Caos y Segundas Oportunidades

Capítulo 26: El pacto de las Matriarcas y el asedio al faro

Valeria se miró en el espejo retrovisor del viejo coche de Marcos. Estaba pálida, y las náuseas seguían ahí, recordándole que no solo luchaba por su libertad, sino por la vida que crecía en su interior. Adrián no quería dejarla ir, pero ella lo había convencido: si él se acercaba a la mansión de Doña Leonor, lo arrestarían de inmediato.

​—Cuídate, por favor —le había dicho Adrián antes de que ella partiera, dándole un beso que sabía a despedida—. Si en una hora no tengo noticias tuyas, quemaré este mundo hasta encontrarte.

​En la Mansión de Doña Leonor: Duelo de Reinas

​Valeria entró en el salón de la Matriarca con la frente en alto. Doña Leonor la esperaba sentada en su trono de terciopelo, con Ricardo a su lado, luciendo una sonrisa de triunfo.

​—Vienes a suplicar, supongo —dijo Leonor con desprecio—. Tu arquitecto está acabado. Los documentos del puente en los Alpes son auténticos. Mañana será extraditado y tú perderás a tus hijos por complicidad.

​Valeria no se inmutó. Caminó hasta quedar a pocos centímetros de Leonor y puso un sobre sobre la mesa.

​—No vengo a suplicar, Leonor. Vengo a ofrecerle un trato que salvará lo único que le queda: su nombre —dijo Valeria, mirando de reojo a un Ricardo que empezaba a ponerse nervioso—. En ese sobre hay pruebas de que Ricardo no solo aceptó dinero de usted, sino que también estaba robando fondos de su cuenta privada para pagar a sus acreedores de juego. Ricardo es un parásito que la está desangrando mientras usted cree que él es su peón.

​—¡Es mentira! —gritó Ricardo, pero su voz tembló—. ¡No la escuche, abuela!

​—Y hay algo más —continuó Valeria, bajando la voz y clavando sus ojos en los de la anciana—. Adrián no causó ese accidente. Fue su hijo, Samuel, quien alteró los planos de Adrián para ahorrar costos. Adrián se culpó para proteger a su padre, pero yo tengo los planos originales firmados por Samuel. Si usted hunde a Adrián, yo publicaré que el gran Samuel De la Vega es un asesino técnico. El imperio se hundirá con él.

​Leonor guardó silencio, observando a Valeria con una nueva e inquietante pizca de respeto.

​—Eres valiente, niña. Pero, ¿por qué debería creerte?

​Valeria respiró hondo y puso su mano sobre su vientre.

—Porque estoy esperando un hijo de Adrián. Y no voy a permitir que este niño nazca con un padre en prisión por crímenes que no cometió. Si usted nos deja en paz, el secreto de Samuel muere conmigo. Si no... destruiré este linaje piedra por piedra.

​En el Faro: El asedio

​Mientras tanto, en el faro, la paz se rompió. Mateo detectó movimiento en sus sensores térmicos.

—¡Vienen por el acantilado! —gritó el niño—. ¡Son cuatro hombres!

Adrián tomó una barra de hierro y miró a Marcos.

—Lleva a los niños a la linterna del faro. ¡Ahora!

​—¡Ni hablar! —gritó Mía, sacando un spray de pimienta y un trípode pesado—. “¡Si voy a ser atacada por mercenarios, será la escena de acción más vista de la década!”.

​El primer atacante rompió la puerta, pero Adrián, movido por una fuerza que solo el amor y la protección de su nueva familia podían darle, lo embistió con la fuerza de un toro. El taller de su abuelo le había enseñado a manejar herramientas, y ahora usaba ese conocimiento para defender su hogar.

Mateo, desde el panel eléctrico, empezó a jugar con las luces del faro.

—¡Luces fuera! —gritó Mateo.

​El faro quedó en oscuridad total, excepto por los destellos intermitentes de la linterna gigante. En medio de las sombras, Adrián se movía como un fantasma, derribando a los intrusos uno a uno en una danza violenta y desesperada.

​—¡No tocarán a mis hijos! —rugió Adrián, lanzando a un hombre contra las paredes de piedra.

​El desenlace de la noche

​En la mansión, Leonor miró a Ricardo con asco.

—Lárgate de mi vista, Ricardo. Has fallado y me has robado. Ya no eres útil.

​Ricardo intentó protestar, pero los guardias de la Matriarca lo sacaron a rastras. Leonor se volvió hacia Valeria.

—Tienes una hora para sacar a Adrián del país antes de que la policía llegue al faro. No por él, sino por ese niño que llevas. Los De la Vega no dejamos a nuestra sangre en la calle. Pero escucha bien: si vuelvo a oír vuestros nombres, no habrá piedad.

​Valeria salió corriendo de la mansión, subiéndose al coche y volando hacia el faro. Cuando llegó, encontró a Adrián herido pero de pie, rodeado de mercenarios inconscientes. Marcos, Mía y Mateo bajaron corriendo las escaleras.

​—¡Tenemos que irnos! —gritó Valeria, abrazando a Adrián con fuerza—. Leonor aceptó, pero la policía viene en camino. Tenemos un pasaje seguro al puerto.

​Adrián la miró, exhausto pero feliz al verla a salvo.

—¿Lo lograste?

​—Lo logramos —susurró ella, besándolo mientras las sirenas empezaban a escucharse a lo lejos—. Los tres.




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