Víctor no había respondido los mensajes ni llamadas de absolutamente nadie. Ninguno. Ni siquiera a su mejor amigo, quien ya estaba bastante preocupado. Solo veía los correos que le llegaban y luego apagaba el celular para no ver más.
Tampoco había salido de casa. Solo dedicó unas horas a intentar escribir un poco, sin embargo, logró a duras penas describir cómo conoció y se enamoró de su novia fallecida.
Su mirada estaba perdida, fija en la televisión que no estaba encendida. Se seguía preguntando lo mismo que hace unos días.
¿De verdad Lucía ya se había ido? ¿De verdad ya no volvería nunca a cruzar por esa puerta con aquella gran sonrisa tan contagiosa? Probablemente si algo así pasaba, él no sonreiría. Al contrario. Lloraría desesperadamente, gritaría y le reclamaría el porqué le hizo esa broma tan pesada.
Pero finalmente, la abrazaría con todas sus fuerzas intentando abrigar su piel y le prometería que jamás la volvería a soltar. Nunca más.
Pero la realidad era muy diferente.
Lucía no estaba jugando ninguna broma. Ni siquiera sería capaz de pensar en hacerle algo así a su querido sabiendo lo sensible que era con esos temas.
No, Lucía no regresaría. Ni para hacerle saber que era una broma, ni para pedirle perdón.
Lucía no respiraba más. No lo miraría a los ojos ni acariciaría su piel suavemente admirando su belleza. Lucía no le susurraría que lo ama con lágrimas en los ojos. Lucía no estaría allí nunca más.
No se dio cuenta que una ligera lágrima acariciaba su mejilla hasta que tocaron el timbre de la puerta. Parpadeó confundido mientras secaba su ojo derecho. No les abriría la puerta. Ya todos lo sabían, aunque él no le haya advertido de eso a nadie. Volvió a mirar la apagada televisión. Sus rodillas seguían flexionadas cerca de su pecho.
Y nuevamente tocaron el timbre. Gruñó.
Su celular que había estado en silencio, iluminó su rostro con la pantalla. La foto de Luis aparecía en ella al mismo tiempo que volvían a tocar el timbre. La pantalla se apagó y escuchó aquella voz tan familiar.
—Víctor, soy yo. Por favor, abre la puerta.
No tenía ganas de hacerlo.
—Víctor, por el amor de Dios, soy tu amigo. Abre la puerta, por favor.
Respiró hondo. Tambaleándose se levantó del suave sofá, se puso las viejas pantuflas que Lucía le había regalado el día de su cumpleaños y caminó sin energía a la puerta. Apenas tocó el frío metal de la perilla cuando escuchó un susurro al otro lado de esta misma.
—Sé que no quieres ver a nadie y lo entiendo, pero solo quiero asegurarme de que estés bien.
Un escalofrío recorrió su espina dorsal. Sabía perfectamente lo que eso significaba. Su mejor amigo era como su hermano mayor. Como su padre, incluso. Luis, aunque no era muy cariñoso, demostraba con pequeñas acciones el afecto que sentía por Víctor. Lo mismo para el último.
No eran de esas amistades que siempre se decían lo mucho que se querían y lo importantes que eran para el otro. Para ellos dos no era necesario. Suficiente era con conversar y bromear durante el almuerzo o salir juntos a contarse el último chisme.
Ellos se querían a su modo. Además, Luis fue quien le dio ese pequeño empujón a Víctor para que tuviera oportunidad con Lucía hace más de nueve años. Los tres se vieron crecer. Luis fue cómplice de su amor. Luis fue cómplice de todas aquellas travesuras.
Giró su cabeza y el espejo frente a él le dio el reflejo de su último yo. Su rostro apagado, sus ojos cansados y su cabello desordenado.
No podía dejar que su mejor amigo lo viera así. Sabía que se preocuparía mucho más de lo que ya estaba. Y a pesar de que era inevitable, intentó todo lo que pudo hacer en esos cortos segundos.
Peinó su cabello con dedos ligeramente temblorosos y fue a la cocina corriendo con las pocas fuerzas que tenía. Pese al mareo que sintió y a su alrededor desenfocarse, lavó su rostro en el lavadero y se secó con una toalla que encontró. De vuelta a la puerta, sonrió para sí mismo.
Okey, Víctor. Puedes hacerlo.
Abrió la puerta lentamente. A Luis se le iluminó la mirada.
—Víctor.
Apenas pudo decirlo cuando ingresó para abrazarlo.
—Hola, amigo.
Cuando se separó, aquella sonrisa que mantuvo por tan solo unos segundos, se fue desvaneciendo. Pero no dijo nada. A pesar de que Víctor ya sabía lo que venía.
—Entra.
—Claro.
Ingresó y su amigo cerró la puerta detrás de él. Se acercó al contrario, ocultando las manos en los bolsillos de su holgado suéter. Luis vio todo el lugar con lentitud y detalle. Demasiado desorden. Víctor sintió que debía explicarlo.
—Lo lamento, yo no he tenido ganas de...
—No tienes que preocuparte —sonrió ligeramente—. Lo entiendo todo. Tampoco tienes que explicarme por qué no has respondido mis llamadas.
El moreno bajó la mirada. Aun así, se sentía avergonzado.
—Igual lo siento.
Luis negó con la cabeza y, al poner la mano en el hombro de su amigo, disimuló la sorpresa. Puede que el suéter ocultara el cuerpo de Víctor, pero demonios, había adelgazado mucho.
Si bien, no quiso atormentarlo con más problemas. Lo haría con cuidado.
Tomó una respiración mirándolo a los ojos sin quitar su mano.
—¿Qué te parece si limpiamos esto? ¿Ya has desayunado?
No le quiso decir que no lo había hecho desde la muerte de Lucía. Solo había comido unas cuantas cosas que encontraba en la refrigeradora por la tarde y luego volvía a la cama.
—Eh, no.
—Pues yo tampoco. Andando, tengo un desayuno en mente buenísimo que vi por internet. ¿Sabes las tantas maravillas que la avena puede hacer? Es increíble que...
Luis siguió hablando, pero su mente empezó a divagar en lo que lo arrastraba a la cocina. Hizo que se sentara en lo que él limpiaba, dispuesto a prepararle algo.
No era muy bueno cocinando, pero había estado mejorando con las enseñanzas de Víctor y Lucía, quienes compartían una gran pasión por preparar deliciosos manjares espectaculares para todo tipo de paladar. Luis aprovechaba siempre que esos dos se ponían de acuerdo para ello.