Las palabras no siempre pertenecen al momento en que son escritas.
A veces nacen en un instante preciso, pero no encuentran su destino hasta mucho después, cuando el tiempo ha cambiado la forma de todo lo que las rodea.
Una carta es eso: una voz detenida, un pensamiento que se niega a desaparecer, una emoción que sobrevive incluso cuando quien la escribió ya no es el mismo.
No todas las historias se cuentan en línea recta. Algunas se doblan, se guardan, se pierden... y esperan. Porque hay sentimientos que no entienden de relojes, ni de finales, ni de distancia.
Y cuando finalmente llegan a manos de alguien, ya no son solo palabras.
Son huellas.
Son fragmentos de una vida que insiste en ser leída, aunque el tiempo haya intentado borrarla.
Editado: 18.05.2026