Caos y Segundas Oportunidades

Capítulo 22: El precio de la libertad y el regreso del fantasma

La furgoneta de reparaciones olía a humo y a sudor frío. Marcos estaba sentado en el suelo del vehículo, con una venda improvisada en la cabeza, pero con una sonrisa que no le cabía en el rostro. Había recuperado su libertad, pero sabía que su carrera como abogado corporativo estaba tan muerta como el edificio de los De la Vega.

​—¿Saben qué es lo mejor de no tener nada? —dijo Marcos, mirando a Adrián y a Valeria—. Que ya no tengo que fingir que me caen bien los millonarios. Adrián, amigo, somos oficialmente los hombres más buscados y, a la vez, los más irrelevantes de la ciudad.

Adrián le dio un apretón en el hombro.

—Gracias por aguantar ahí dentro, Marcos. Te debo una vida.

​—Me debes una oficina nueva y que no tenga cámaras de seguridad —rio Marcos, aunque luego su rostro se ensombreció—. Pero no canten victoria. La policía está deteniendo a la gente de tu padre, pero Ricardo... el ex de Valeria... ese cobarde ha vuelto a las andadas.

Valeria, que estaba limpiándole una herida a Adrián, se tensó.

—¿Qué hizo Ricardo ahora? Pensé que lo habíamos dejado sin zapatos en la montaña para que aprendiera la lección.

​—Parece que la Matriarca, Doña Leonor, lo encontró —explicó Marcos—. Como él es el padre biológico de los niños, ella le ha puesto un equipo de abogados de élite. Ricardo ha puesto una demanda de emergencia por custodia total. Alega que Valeria es una "fugitiva de la justicia" y que los niños están en peligro inminente con un "terrorista digital" como Adrián.

​—¡¿Qué?! —gritó Mía, soltando su teléfono—. ¡Yo no vuelvo con mi papá ni aunque me regale el nuevo iPhone! ¡Es un traidor y huele a desesperación!

​—Es una estrategia de distracción de Leonor —dijo Mateo, analizando unos documentos en su tablet—. Quiere que nos concentremos en la custodia para que dejemos de rastrear al "Arquitecto Blanco".

​De repente, el SUV fue interceptado por dos coches patrulla. Pero no eran los hombres de Samuel. Eran oficiales con una orden judicial. El coche se detuvo en seco. Un oficial se acercó a la ventanilla de Valeria.

​—Señora Valeria, tenemos una orden de protección temporal. Los menores deben ser entregados a su padre, el señor Ricardo, hasta que se aclare su situación legal.

Valeria sintió que el mundo se desmoronaba.

—¡No pueden hacer eso! ¡Ricardo nos vendió! —gritó, aferrándose a sus hijos.

Adrián bajó del coche, tratando de mantener la calma.

—Oficial, esto es una manipulación de la familia De la Vega. Tenemos pruebas.

​—No es mi jurisdicción, señor —dijo el oficial—. Cumplo una orden del juez de familia.

​Desde el segundo coche patrulla, Ricardo bajó con una sonrisa hipócrita y un traje nuevo, claramente comprado por Doña Leonor. Se veía impecable, actuando como el "padre preocupado" ante las cámaras de un par de periodistas que él mismo había convocado.

​—Vengan aquí, niños —dijo Ricardo con voz melosa—. Mamá está pasando por un momento difícil con este hombre peligroso. Yo los cuidaré.

Mía le lanzó una mirada que podría haber derretido el acero, pero los oficiales no cedieron. Valeria tuvo que ver, con el corazón roto, cómo subían a Mateo y a Mía al coche de su exmarido.

​—¡Valeria, lo arreglaremos! —gritó Adrián, sujetándola mientras ella intentaba correr tras el coche—. ¡Marcos y yo usaremos cada recurso que nos queda!

Marcos se puso de pie, olvidando su dolor de cabeza.

—Adrián tiene razón, Valeria. Ricardo cree que tiene el poder porque tiene el dinero de Leonor. Pero no sabe que yo guardé una grabación de sus deudas de juego y de cómo aceptó dinero para traicionarlos en la cabaña.

Valeria se secó las lágrimas, y su tristeza se transformó en una furia fría y calculadora. Miró a Adrián.

—No me importa el Arquitecto Blanco ahora, Adrián. Quiero a mis hijos de vuelta. Y quiero que Ricardo se arrepienta de haber nacido.

​—Entonces es hora de jugar sucio —dijo Adrián, abrazándola—. Marcos, llama a todos tus contactos "poco éticos". Valeria, vamos a recuperar a esos niños esta misma noche.




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