Un mes después, el aire ya no olía a pólvora ni a salitre desesperado. Ahora, el ambiente estaba impregnado del aroma de los limoneros de la costa de Amalfi. Bajo el nombre de la familia Martini, Adrián y Valeria habían alquilado una pequeña villa de piedra con una terraza que colgaba sobre el Mediterráneo.
Adrián estaba en el jardín, con la piel bronceada y las manos manchadas de tierra. Ya no diseñaba rascacielos de cristal; estaba construyendo un invernadero para Valeria. Se le veía en paz, aunque sus ojos siempre escaneaban el horizonte antes de entrar en la casa.
Valeria salió a la terraza con un vestido ligero que ya no podía ocultar la curva incipiente de su vientre. Se veía radiante. Se detuvo a observar a sus hijos: Mateo estaba sentado bajo un olivo, pero en lugar de hackear gobiernos, estaba enseñándole a Marcos (quien se había quedado con ellos como "tío" y asesor legal) a jugar al ajedrez digital. Mía, por su parte, grababa un video sobre "Cómo ser una adolescente misteriosa en Italia", pero esta vez sin revelar su ubicación.
—Estás muy pensativo, arquitecto —dijo Valeria, acercándose a Adrián y rodeando su cuello con los brazos.
—Estaba pensando que este es el mejor plano que he diseñado nunca —respondió él, besándola con una ternura que todavía le erizaba la piel—. Sin lujos, sin traiciones. Solo nosotros.
Sin embargo, la burbuja de paz se agitó esa tarde. Un cartero local, que apenas hablaba unas palabras de inglés, dejó una caja de madera tallada en la entrada de la villa. No tenía remitente ni sellos postales.
Adrián se puso en guardia inmediatamente. Mateo se acercó con un escáner casero que había construido con partes de una radio vieja.
—No hay electrónica, no hay químicos —dictaminó el niño—. Es solo... madera.
Adrián abrió la caja con cuidado. Dentro, envueltos en papel de seda carísimo, había un par de patucos diminutos, tejidos a mano con una lana blanca tan fina que parecía seda. En el centro de cada patuco, bordado con un hilo de plata casi imperceptible, estaba el escudo de la familia De la Vega.
Valeria sintió que se le helaba la sangre.
—La Matriarca... —susurró—. Ella sabe dónde estamos.
Debajo de los patucos, había una nota breve escrita con una caligrafía impecable:
"La sangre no se borra con el mar. Un regalo para el nuevo heredero. Disfruten del silencio mientras dure. Leonor."
—Es una amenaza —dijo Marcos, ajustándose las gafas—. O un recordatorio de que somos su propiedad.
—No —dijo Adrián, mirando los patucos con una mezcla de rabia y nostalgia—. Es una tregua. Leonor sabe que si nos toca, Mateo libera la segunda parte de los archivos que hundirían el resto de su fortuna. Esto es su forma de decir que acepta la derrota... por ahora.
Valeria tomó los patucos y, contra todo pronóstico, sonrió.
—Déjala que mire desde su torre de marfil. Ella tiene el oro, pero nosotros tenemos la vida. Estos patucos no son una cadena, Adrián. Son el recordatorio de que ganamos.
Esa noche, mientras los niños dormían, Adrián y Valeria se quedaron en la terraza bajo un cielo cuajado de estrellas. Él puso su mano sobre el vientre de ella y sintió, por primera vez de forma clara, un movimiento fuerte.
—Es un luchador —rio Adrián con los ojos empañados.
—O una luchadora —corrigió Valeria con un guiño—. Y con un padre que sobrevive a explosiones y una madre que engaña a matriarcas, no espero menos de este bebé.
Adrián la atrajo hacia sí, besándola con la promesa de que, sin importar cuántas cajas de madera llegaran o cuántos "Arquitectos Blancos" surgieran, él nunca volvería a dejarla sola en el borde del abismo.
—Te amo, Valeria —dijo él—. En esta vida y en la que estamos construyendo.
—Y yo a ti, Cuchurrumín —respondió ella—. Pero mañana te toca a ti cocinar la pasta.