Cartas muertas

Capítulo 1

No recuerdo la primera vez que pensé que algo estaba mal. Mi vida siempre ha estado rodeada de una bruma de sospechas, de esas verdades a medias que se quedan atrapadas en la garganta. Pero recuerdo con una claridad quirúrgica la primera vez que supe que ya era demasiado tarde. El momento exacto en el que el aire se volvió pesado y el destino dejó de ser una posibilidad para convertirse en una condena.

​La ciudad siempre había sido ruidosa, un rugido constante de motores, gritos lejanos y una humanidad que nunca duerme. Sin embargo, esa noche el silencio tenía un peso físico. No era el silencio vacío de la paz; era esa clase de quietud que se posa sobre los objetos como una capa de polvo, que se mete entre las grietas de los muebles y hace que incluso tu propia respiración suene como una interrupción indebida. Me sentía como una intrusa en mi propia sala.

​Estaba sentada en el suelo, con la espalda apoyada contra el sofá, mirando una pared que necesitaba una capa de pintura desde hacía años. El desgaste de la pintura era un mapa de mi propia desidia. Tenía una copa de vino a medio terminar y un expediente cerrado sobre las piernas. No lo había abierto en toda la noche. No hacía falta. En mi línea de trabajo, uno aprende a reconocer ciertas historias sin necesidad de leerlas; se filtran a través del cartón y el plástico, emitiendo un frío que no tiene nada que ver con la temperatura ambiente. Ciertas verdades huelen a sangre vieja y a secretos enterrados bajo capas de dinero.

​Mi teléfono vibró una sola vez. Fue un sonido seco, metálico sobre la madera de la mesita. Un mensaje sin contenido. Número oculto. Nada nuevo, y a la vez, el anuncio de algo mucho peor. En este mundo, el silencio siempre es el preludio de una ejecución. Me levanté lentamente, sintiendo el peso del cansancio en mis huesos, dejé la copa en la mesa y caminé hacia la entrada. Mis pies no hacían ruido sobre la alfombra gastada. Caminaba como si supiera que algo, o alguien, me estaba esperando del otro lado de la madera.

​Y allí estaba.

​El sobre descansaba en el suelo, perfectamente centrado frente a la puerta. No estaba tirado al azar; alguien se había tomado el tiempo de medir la distancia exacta, de colocarlo como un objeto de culto en un altar. No era un sobre blanco de oficina. Era marfil. Grueso, caro, insultantemente elegante para un edificio donde nadie se preocupaba por los detalles de la vida ajena. No tenía nombre. No tenía dirección. Pero era mío. Lo supe con una certeza incómoda, íntima. Es esa sensación de cuando alguien te clava la mirada en la nuca en una habitación llena de gente; no necesitas verlo para saber que eres su objetivo.

​Cerré la puerta con doble llave y eché el cerrojo. Fue un gesto automático, una reacción instintiva de protección que sabía, en el fondo, que era inútil. Si el sobre estaba dentro, la barrera ya había sido cruzada. El sobre era pesado, no por el papel, sino por la promesa de caos que contenía. Me senté otra vez, esta vez en la mesa del comedor bajo la luz amarillenta de la lámpara. Lo observé durante segundos, quizás minutos. El tiempo se deforma cuando estás a punto de abrir la caja de Pandora.

​No sentí miedo. Sentí reconocimiento. Como si esta carta hubiera estado viajando hacia mí durante años y solo ahora hubiera encontrado el camino a casa.

​Lo abrí con un cuidado casi obsesivo. Dentro, una sola hoja de papel marfil, doblada en tres partes exactas. Tinta negra. Caligrafía impecable. No había rastro de duda en los trazos, ninguna corrección, ninguna mancha. Una escritura tan controlada que resultaba inquietante; solo alguien con una frialdad absoluta podría escribir así.

​Leí la primera línea en el silencio de mi cocina:

“No todos los crímenes piden castigo. Algunos lo exigen.”

​El aire se me quedó atrapado en el pecho, quemando. No era una frase dramática de una película barata; era una sentencia. No había emoción en esas palabras. No había rabia. Solo una constatación fría, matemática, de una realidad que yo había intentado ignorar durante demasiado tiempo.

​Seguí leyendo, y el mundo exterior pareció desvanecerse:

“Él cree que el dinero compra silencio. Que las fiestas, los abogados y los apellidos antiguos borran la sangre. Se equivoca.”

​Cerré los ojos por un segundo, sintiendo el pulso en mis sienes. Ya sabía a quién se refería. No a un individuo, sino a una estirpe. A esos hombres que caminan sobre la tierra como si fueran dueños del sol, convencidos de que su cuenta bancaria es un escudo contra la moral.

“Tendrá siete días. Cada uno con una oportunidad de recordar. Cada uno con una pista que usted sabrá interpretar. No intente salvarlo. Solo observe.”

Usted. La palabra vibraba en la hoja. No decía "policía", ni "investigadora". Decía "usted" con una familiaridad que me revolvió el estómago. Quienquiera que fuera el autor, me conocía. Sabía lo que yo era capaz de ver y lo que prefería callar. Debajo de la última línea, nada. Ni firma, ni símbolo, ni despedida. Solo el blanco roto del papel marfil reclamando su espacio.

​Doblé la hoja con el mismo cuidado original. No fue por respeto al remitente, sino por instinto. Algunas cosas exigen ser tratadas con exactitud, incluso cuando te están arrastrando hacia un abismo que no pediste explorar.

​Me quedé sentada allí durante horas, mientras la luz de la luna se movía por el suelo de mi apartamento. Pensé en quemar la carta y tirar las cenizas por el desagüe. Pensé en ignorarla y seguir con mi vida de expedientes cerrados y copas de vino. Pero no hice nada de eso. Porque sabía que la carta no era una invitación a jugar.

​Era un aviso de que la primera ficha de dominó ya había caído.



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En el texto hay: policia, poliamor, asesinocazadorr

Editado: 25.01.2026

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