El aire en el comedor de la villa era sofocante. El olor del perfume caro de Ricardo y las velas aromáticas hacían que el estómago de Valeria diera vueltas. Se llevó la mano a la boca, tratando de disimular una náusea repentina.
—¿Te encuentras bien, Val? —preguntó Ricardo, inclinándose hacia ella con esa falsa preocupación que tanto la irritaba—. Apenas has probado el vino, y es tu favorito.
—Es el cansancio, Ricardo. Han sido días agotadores —respondió ella, sintiendo un sudor frío.
En su mente, las cuentas no cuadraban... o más bien, cuadraban demasiado bien. El mareo matutino, la sensibilidad a los olores, el retraso que había atribuido al estrés del acantilado y la huida. “No puede ser ahora”, pensó con pánico. Si Adrián lo sabía, se volvería loco de protección y arruinaría el plan. Si Ricardo lo sospechaba, lo usaría como un ancla para encadenarla a él para siempre.
Por el auricular, la voz de Adrián sonó tensa desde el jardín:
—“Valeria, tu pulso está acelerado. Te veo pálida por la cámara térmica. Si te sientes mal, entro ya mismo. Olvida los datos, te saco de ahí”.
Valeria respiró hondo y presionó ligeramente el botón de su anillo (la señal de "espera").
—Estoy bien, Adrián —susurró casi sin mover los labios, fingiendo que se ajustaba el cabello. Luego miró a Ricardo—. Solo... recordaba los viejos tiempos. Tal vez tengas razón. Tal vez necesito estabilidad.
Ricardo brilló. Era el momento que esperaba.
—Sabía que entrarías en razón. Leonor ya tiene los papeles preparados. Una vez que Adrián entregue la USB y tú firmes la reconciliación, los niños y nosotros nos iremos a una villa en Italia. Borrón y cuenta nueva.
—¿Y los niños? —preguntó ella, sintiendo otra punzada de malestar—. Quiero verlos. Ahora.
—Están en la habitación de seguridad, por su propio bien —dijo Ricardo, levantándose y acercándose a ella. Le puso una mano en el hombro y Valeria tuvo que luchar contra el impulso de vomitar—. Vamos, abre la puerta con el código y diles que mamá ha vuelto para quedarse.
Mientras tanto, Adrián y Marcos estaban en el panel de control externo, ocultos tras los setos.
—Está demasiado cerca de ella —gruñó Adrián, apretando el destornillador—. Marcos, si le pone una mano encima, no respondo.
—Concéntrate, Cuchurrumín —susurró Marcos, tecleando en su terminal—. Mateo acaba de enviarme un mensaje desde dentro. Ricardo cambió el código de la habitación de pánico hace diez minutos. Es biométrico. Necesitamos que Ricardo ponga su mano en el escáner del salón para que la puerta de los niños se abra.
Valeria escuchó esto por el pinganillo. Tenía que lograr que Ricardo activara el panel del salón, que estaba disfrazado detrás de un cuadro.
—Ricardo... —dijo Valeria, poniéndose de pie con esfuerzo. El mundo le dio una vuelta—. Si vamos a hacer esto, quiero que sea sin secretos. Muéstrame que confías en mí. Abre la habitación de los niños desde aquí, quiero que vean que estamos juntos en esto.
Ricardo dudó. Su instinto de narcisista luchaba contra su deseo de poseerla.
—Aún no, Val. Primero, llama a Adrián. Dile que venga aquí con la USB original. Cuando la tenga en mi mano, abriré la puerta.
Valeria sintió un desmayo inminente. Se apoyó en la mesa, rompiendo una copa de cristal por accidente.
—¡Valeria! —el grito de Adrián en el auricular fue casi un rugido.
—¡Me corté! —exclamó ella rápidamente para justificar su grito, aunque era mentira—. Ricardo, ayúdame... me siento mareada...
Se dejó caer hacia atrás. Ricardo, por puro reflejo, la atrapó. Al hacerlo, tuvo que apoyarse con la mano derecha en la pared para sostener el peso de ambos... justo sobre el cuadro que ocultaba el escáner biométrico.
"Acceso concedido. Habitación de seguridad abierta", anunció una voz electrónica suave.
—¡Es la nuestra! —gritó Marcos por el canal—. ¡Adrián, entra!
La puerta principal de la villa voló por los aires. No fue una entrada sutil. Adrián entró como un huracán negro, con los ojos inyectados en furia. Antes de que Ricardo pudiera reaccionar, Adrián ya lo tenía sujeto por la solapa, levantándolo casi del suelo.
—Vuelve a tocarla —siseó Adrián con una voz que no parecía humana— y te juro que ni el dinero de mi abuela podrá comprarte una cara nueva.
Valeria se desplomó en una silla, pálida como la cera.
—¡Los niños, Adrián! ¡Ve por ellos!
Mía y Mateo salieron corriendo de la habitación de seguridad. Mía traía su teléfono en alto, grabando la escena de Ricardo temblando ante Adrián.
—“¡O sea, el karma llegó en forma de arquitecto enojado! ¡Saluda a la justicia, papá!” —gritó la niña.
Adrián soltó a Ricardo con asco y corrió hacia Valeria. La tomó en sus brazos, ignorando al exmarido que lloriqueaba en el suelo.
—Estás helada, Val. Vámonos de aquí.
—Adrián... —susurró ella, aferrándose a su chaqueta mientras salían hacia el jardín, donde Marcos los esperaba con el motor en marcha—. Tenemos que hablar... pero no aquí.
—Lo sé —dijo él, besándole la sien—. Sé que hay algo más. Pero primero te voy a poner a salvo. A los tres.
Valeria lo miró fijamente. “¿A los tres?”, pensó. ¿Acaso él ya lo sabía? ¿O se refería a los niños como una unidad? El misterio del embarazo quedó suspendido en el aire de la noche mientras huían de la villa, dejando a un Ricardo humillado y a una Matriarca que, muy pronto, recibiría la noticia de que su peón había caído.