Un nuevo acantilado, pero en una costa diferente. En un país donde nadie conoce el nombre De la Vega, se alza una casa de cristal y madera que flota sobre el mar.
El diseño final de Adrián.
En la orilla, cuatro niños corren tras las olas:
Mateo, ahora universitario, enseña a los gemelos a construir castillos de arena con precisión asombrosa.
Mía graba el paisaje, preparando su primer documental sobre la reconstrucción de vidas.
Adrián y Valeria caminan por la arena con las manos entrelazadas. Ya no hay necesidad de mirar por encima del hombro.
—¿Lo volverías a hacer todo, Cuchurrumín? —pregunta Valeria, mirando el horizonte.
Adrián se detiene y la mira fijamente. En sus ojos solo hay amor.
—Cada segundo. Cada caída. Si el final del camino eras tú y esta familia, lo haría mil veces más.
Un mensaje llega al teléfono de Adrián. Es de la Fundación: han inaugurado la primera escuela en el pueblo donde Valeria trabajaba como mesera.
La destrucción se ha convertido, finalmente, en creación.
Se besan bajo el sol poniente, un beso que sella su historia. No es el final de un cuento de hadas, es el inicio de una realidad construida sobre la roca de la verdad y el acero del amor.
Los De la Vega ya no son un imperio de miedo, sino una familia que aprendió una gran lección:
"Para construir lo más alto, primero hay que estar dispuesto a caer hasta lo más profundo".
FIN.