Capullo sellado . Vol Ii

Capítulo 3 — Silencios aprendidos

Hablar dejó de sentirse seguro. No por miedo explícito, sino por desgaste. Explicar lo que dolía exigía una energía que ya no estaba disponible. Cada intento terminaba diluyéndose antes de tomar forma. El silencio comenzó a parecer más liviano que la confrontación. Más fácil. Más eficaz. Aunque, con el tiempo, fue dejando marcas internas difíciles de nombrar, acumuladas en capas que nadie veía.

Alina se descubría observando cada gesto, cada pausa en la voz de quienes la rodeaban. No había agresión explícita, ni órdenes que cumplir, pero cada silencio y cada mirada se acumulaban en su pecho como pequeñas piedras. El desgaste no venía de un solo evento, sino de la suma de todos ellos: decisiones pospuestas, frases que se tragaba, preguntas que no formulaba por miedo a alterar el frágil equilibrio.

Isabel estaba cerca, pero hablaba poco; Tomás mantenía su rutina sin notar las grietas que se formaban a su alrededor. Lucía, apenas un hilo de presencia al inicio, parecía flotar entre las sombras del grupo, sin imponer palabras ni juicios. La observación de Alina hacia ella era silenciosa, curiosa: había algo en su forma de escuchar que no exigía, que no evaluaba, que simplemente sostenía.

—A veces… —empezó Alina, dudando, con los dedos jugando nerviosos con la esquina de su cuaderno— siento que no hay lugar para mis propias decisiones. Todo se va ajustando a lo que esperan, a lo que otros consideran seguro.

Lucía la miró con calma, sin apurar la respuesta, dejando que la frase quedara suspendida en el aire.

—No siempre hay palabras para eso —dijo finalmente—. Pero a veces, solo notar que alguien más te escucha es suficiente para no sentirse tan atrapada.

Alina asintió, sin saber muy bien si encontraba alivio o solo un reflejo de su propio aislamiento. Cada silencio, cada palabra no dicha, cada gesto mesurado, se volvía una medida de lo que podía sostener sin romperse. La rutina que antes tranquilizaba comenzaba a sentirse más pesada: cada acción pequeña implicaba un esfuerzo que antes parecía natural.

Esa tarde, mientras caminaba sola por las calles, Alina percibió cómo el mundo exterior no estaba ligado al que experimentaba internamente. Cada sombra en la acera, cada rostro desconocido, se convertía en un recordatorio de que la vigilancia ya no era solo externa. Se había convertido en algo dentro de sí misma: una cápsula de espera, donde cada impulso debía pasar primero por filtros invisibles.

El teléfono vibró con un mensaje de un contacto antiguo. No era urgente, pero su sola existencia generó un nudo de tensión. ¿Responder o ignorar? La respuesta parecía simple, pero en realidad llevaba consigo un riesgo invisible: el de ceder otra pequeña parte de sí, el de cruzar un límite que todavía no podía nombrar.

Alina respiró hondo y decidió no abrirlo. Las paredes invisibles continuaban su trabajo silencioso, pero algo empezaba a moverse dentro de ella: una pregunta muda, que aún no tenía forma ni respuesta, pero que insistía en hacerse notar. Era la certeza de que permanecer inmóvil también tenía un costo. Y mientras el sol se escondía tras los edificios, dejó que esa pregunta flotara, preparándose para lo que vendría: una decisión que tal vez no podría posponerse por mucho tiempo.

De regreso al espacio compartido para las reuniones, Isabel y Lucía ya estaban presentes. No hubo saludos exuberantes, ni gestos que rompieran la tensión. Todo parecía mínimo, controlado, como si cada movimiento tuviera su propio espacio y ritmo.

—Hoy… —dijo Alina, dudando mientras se sentaba— siento que hablo menos de lo que debería, pero también me cansa sostener lo que callo.

Lucía inclinó ligeramente la cabeza, sin interrumpirla, mostrando que estaba escuchando. La simple atención era suficiente para que Alina se animara a continuar.

—No es que quiera quedarme en silencio —agregó—. Es que a veces siento que todo lo que digo se pierde. Que las palabras no alcanzan o que cambian de forma antes de llegar.

Isabel, que hasta entonces había permanecido en un rincón observando, finalmente intervino:

—No estás sola en eso. A veces las palabras se rompen antes de salir, pero otras veces, decirlas aunque sea a alguien que escucha, hace la diferencia.

Alina asintió sin poder sonreír. Cada frase que pronunciaba era como una gota que caía sobre un cristal invisible: hacía ruido mínimo, pero el impacto se sentía en el cuerpo. Sentía que algo dentro de ella comenzaba a reaccionar a la presencia de las otras dos, aunque no podía todavía ponerlo en palabras.

Después de un silencio, Lucía habló con suavidad:

—Hay momentos en que uno cree que el capullo nos protege, pero a veces también nos atrapa. No siempre podemos decidir cuándo abrirlo. Solo podemos empezar a notar las grietas y decidir si queremos atravesarlas.

La frase quedó flotando en el aire. Alina sintió que algo se removía dentro de ella: la primera chispa de inquietud que no provenía del exterior, sino de un lugar propio. La introspección que hasta ahora había sido refugio, empezaba a transformarse en impulso.

Más tarde, mientras revisaba su teléfono, un mensaje antiguo apareció de nuevo en la pantalla. No era de Tomás ni de Isabel, ni siquiera de alguien cercano: un contacto desconocido, cuya sola existencia despertó una mezcla de curiosidad y aprensión. La pantalla parecía brillar con un silencio propio, como si escondiera algo que Alina aún no estaba lista para leer.




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