El sol de la Toscana comenzaba a ocultarse tras las colinas, tiñendo el cielo de un color púrpura y naranja que parecía sacado de una pintura renacentista.
En la terraza de la villa, el aroma del romero fresco y la tierra mojada por el riego de la tarde flotaba en el aire. Para cualquier observador externo, aquella era la viva imagen de la paz.
Pero para Adrián De la Vega, la paz nunca era absoluta; era simplemente un silencio que esperaba ser roto.
La calma antes del ruidoAdrián observaba a Valeria desde el umbral de la puerta. Ella estaba sentada en un banco de piedra, con un libro en el regazo, pero sus ojos estaban perdidos en el horizonte.
Su embarazo ya era evidente; la curva de su vientre bajo el vestido de lino blanco era un recordatorio constante de que la vida, a pesar de todo el caos pasado, se abría paso.
Él se acercó en silencio, rodeando sus hombros con los brazos. Sintió el calor de su piel y el latido tranquilo de su corazón.
—Estás muy callada, Val —susurró Adrián, besando su sien—. ¿En qué piensas?
—En que este silencio me asusta un poco —respondió ella, cubriendo las manos de Adrián con las suyas—. Siento que estamos en el ojo de un huracán, y me pregunto cuándo volverá el viento a soplar.
La llegada de Don SamuelNo tuvo que esperar mucho por la respuesta.
Desde el camino de cipreses que subía hacia la villa, el sonido de un motor viejo y asmático rompió la armonía. Un coche pequeño, abollado y cubierto de polvo, se detuvo frente a las rejas.
De él bajó una figura que parecía un fantasma de otra época. Un hombre que alguna vez caminó con la arrogancia de un emperador ahora se arrastraba con el peso de mil derrotas.
Era Don Samuel.
Su traje de sastre, que antes costaba miles de dólares, estaba desgarrado y sucio. Su rostro, marcado por la angustia y el agotamiento, no reflejaba más que una profunda desesperación.
Adrián se tensó, sus músculos se convirtieron en cuerdas de acero y sus instintos de protección se dispararon.
—¡Mateo, Mía! ¡Adentro, ahora mismo! —gritó Adrián sin apartar la vista de la entrada.
El mensaje del traidorLos niños, detectando el tono de alerta máxima de Adrian, obedecieron sin protestar. Marcos salió de la cocina, con un cuchillo de trinchar todavía en la mano.
Samuel llegó al centro del patio y se desplomó de rodillas sobre la grava.
—Adrián... hijo... —su voz era un graznido seco—. No he venido a luchar. He venido porque no tengo a nadie más. Bruno... tu hermano... se ha vuelto loco.
El nombre de su hermano menor golpeó a Adrián como un mazo. Bruno, el pequeño que siempre había crecido a su sombra, el que él mismo había intentado proteger.
—Bruno ha tomado todo —continuó Samuel, temblando—. Se alió con los restos de la red del Arquitecto Blanco. Dice que tú eres el heredero débil y que él es el verdadero arquitecto de la destrucción.
Samuel sacó un pequeño dispositivo de su bolsillo destrozado y lo lanzó a los pies de Adrián.
—Es la "Lista de Erradicación" de tu hermano. El primer nombre es el mío. El segundo es el tuyo. Y el tercero... el tercero es el del bebé que Valeria lleva dentro.
"Bruno dice que el linaje de los 'débiles' termina con esta generación".
La decisiónAdrián sintió una náusea profunda. La traición de un padre era dolorosa, pero la de un hermano al que habías amado era un veneno que quemaba el alma.
Miró a Valeria, quien se mantuvo firme.
—Marcos —dijo Adrián—, llévalo al sótano. Cúrale las heridas. Mateo, quiero un rastreo satelital.
—Si mi hermano viene hacia aquí, quiero verlo antes de que cruce la frontera.