Caos y Segundas Oportunidades

Capítulo 31: El Colapso del Imperio y el Sacrificio de Samuel

​La noche en el puerto de Nápoles no era simplemente oscura; era una boca de lobo que exhalaba un aliento fétido a salitre, gasóleo y hierro oxidado.

​Las grúas gigantescas se alzaban como esqueletos de titanes olvidados. En el centro de este laberinto de acero se alzaba el almacén 47, el último búnker del imperio más poderoso de Europa.

​Adrián De la Vega caminaba por la pasarela metálica. A su lado, Valeria no se separaba ni un centímetro. A pesar de su embarazo, caminaba con una determinación absoluta.

​—Está ahí abajo —susurró Valeria—. Puedo sentir su odio desde aquí, Adrián. Ten cuidado.

​En el centro del hangar esperaba Bruno De la Vega. Vestía un abrigo negro impecable, con un rostro que era una versión distorsionada y vacía del de Adrián.

​—¡Hermano! —gritó Bruno con cinismo—. Lástima que este plano sea el de tu propia tumba.

​Adrián bajó las escaleras con calma, su voz resonando con autoridad:

​—Se acabó, Bruno. La Interpol ha cruzado la frontera. Tus cuentas están siendo vaciadas en este segundo. No tienes nada.

​Bruno soltó una carcajada psicótica. No se trataba de dinero, sino de poder y miedo.

​—¿Crees que esto es por dinero? Quiero que cuando la gente escuche "De la Vega", sientan miedo.

​—¡Eres un parásito! —rugió Adrián—. Te aliaste con los hombres que intentaron matarme.

​Bruno sacó una Beretta plateada y confesó el pecado original:

​—Fui yo quien manipuló los planos del puente, Adrián. Tenía quince años. Sabía que no revisarías los cambios de tu "hermanito". Quería que el hijo de oro de papá fuera de barro.

​El mundo se detuvo para Adrián. Una década de culpa y remordimiento era, en realidad, una mentira tejida por su propio hermano.

​De las sombras emergió una figura inesperada: Don Samuel. Caminaba con dificultad, pero sus ojos estaban fijos en sus hijos.

​—Basta, Bruno —dijo Samuel—. Fui yo quien sembró este veneno. Los crié como competidores, no como hermanos.

​—¡Vete de aquí! —gritó Bruno, apuntando a su padre.

​—Te di las llaves porque tenía miedo de ti —confesó Samuel—. Adrián es el arquitecto del futuro. Tú y yo somos solo los escombros de un pasado que debe ser demolido.

​Fuera de sí, Bruno apretó el gatillo. El fogonazo iluminó el almacén.

​En un último acto de redención, Samuel se lanzó hacia adelante, usando su cuerpo como escudo humano para salvar a Adrián.

​Samuel cayó en brazos de Adrián mientras la Interpol derribaba las puertas.

​—Está bien así, hijo —susurró Samuel con sangre en los labios—. He pasado toda mi vida construyendo muros entre nosotros. Al menos... este último muro sirvió para salvarte.

​Con un último suspiro, el patriarca de los De la Vega cerró los ojos para siempre.

​Bruno, en su demencia, intentó activar cargas de demolición para destruirlo todo. Pero Mateo, el hijo de Adrián, operaba desde las sombras digitales.

​—"No en mi guardia, tío" —susurró el niño.

​Mateo saboteó el sistema. Una enorme viga de acero estructural se soltó de sus anclajes. Bruno miró hacia arriba y el acero descendió sobre él.

​Murió aplastado por el peso de la misma industria que había corrompido.

​El silencio fue sepulcral. Adrián ayudó a Valeria a levantarse. El imperio De la Vega estaba siendo desmantelado en tres continentes; Elena había sido capturada y los activos congelados.

​Adrián abrazó a Valeria con fuerza:

​—Se acabó, Val. De verdad se acabó.

​—Ahora podemos empezar —respondió ella—. Sobre nosotros.

​Salieron del almacén mientras las primeras luces del alba teñían el puerto. Adrián no miró atrás. Ya no huía de su sombra; finalmente, era el arquitecto de su propia felicidad.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.