Caos y Segundas Oportunidades

​Capítulo 21: El Caballo de Troya y el regreso del patriarca

La sede antigua de la constructora De la Vega era un edificio de cristal ahumado que se alzaba como un monumento al ego. Pero bajo la superficie, era un nido de cables y servidores que el "Arquitecto Blanco" controlaba desde la sombra.

Adrián y Valeria observaban desde una furgoneta de reparaciones a unos metros de la entrada. Mateo estaba rodeado de pantallas, moviendo los dedos con una velocidad sobrenatural.

​—Marcos ya está en la sala de juntas —informó Mateo—. Pero hay un problema. Las cámaras internas se han apagado. Alguien sabe que vamos a entrar.

​—Es mi turno —dijo Mía, ajustándose una gorra de mensajería y cargando una caja térmica—. “O sea, el look de delivery es súper tendencia, pero este casco me arruina el flequillo. Todo sea por la justicia y por mis seguidores, aunque esté en modo incógnito”.

Mía entró en el edificio con una naturalidad asombrosa, fingiendo una entrega de comida tailandesa. Mientras tanto, Adrián y Valeria se dirigieron a la entrada de servicio. Al doblar la esquina, una figura los detuvo.

​Era Don Samuel. Pero no era el hombre arrogante de la gala. Se veía demacrado, con el traje arrugado y los ojos inyectados en sangre.

​—Adrián... —balbuceó su padre, levantando las manos—. No entres. Es una ratonera.

​—¿Qué haces aquí, papá? —preguntó Adrián, poniéndose delante de Valeria—. ¿Vienes a terminar lo que empezaste?

​—No... —Don Samuel temblaba—. El "Arquitecto Blanco"... él no es un socio. Él es el dueño de todo esto desde hace años. Yo solo era su cara pública. Cuando publicaste ese video, firmaste mi sentencia de muerte. Si no te entrego hoy, me matarán. Pero no puedo hacerlo... no después de ver cómo esa mujer te devolvió la vida.

Valeria miró a Don Samuel. Vio el terror genuino en un hombre que siempre se había creído invencible.

—Si quieres redimirte, Samuel, danos la clave del servidor central —dijo ella con firmeza—. Es la única forma de que todos salgamos vivos.

​—Él está en la sala de juntas, Adrián —susurró Samuel, entregándole una tarjeta magnética dorada—. No es una persona. Es un sistema. Pero hay una consola física.

​Dentro del edificio, Mía logró colocar el dispositivo de Mateo bajo la mesa de la sala de juntas justo antes de que los guardias la echaran.

​—¡Ya estoy dentro! —gritó Mateo por el comunicador—. ¡Estoy viendo los archivos! Pero hay un protocolo de autodestrucción activado. El edificio se va a cerrar herméticamente y borrará todo rastro de los servidores. ¡Tienen cinco minutos para salir!

Adrián y Valeria corrieron hacia la sala de juntas. Al entrar, no encontraron a un hombre, sino una habitación llena de pantallas que mostraban códigos en cascada. En la pantalla principal, una silueta blanca proyectada digitalmente hablaba con una voz distorsionada.

​—“Adrián De la Vega. Bienvenido a tu propio entierro digital. Tu padre fue un peón útil, pero tú... tú eres una anomalía que debe ser eliminada”.

​—¡No somos anomalías! —gritó Valeria, sacando un pequeño disco duro que Mateo le había dado—. ¡Somos el error que no pudiste prever en tu algoritmo!

Valeria conectó el disco mientras Adrián bloqueaba la puerta contra los guardias que intentaban entrar. La conexión se estableció. En la pantalla del taller, Mateo gritaba de alegría: "¡Te tengo, Arquitecto Blanco! ¡Tu ubicación no es Suiza, estás en un búnker bajo esta misma calle!".

​De repente, las luces empezaron a parpadear. El edificio comenzó a vibrar.

—¡Váyanse! —gritó Don Samuel, apareciendo en la puerta con un extintor en la mano para golpear a un guardia—. ¡Yo los entretendré! ¡Adrián, cuida a esa mujer! ¡Es lo único real que hemos tenido en esta familia!

​Fue la última vez que Adrián miró a su padre. Tomó a Valeria de la mano y corrieron por los pasillos mientras los cristales empezaban a estallar por la presión del sistema informático colapsando. Saltaron por la puerta de carga justo cuando el edificio se sumergía en la oscuridad total.

​Afuera, la lluvia caía con fuerza. Mía los esperaba en la furgoneta, llorando y riendo a la vez. Marcos salió cojeando poco después.

​—Lo logramos —dijo Mateo, cerrando su tablet—. El Arquitecto Blanco ya no tiene anonimato. He enviado su ubicación real a la Interpol.

Adrián abrazó a Valeria bajo la lluvia, ignorando las sirenas que se acercaban. El imperio De la Vega era cenizas, pero ellos estaban en pie.

​—Se acabó —susurró él, besándole la frente.

​—No —respondió ella, sonriendo con lágrimas en los ojos—. Ahora es cuando empieza nuestra historia. Sin secretos, sin oficinas de cristal... solo nosotros.

​—Y una hipoteca que pagar —recordó Mateo desde el coche, rompiendo el romanticismo.

​—Déjanos cinco minutos de paz, Mateo —rio Adrián, antes de besar a Valeria con toda la pasión de quien sabe que, por fin, es libre.




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