El invierno italiano empezaba a ceder ante los primeros brotes de la primavera, pero dentro de la villa, el clima era permanentemente tropical.
Seis meses habían pasado desde la noche sangrienta en Nápoles. Seis meses desde que Adrián De la Vega dejó de ser un heredero en fuga para convertirse en un hombre que, por fin, podía mirarse al espejo.
Adrián estaba en el suelo de la nueva habitación de los bebés, rodeado de listones de madera y un manual de instrucciones incomprensible. A su lado, Marcos sostenía un destornillador con aire de derrota.
—Te lo dije, Adrián. Como arquitectos podemos diseñar rascacielos, pero estas cunas suecas son nuestra verdadera prueba de fuego.
Adrián soltó una carcajada libre de amargura:
—Quiero construir esto con mis propias manos. Después de ver cómo todo se derrumbaba, necesito saber que puedo armar algo que sostenga lo más preciado que voy a tener.
La guerra y sus antojos
De pronto, un grito rompió la concentración
—¡ADRIÁÁÁÁÁÁAN! ¡EL PEPINO!
—Es la señal —dijo Adrián con pánico y adoración—. Si no vuelvo en diez minutos, envía una unidad de rescate con chocolate amargo.
En la cocina, Valeria presidía la mesa con la majestuosidad de una reina antigua. Su vientre era ahora una esfera perfecta.
—No quiero las anchoas, Cuchurrumín. Ahora quiero... polenta con fresas. Y que huela a pino.
Mateo, el niño genio, intervino sin levantar la vista de su portátil:
—Mamá, deja de molestar a Adrián. Según mis cálculos, ese combo va a causar una pequeña explosión química en tu estómago antes de la cena.
Esa tarde, en la terraza, Adrián y Valeria compartieron un momento de paz bajo el sol dorado de la Toscana.
—Val... entiendo que el edificio más importante que he diseñado en mi vida no tiene planos de papel. Es este. Somos nosotros.
Valeria se reclinó en su hombro, suspirando:
—Tuvimos que pasar por el infierno para llegar a este jardín. A veces tengo miedo de que sea un sueño... de que tu abuela aparezca o el Arquitecto Blanco tenga un as bajo la manga.
—Si aparecen, los enfrentaremos —aseguró Adrián—. Ya no estoy solo.
El caos familiar los devolvió a la realidad con el sonido de cristales rotos y las risas de los niños. El mundo parecía perfecto.
Sin embargo, entrada la noche, Adrián recibió un correo electrónico sin remitente. Al abrirlo, su sangre se heló.
Era la foto de un ultrasonido de gemelos, idéntica a la de ellos, con un mensaje en rojo:
"El legado nunca muere. Se transforma".
Adrián cerró la pantalla rápidamente. Sabía que la red del Arquitecto Blanco aún tenía células dormidas y hombres leales a la oscuridad de su padre.
Se levantó en silencio, comprobó que Mateo estuviera a salvo y fue a su taller. Tomó su cuaderno y, en lugar de una casa, empezó a trazar un sistema de seguridad impenetrable.
—No en mi guardia —susurró—. No mientras yo respire.