Caos y Segundas Oportunidades

Capítulo 27: El velero de los suspiros y la tormenta de sangre

El puerto estaba envuelto en una niebla espesa que ocultaba las siluetas de las patrullas. Adrián cargó a Valeria en brazos hasta la cubierta de La Promesa, un viejo velero de madera reforzada que su abuelo le había dejado. Era una reliquia, pero era rápida y, lo más importante, no dejaba rastro en los radares térmicos modernos.

​—Marcos, ¡suelta las amarras! —gritó Adrián, depositando a Valeria con delicadeza en el sofá de la cabina principal.

Valeria estaba pálida, con una mano apretada contra su vientre y la otra aferrada a la chaqueta de Adrián. El dolor era agudo, una punzada que la hacía sudar frío a pesar de la brisa marina.

​—Adrián... algo no está bien —susurró ella, apretando los dientes—. El estrés... es demasiado.

Adrián sintió que el pánico lo invadía, pero la mirada de Mateo, que lo observaba desde la puerta con los ojos llenos de miedo, lo obligó a recuperar la compostura.

Mateo, trae el botiquín y agua limpia. Mía, quédate con tu madre, mantén su temperatura alta. No dejes que se mueva.

​El drama en alta mar

​Mientras el velero se adentraba en aguas internacionales, la salud de Valeria empeoraba. No era solo un malestar; el esfuerzo físico en la mansión de la Matriarca le estaba pasando factura.

​—¡No voy a perderlo! —sollozaba Valeria—. ¡Adrián, no dejes que pase!

​Adrián se arrodilló frente a ella, tomándole las manos. Su voz, antes firme para el combate, ahora era un susurro roto pero lleno de amor.

—Escúchame, guerrera. Has sobrevivido a un acantilado, a un imperio y a una abuela psicópata. Este bebé es un De la Vega y un sobreviviente, como tú. Respira conmigo. Solo respira.

​Él le acariciaba el rostro con una ternura infinita, tratando de transmitirle toda su fuerza. Durante una hora eterna, el tiempo se detuvo.

Adrián usó los conocimientos básicos de primeros auxilios que aprendió en las obras de construcción, aplicando compresas frías y manteniendo a Valeria en una posición estable. Poco a poco, el dolor empezó a ceder y el pulso de Valeria se normalizó.

​—Está bien... —susurró ella, agotada, cerrando los ojos—. El dolor se está yendo.

​Adrián la besó en la frente, con lágrimas de alivio rodando por sus mejillas.

—Te tengo, mi vida. Te tengo.

​El regalo del Arquitecto Blanco

​Pero la calma duró poco. En la cubierta, Mateo gritó.

—¡Papá! ¡Adrián! ¡Tienen que ver esto!

​Adrián salió de la cabina y encontró a Mateo frente a su tablet. Un mensaje parpadeaba en la pantalla, enviado desde una IP imposible de rastrear:

"La libertad es una construcción frágil, Adrián. Les dejé un recuerdo en la bodega. Algo para iluminar su viaje al exilio. Con amor, El Arquitecto Blanco."

​Adrián y Marcos intercambiaron una mirada de puro terror. Corrieron a la bodega de carga, moviendo cajas de suministros hasta que lo vieron: un dispositivo electrónico con un contador digital de luz roja pegado a la estructura del casco.

03:00... 02:59... 02:58...

​—¡Es una carga de demolición subacuática! —exclamó Adrián—. Si explota, el barco se partirá en dos en cuestión de segundos.

​—¡No puedo hackearlo físicamente! —gritó Mateo desde arriba—. ¡Es un detonador de presión! Si intentan despegarlo, explotará.

Marcos se llevó las manos a la cabeza.

—Estamos en mitad del océano, con una mujer embarazada y dos niños. Si saltamos ahora, la hipotermia nos matará antes de que alguien nos encuentre.

​Adrián miró el contador: 02:15. Miró hacia la cabina donde Valeria descansaba. Un fuego nuevo se encendió en sus ojos. No iba a dejar que su pasado destruyera su futuro.

​—Marcos, toma el timón y gira el barco 180 grados. Mateo, necesito que uses la antena de satélite para crear un pulso electromagnético invertido. ¡Mía, ayuda a tu madre a subir al bote salvavidas, por si acaso!

​—¿Qué vas a hacer tú? —preguntó Marcos.

​—Voy a hacer lo que mejor sé hacer: modificar el diseño —dijo Adrián, tomando un juego de herramientas—. Si no puedo quitar la bomba, voy a redirigir la fuerza de la explosión.

​El sacrificio de Adrián

​Adrián se encerró en la bodega. El segundero marcaba 01:00. Con una precisión quirúrgica, empezó a soltar las planchas de acero del lastre, creando un "canal de escape" para que la onda expansiva saliera hacia el exterior y no hacia el interior del casco. Era una maniobra suicida; si fallaba por un milímetro, él sería el primero en morir.

00:10... 00:09...

​Valeria, que se había despertado por el ruido, llegó a la escotilla de la bodega, sostenida por Mía.

—¡ADRIÁN! ¡SAL DE AHÍ! —gritó con todas sus fuerzas.

​Adrián la miró por última vez, le lanzó un beso y cerró la puerta de seguridad justo cuando el contador llegó a cero.

¡BOOM!




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