Había pasado un año desde la noche de la tormenta. La villa en la Toscana ya no era un refugio de guerra, sino un hogar vibrante.
Los muros de piedra, antes testigos de miedo, ahora lucían dibujos de Mía y esquemas tecnológicos de un Mateo que ya caminaba con la seguridad de un hombre joven.
Adrián De la Vega revisaba en su estudio los planos de la Fundación Samuel De la Vega. Era su forma de limpiar el apellido: convirtiéndolo en sinónimo de oportunidad, no de opresión.
De repente, unas manos cálidas cubrieron sus ojos. El aroma a jazmín lo invadió.
—Si sigues mirando esos planos, los gemelos van a aprender a caminar antes de que salgas a jugar con ellos —susurró Valeria.
Adrián se giró y la atrajo para un beso lento que sabía a paz.
—Estaba pensando en lo lejos que hemos llegado, Val.
Esa tarde, la familia celebró el primer cumpleaños de Leo y Dante. Marcos, el socio y "tío oficial", llegó con noticias que cerraban el pasado:
—Adrián, Valeria... la Interpol confirmó la caída del último nodo en Singapur. El "Arquitecto Blanco" es ahora solo un mito. Somos, en todos los sentidos, libres.
El brindis fue el más emotivo de sus vidas. Mateo miró a su padre con un respeto profundo:
—Ya no tengo que monitorear las cámaras cada noche, ¿verdad, papá?
—No, hijo. Ahora puedes usar tu genio para crear cosas hermosas, no para protegernos.
Cuando los niños se durmieron, la villa quedó sumida en un silencio romántico bajo la luna llena. Adrián llevó a Valeria hacia la habitación principal, deteniéndola frente al ventanal.
—¿Recuerdas cuando te dije que quería construirte un palacio? —preguntó él, desabrochando con delicadeza el primer botón de su vestido.
—Me diste algo mejor, Adrián —respondió ella—. Me diste una verdad.
Sin el peso del peligro, el deseo estalló con una intensidad renovada. Adrián la besó con la urgencia de sus noches como fugitivos, pero con la ternura del compromiso absoluto.
La cargó en brazos y la depositó sobre la cama, sintiendo su risa suave contra su cuello.
— Eres mi mejor diseño, Valeria —susurró.
Fue una noche llena de una entrega total; una celebración ardiente de haber sobrevivido a la oscuridad para, finalmente, entregarse a la luz.