Caos y Segundas Oportunidades

Capítulo 25: El refugio en el faro

El faro de Punta Negra se alzaba como un gigante de piedra contra el cielo tormentoso. Era el único lugar que la Matriarca no había rastreado, un sitio olvidado por el tiempo donde el viento soplaba con tal fuerza que los secretos parecían quedar atrapados entre sus muros.

​En la planta baja, Marcos intentaba mantener el ánimo alto, repartiendo trozos de pizza fría sobre una caja de cartón.

—¡Oigan, esto es una aventura de cinco estrellas! —decía Marcos, tratando de distraer a los niños—. Mañana seremos leyendas.

Mía examinaba la señal en su teléfono.

—Si no fuera porque tengo que editar el video de la humillación de mi papá, diría que este lugar es muy vintage chic. Pero, ¿en serio? ¿Ni un enchufe?

Mateo no comía. Observaba a su madre, que estaba sentada en un rincón, demasiado callada, demasiado pálida. El niño miró a Adrián, que subía las escaleras de caracol con una manta y una taza de té caliente.

​—Cuídala —susurró Mateo cuando Adrián pasó por su lado. Adrián asintió con gravedad.

​En lo alto del faro: La verdad bajo las estrellas

Adrián encontró a Valeria en el balcón del faro, mirando el mar embravecido. El viento le agitaba el cabello y ella se abrazaba a sí misma como si intentara no romperse.

​—Toma esto, Val —dijo él, envolviéndola con la manta y entregándole el té—. Estás temblando.

​—No es el frío, Adrián —respondió ella con la voz quebrada—. Es que... siento que el suelo se mueve bajo mis pies. Ricardo no se va a detener. Doña Leonor no se va a detener. Y yo... yo no sé si soy lo suficientemente fuerte para lo que viene.

​Adrián la giró suavemente para que lo mirara. Sus manos, grandes y cálidas, enmarcaron el rostro de ella.

—Valeria, me ocultaste algo en la cena. Te desmayaste. Y no fue solo por el susto de Ricardo. Te conozco. He aprendido a leer cada uno de tus gestos.

​Valeria bajó la mirada, las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas.

—Adrián, en la cabaña... y después en el taller... —tomó aire, sintiendo que el corazón le iba a estallar—. No sé cómo decírtelo. No es el momento, el mundo se está cayendo a pedazos y yo...

​—¿Estás embarazada? —susurró Adrián. No fue una pregunta de miedo, sino de asombro puro.

​Valeria asintió, sollozando.

—Lo siento tanto. Sé que esto complica todo. Sé que ahora somos un blanco más fácil. Si Ricardo se entera, usará a este bebé para destruirnos...

​Adrián no la dejó terminar. La atrajo hacia sí en un abrazo tan fuerte y protector que Valeria sintió, por primera vez en horas, que podía respirar. Él hundió el rostro en su cuello, y ella pudo sentir que él también estaba temblando, pero de emoción.

​—¿Lo sientes? —preguntó Adrián, separándose un poco para mirarla a los ojos—. No es una complicación, Valeria. Es la razón por la que no vamos a perder. He pasado mi vida construyendo edificios vacíos, pero tú... tú estás construyendo vida.

​Se besaron allí, bajo la luz intermitente del faro, un beso que sabía a sal, a miedo y a una esperanza salvaje. Fue un momento de romanticismo puro, una burbuja de paz en medio de la guerra. Adrián puso su mano sobre el vientre de Valeria, todavía plano, con una reverencia que la hizo llorar de nuevo.

​—Te juro, Valeria —dijo él con una intensidad que daba miedo—, que ningún De la Vega, ni ningún "Arquitecto Blanco", tocará a este niño. Ni a Mateo, ni a Mía. Soy un hombre nuevo por ustedes.

​La tormenta regresa

​La paz se rompió cuando el teléfono de Marcos empezó a sonar abajo como una alarma de guerra. Adrián y Valeria bajaron rápidamente.

​—¡Tienen que ver esto! —gritó Marcos, mostrando una pantalla—. Ricardo acaba de dar una entrevista en vivo desde un hospital, fingiendo que Adrián lo atacó. Pero eso no es lo peor.

​En la pantalla, un titular de "Último Minuto" brillaba en rojo: "EL OSCURO PASADO DEL ARQUITECTO: ADRIÁN DE LA VEGA VINCULADO A UN HOMICIDIO CULPOSO HACE DIEZ AÑOS".

​Ricardo estaba mostrando documentos filtrados por la Matriarca.

“Mi exesposa está con un hombre que huyó de la justicia en Europa” —decía Ricardo con lágrimas de cocodrilo—. “Él causó el colapso de un puente en los Alpes y dejó que otros pagaran por él. Temo por la vida de mis hijos”.

​Adrián se puso blanco como el papel. Se apoyó en la pared, sintiendo que el pasado, el único secreto que no le había contado a Valeria, acababa de encontrarlo.

​—Adrián... ¿qué es eso? —preguntó Valeria, sintiendo un frío nuevo en el pecho.

​—Fue un error de cálculo... yo era un pasante... —susurró Adrián—. Mi padre lo encubrió para salvar la empresa, pero el expediente nunca desapareció. Si esto llega a la fiscalía ahora, me extraditarán.

​—No si yo lo impido —dijo Valeria, secándose las lágrimas y recuperando su mirada de guerrera—. Ricardo cree que nos ha acorralado, pero no sabe que una madre que espera un hijo no tiene límites. Marcos, prepara el coche. Mateo, necesito que entres en los archivos del Ministerio de Justicia. Vamos a jugar nuestra última carta.




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