Caos y Segundas Oportunidades

Capítulo 20: Fragmentos y fuego lento

Al regresar al taller, la euforia del hotel se evaporó al instante. La puerta de madera estaba entreabierta y el silencio en el interior era pesado. Adrián entró primero, protegiendo a Valeria con su cuerpo.

​No se habían llevado nada. Sobre el banco de trabajo, justo donde habían compartido aquel beso horas antes, brillaba algo metálico bajo la luz de la luna. Era la medalla de plata de la familia de Adrián, la misma que llevaba al cuello el día del acantilado. Estaba partida limpiamente por la mitad.

​—Saben dónde estamos —susurró Adrián, apretando el metal partido en su puño—. Esto es un mensaje del "Arquitecto Blanco". Me está diciendo que lo que el destino unió, él puede romperlo.

Valeria sintió un escalofrío, pero no de miedo, sino de determinación. Se acercó a él y le abrió la mano, entrelazando sus dedos con los suyos.

—No nos va a romper, Adrián. No somos de cristal. Somos de madera y hierro, como este taller.

Mateo y Mía entraron poco después. El niño analizó la escena con su habitual frialdad.

—No hay rastro de entrada forzada. Usaron una llave maestra electrónica. Mamá, si queremos acabar con esto, tenemos que dejar de escondernos. El "Arquitecto Blanco" no es un fantasma, es un servidor. Y los servidores necesitan una ubicación física.

​—Tengo un plan —continuó Mateo—. Usaremos a Marcos. Él sigue siendo el enlace legal de la firma. Si él convoca una junta de emergencia en la sede antigua, el "Arquitecto" tendrá que enviar a alguien o conectarse digitalmente. Si lo hace, yo entraré por la puerta de atrás de su red.

​—Es peligroso —dijo Adrián—. Pero es la única forma.

​Después de que los niños se acomodaran en el altillo, exhaustos por el día, el taller quedó sumido en una penumbra cálida. Adrián y Valeria se quedaron junto a la chimenea de hierro. El fuego proyectaba sombras alargadas en las paredes llenas de herramientas.

​—¿Tienes miedo? —preguntó Valeria, sentándose en el suelo, apoyada en las piernas de Adrián.

​—Tengo miedo de perder esto —confesó él, acariciándole el hombro—. Antes de conocerte, no tenía nada que perder porque no valoraba nada. Ahora... ahora el mundo me parece un lugar increíble solo porque tú estás en él.

Valeria se giró hacia él. La luz de las llamas bailaba en sus ojos.

—Adrián, pase lo que pase mañana en esa junta... prométeme que no volverás a mirar hacia abajo en ningún acantilado. Prométeme que si te sientes vacío, me llamarás a mí para que te llene la cabeza de problemas y de gritos de niños.

Adrián sonrió y la atrajo hacia él con suavidad. El beso empezó con la ternura de una promesa y creció con la urgencia de quienes saben que el mañana no está garantizado. La madera del suelo estaba fría, pero ellos ardían. Fue un encuentro lento, íntimo, donde se reconocieron no como el arquitecto y la salvadora, sino como dos almas que habían encontrado su hogar en el lugar menos esperado.

​En la quietud de la noche, rodeados del aroma a pino viejo, Adrián le susurró al oído:

—Te amo, Valeria. No solo por salvarme la vida, sino por enseñarme a vivirla.

​—Y yo a ti, mi arquitecto —respondió ella, escondiendo el rostro en su pecho—. Pero si mañana salimos de esta, vas a tener que aprender a cocinar algo más que café frío.




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