La naturaleza parecía haberse puesto de acuerdo con el destino. Una tormenta eléctrica de proporciones bíblicas se desató sobre la Toscana.
En la sala de seguridad, Mateo tecleaba con velocidad frenética. Sus ojos reflejaban el brillo de los códigos.
—Lo tengo, Adrián —dijo el niño—. El mensaje del ultrasonido no vino de fuera. Usaron un repetidor dentro de la propiedad. Estamos bajo vigilancia.
Antes de responder, un grito desgarrador atravesó el estruendo de los truenos desde la planta alta.
—¡ADRIÁN! ¡ES AHORA!
Adrián subió las escaleras de tres en tres. Valeria estaba aferrada a la cama, empapada en sudor y con una determinación feroz.
—Las contracciones están a tres minutos —anunció Mía—. La ambulancia tardará al menos una hora por los caminos inundados.
—No tenemos una hora —sentenció Valeria—. Estos niños decidieron que hoy es su estreno.
Mientras Adrián preparaba a Valeria, la voz de Mateo llegó por su auricular:
—Adrián, tenemos compañía. Cuatro sujetos armados en el viñedo norte. Voy a bloquear los accesos, pero necesito que te concentres allá arriba. Yo me encargo de la casa.
Adrián tuvo que dividir su alma en dos: el padre y el guerrero.
—Marcos, quédate con ella. Mía, ayúdala a respirar. Volveré antes de que el primer bebé llore, lo prometo.
En la oscuridad de la villa, Adrián se movió como una sombra. No quería que el sonido del plomo fuera lo primero que escucharan sus hijos.
Tomó un arco de caza y granadas cegadoras.
Uno a uno, los mercenarios cayeron. Eran los restos de la guardia de Bruno buscando venganza.
—Limpio, Adrián —informó Mateo—. Eran los últimos hombres de bruno.
Adrián corrió a la habitación justo cuando un rayo iluminaba la estancia. El silencio fue roto por un sonido potente: un llanto agudo y vital.
Marcos sostenía al primer pequeño. Pero Valeria no había terminado. Con un esfuerzo sobrehumano, dio un último empujón mientras Adrián recibía al segundo bebé.
A las 3:14 de la mañana, en medio de una villa asediada pero invicta, nacieron Leo y Dante De la Vega.
Valeria, exhausta, sonrió al ver a Adrián con uno de los niños en brazos antes de quedarse dormida.
Adrián miró a sus cuatro hijos en la habitación:
El "Arquitecto Blanco" podía tener células dormidas, pero Adrián tenía algo más poderoso: una familia que sabía luchar en la oscuridad para proteger la luz.