Capullo sellado . Vol Ii

Capítulo 1 — Paredes invisible

El encierro no llegó con un portazo ni con una escena reconocible. No hubo una decisión clara ni un momento exacto al que pudiera señalarse como inicio. Se fue construyendo despacio, casi con paciencia, como esas estructuras que aparecen sin ser vistas porque se levantan a partir de gestos mínimos, aparentemente inofensivos. Pequeños ajustes en los horarios, comentarios suaves que sugerían prioridades, explicaciones que se adelantaban incluso antes de ser pedidas. Todo ocurría con naturalidad, envuelto en una apariencia de cuidado.

Nada se imponía de forma directa. Cada cambio traía consigo una razón lógica, una justificación amable, un argumento difícil de refutar. Y sin embargo, el cuerpo empezó a registrar algo distinto: una reducción imperceptible del espacio propio, una sensación persistente de estar siempre un poco más cerca del borde. No había palabras para nombrarlo todavía, pero la incomodidad comenzaba a asentarse con constancia, como un murmullo de fondo que no se apaga.

Las decisiones cotidianas dejaron de sentirse espontáneas. No por falta de voluntad, sino porque la anticipación se volvió costumbre. Pensar antes de hablar, medir antes de actuar, prever reacciones posibles. Esa vigilancia suave se instaló sin violencia aparente, como una norma tácita que nadie había escrito, pero que parecía regirlo todo. Adaptarse se volvió un reflejo automático.

Desde afuera, la escena era estable, incluso armónica. Desde adentro, algo se reorganizaba en silencio. No se trataba de miedo, al menos no aún. Era una adaptación lenta, una manera de encajar que exigía ceder pequeñas partes de sí sin que pareciera un sacrificio. Todo se entregaba de a poco, casi sin notarlo.

Con el tiempo, el encierro tomó forma. No como una cárcel visible, sino como un perímetro invisible que marcaba hasta dónde era seguro moverse. No había barrotes ni llaves, solo límites difusos. Y aunque todavía no existía una conciencia plena de ello, el capullo ya comenzaba a cerrarse: envolvía con suavidad, aislaba sin ruido, preparaba un silencio que luego sería difícil de romper.

El entorno acompañaba ese proceso sin ofrecer resistencia. Las conversaciones se volvían previsibles, las reacciones podían anticiparse. Había una sensación de calma que, lejos de aliviar, adormecía. La costumbre empezó a ocupar el lugar de la elección, y con ella llegó una quietud que no era descanso, sino suspensión.

Cada gesto amable llevaba implícita una expectativa. No se formulaba en voz alta, pero estaba presente. Existía un modo correcto de estar, una forma aceptable de responder, un margen estrecho para disentir sin alterar el equilibrio. Nada se exigía de manera explícita, y justamente por eso resultaba tan difícil reconocer el peso de esa estructura invisible.

El tiempo comenzó a organizarse alrededor de ritmos ajenos. Lo propio se acomodaba a lo otro con una docilidad que sorprendía. No había una renuncia consciente, solo un desplazamiento gradual de prioridades. Lo que antes surgía con naturalidad empezó a requerir permiso interno, como si cada impulso debiera ser evaluado antes de manifestarse.

A veces aparecía una incomodidad leve, casi abstracta. Una sensación breve, fácil de ignorar. No parecía importante. Se la dejaba pasar. Así, las señales se diluían antes de tomar forma, y el silencio seguía ganando espacio sin oposición.

El capullo no era opresivo. Al contrario, ofrecía una protección engañosa. Aislaba del conflicto, del ruido exterior, de la incertidumbre. Pero también restringía el movimiento, amortiguaba la voz, volvía borrosos los límites entre cuidado y control. Y aunque todavía no se lo nombraba, algo esencial comenzaba a quedarse sin aire.

El encierro ya no era solo externo. Empezaba a reproducirse por dentro, como una forma aprendida de estar en el mundo. Y en esa quietud cuidadosamente sostenida, se gestaba una pregunta muda que aún no encontraba salida, pero que empezaba a presionar desde el interior.

En medio de esa adaptación silenciosa, aparecieron referencias del pasado que parecían inofensivas. Historias ajenas, contadas como advertencias o ejemplos. Nombres que no pertenecían al presente, pero flotaban como antecedentes inevitables. Isabel y Tomás eran mencionados sin detalles, casi al pasar, como si su sola evocación alcanzara para marcar un límite tácito: lo que había ocurrido antes, lo que no debía repetirse, lo que justificaba ciertas precauciones.

No eran recuerdos propios, pero comenzaron a ocupar un lugar extraño. Funcionaban como moldes invisibles, comparaciones implícitas, sombras proyectadas sobre decisiones actuales. Sin darse cuenta, la conducta empezó a ajustarse para no parecerse a esas figuras, para no activar relatos que ya estaban escritos desde otro tiempo.

Así, el presente se fue estrechando. No por prohibición directa, sino por prevención. Cada gesto se medía contra un pasado ajeno que, sin embargo, condicionaba. El espacio personal se redujo sin confrontación ni reclamos, con una lógica que parecía razonable desde afuera y difícil de cuestionar desde adentro.

La pared seguía levantándose sin hacer ruido. No tenía grietas visibles ni aristas duras. Era lisa, prolija, casi amable. Y justamente por eso resultaba tan difícil reconocerla como encierro.

El capullo continuaba cerrándose, no como castigo, sino como consecuencia. Y aunque aún ofrecía abrigo, empezaba a sentirse demasiado ajustado para crecer dentro de él.

La vida siguió así, sin sobresaltos aparentes. Hacia afuera, la normalidad era convincente. Hacia adentro, algo se reordenaba en silencio. Las elecciones ya no nacían del deseo, sino de una lectura constante del entorno: qué conviene, qué evita tensiones, qué mantiene la calma. Esa vigilancia permanente todavía se confundía con cuidado.




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