquier hombre en la posición de Adrián aceptaría. Se volvió hacia él, esperando ver duda en sus ojos, pero lo que encontró fue una furia gélida dirigida a Elena.

​—Te has equivocado de hombre, Elena —dijo Adrián con voz ronca—. Y te has equivocado de mujer. Valeria no es una deuda que se paga, es la razón por la que no me tiré de aquel puente.

​En ese momento, el reloj inteligente de Adrián vibró. Era un mensaje de Mateo, que se había quedado en el coche con su tablet: "¡Mamá, dile al Cuchurrumín que no firme nada! He hackeado el teléfono de la rubia. Ella no trabaja para el Arquitecto Blanco, ella ES su mano derecha. Y hay una transferencia lista para salir de su cuenta si Adrián dice que sí".

​Valeria sonrió con malicia. Se levantó, se acercó a la mesa de cristal y miró a Elena directamente a los ojos.

—¿Sabes qué pasa con la seda, Elena? Que es muy fácil de rasgar. Mi hijo acaba de entrar en tus cuentas. Si no desbloqueas mis ahorros y dejas de acosar a Adrián en los próximos cinco minutos, vamos a filtrar tu lista de contactos de lavado de dinero a la prensa que Mía tiene en espera en sus redes sociales.

​Elena palideció. Su máscara de perfección se agrietó.

—No te atreverías. Arruinarías a Adrián también.

​—Él ya no tiene nada que perder —dijo Valeria, entrelazando sus dedos con los de Adrián—. Pero tú... tú tienes un penthouse muy bonito que se vería fatal con rejas en las ventanas.

​Adrián miró a Valeria con una mezcla de adoración y asombro.

—Ya la has oído, Elena. El tiempo corre.

​Elena, temblando de rabia, sacó su teléfono y tecleó furiosamente. Un minuto después, el móvil de Valeria vibró. Una notificación del banco: Cuenta activada. Saldo disponible.

​—Ahora lárgate de esta ciudad —sentenció Adrián—. Y dile al "Arquitecto Blanco" que si quiere algo conmigo, que deje de enviar recaderos.

​Salieron del hotel caminando como si fueran los dueños de la calle. Al llegar al coche, los celos de Valeria se esfumaron, reemplazados por una adrenalina triunfal.

​—Así que... ¿"mon amour"? —bromeó Valeria una vez dentro del SUV.

​—Me gusta mucho más "Cuchurrumín" —respondió Adrián, atrayéndola para un beso que sabía a victoria y a futuro—. Gracias por defenderme ahí dentro.

​—Nadie toca a mi arquitecto —dijo ella, sonriendo contra sus labios—. Ni siquiera una rubia con acento francés.




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