El estallido sacudió el velero con una violencia brutal. Una columna de agua y fuego se elevó por el costado de estribor, y por un momento, el tiempo se congeló.
El olor a ozono y metal quemado inundó el aire mientras el barco se inclinaba peligrosamente hacia un lado.
—¡ADRIÁN! —el grito de Valeria desgarró la noche. Ignorando su propio dolor y el mareo, se soltó de los brazos de Mía y se lanzó hacia la escotilla de la bodega, que ahora estaba deformada y echando humo negro.
—¡Mamá, espera! —gritó Mateo, pero Valeria ya estaba golpeando el metal caliente con sus manos desnudas.
Marcos corrió hacia ellas, usando una palanca para forzar la puerta de seguridad que Adrián había cerrado. Tras un esfuerzo agónico, la puerta cedió.
El interior de la bodega era un infierno de cables sueltos y agua que entraba a borbotones.
Allí, tirado entre los restos de las planchas de acero, estaba Adrián. Estaba cubierto de hollín, con la camisa destrozada y una herida sangrante en la sien, pero estaba vivo.
Su plan de redirección de energía había funcionado: el casco estaba roto, pero la estructura principal seguía a flote.
—¡Adrián! ¡Mírame, por favor! —Valeria se arrodilló a su lado, acunando su cabeza.
Adrián abrió los ojos lentamente, tosiendo por el humo. Al ver a Valeria, una sonrisa débil apareció en su rostro ensangrentado.
—Te... te dije que el diseño era sólido... —susurró con voz ronca.
—¡Estás loco, arquitecto! ¡Casi nos matas del susto! —exclamó Valeria, besándolo desesperadamente mientras las lágrimas se mezclaban con el hollín en su rostro.
El invitado de piedra
La alegría del reencuentro duró segundos. Un potente foco de luz blanca barrió la cubierta de La Promesa, cegándolos por completo.
Un yate de diseño futurista, silencioso como un tiburón de acero, se había posicionado a pocos metros de ellos.
—¡Atención, velero! —una voz gélida y perfecta resonó por los altavoces—. La fiesta ha terminado.
En la proa del yate apareció un hombre de unos cincuenta años, vestido con un traje blanco impecable que contrastaba con la oscuridad del mar.
Era Julien Vasseur, conocido mundialmente como el "Arquitecto Blanco". A su lado, custodiada por hombres armados, estaba Elena, con una mirada llena de odio y resentimiento.
—Adrián, siempre admiré tu talento para las estructuras —dijo Julien, con una elegancia aterradora
—. Pero has construido algo que no puedo permitir: un legado fuera de mi control.
Mateo se acercó al oído de Adrián, que intentaba ponerse en pie apoyado en Valeria.
—Adrián, mi tablet... tiene conexión con el yate. Él no lo sabe, pero cuando lanzó la bomba, dejó una "puerta abierta" en su propio sistema de seguridad para monitorear la explosión.
—¿Puedes hundirlo, Mateo? —susurró Adrián.
—Puedo hacer algo mejor —respondió el niño con una mirada de hielo—. Puedo revelar quién es ante el mundo en tiempo real. Pero necesito que lo distraigas tres minutos más.
El duelo final de voluntades
Adrián, sostenido por Valeria, caminó hacia la borda del velero, enfrentando a Julien.
—¿Tanto miedo me tienes, Julien? ¿Un hombre solo con su familia es una amenaza para tu red de lavado de dinero?
—No eres una amenaza, Adrián. Eres un error de cálculo —respondió el Arquitecto Blanco—. Y los errores se borran. Entrégame la USB original y tal vez deje que tu mujer y los niños lleguen a la costa en un bote inflable.
Valeria dio un paso al frente, apretando la mano de Adrián. Sintió una patada suave en su vientre, casi imperceptible, pero suficiente para darle una fuerza volcánica.
—Usted no entiende nada de estructuras, señor Vasseur. Un edificio cae si tiene cimientos débiles. Pero nosotros no somos un edificio.
Somos una familia. Y nuestros cimientos están hechos de cosas que usted no puede comprar.
—Qué conmovedor —se burló Elena desde el yate—. Julien, acaba con esto ya.
Julien levantó la mano para dar la orden de disparar, pero en ese instante, todas las pantallas de su yate —y curiosamente, las pantallas publicitarias de la ciudad costera que se veía a lo lejos— se encendieron con el rostro de Julien Vasseur.
—“Hola, mundo” —se escuchó la voz de Mía a través del sistema de altavoces del yate—. “Estamos en vivo con el hombre más buscado de la Interpol. Saluda a la cámara, Julien. Tus cuentas secretas, tus socios y tu ubicación GPS acaban de ser enviados a todas las agencias de noticias del planeta”.
Julien palideció. Su rostro, proyectado en dimensiones gigantescas sobre su propio barco, mostraba su miedo.
—¿Qué has hecho, mocoso? —rugió hacia Mateo.
—Diseñé un puente —respondió Mateo con calma—. Un puente entre tu anonimato y la cárcel.
Sirenas de guardacostas empezaron a escucharse en el horizonte. El "Arquitecto Blanco" se dio la vuelta para huir, pero su propio sistema de navegación estaba bloqueado. El yate empezó a girar en círculos, atrapado en el bucle informático de un niño de doce años.
Adrián abrazó a Valeria mientras el sol empezaba a asomar por el horizonte, tiñendo el mar de oro.
—Se acabó, Val. De verdad se acabó.
—Lo logramos, Cuchurrumín —susurró ella, apoyando la cabeza en su hombro—. Ahora... ¿podemos ir a algún lugar donde no haya explosiones por al menos nueve meses?