Sus no muy largas pestañas le pesaron esa siguiente mañana al despertar. Y todo seguía igual. El sol se coló a través de su ventana, molestándolo. Los volvió a cerrar, intentando recordar algo durante la noche, pero no llegó a nada.
No, su Lucía no había entrado en sus sueños como él se lo había pedido.
Soltó un suspiro, volviendo a abrirlos. Vio el despertador digital sobre la pequeña mesa de noche. Aún no era muy tarde para levantarse. Decidido de intentar hacer de ese un mejor día, salió de la cama, tomó su toalla y se dio una ducha un poco larga. Se vistió formalmente y salió de casa con su maletín de mano.
Su mente aún perdida en todo a su alrededor, pudo mantenerse acorde al llegar al trabajo. Víctor era uno de los guionistas de la empresa. Presentaban varios no muy viejos programas de televisión sobre noticias y otras cosas más que él no entendía muy bien. Aguantó la respiración cuando entró con un tipo de tarjeta de seguridad y luego de poner un código en una pequeña pantalla al lado de la puerta. Subió en el ascensor hasta llegar al piso correcto.
Nunca le había gustado ser el centro de atención en un lugar, mucho menos público, pero no esperaba serlo ahora. Apenas dio un paso dentro cuando todas las miradas se posaron en él. Había intentado cubrir su cuerpo lo mayor posible con ese cárdigan sobre su camisa color beige para que nadie notara los varios kilos perdidos durante ese mes. De verdad no quería a escuchar a nadie preguntarle cosas o molestarlo sobre su físico. Ya bastante había oído y visto frente al espejo.
Ahora, no podía ir de frente a su puesto para trabajar, debía ponerse al día de absolutamente todo.
Si es que aún no lo han despedido por no asistir.
Mientras más pasos avanzaba, más personas murmuraban sobre él. Escuchaba esos fastidiosos murmullos sobre la muerte de Lucía, o sobre lo sinvergüenza que era al haber faltado todo el mes al trabajo sin siquiera presentarse frente a su jefe. Apretó la mano en su maletín y siguió su camino, encontrándose en el puesto de la secretaria del señor Ramírez.
—Joven Víctor —pronunció algo sorprendida al verlo.
—Buenos días. ¿El señor está?
—Sí, claro, puedes pasar.
Asintió a punto de hacerlo, pero su voz lo interrumpió.
—Mi más sentido pésame, Víctor. Lamentamos tu pérdida.
Él asintió nuevamente.
—Gracias.
Siguió el camino. Cuando encontró la puerta de su oficina, tocó un par de veces. De seguro ella ya le había avisado al jefe por ese teléfono. Escuchó un «pasa» y obedeció. El señor Ramírez, tan bien vestido como siempre, unió las manos al verlo.
—Víctor.
—Buen día, señor.
—Siéntate.
Nuevamente obedeció.
—Creí que ya no vendrías.
—Señor, yo lamento no haber asistido. He estado...
Recordó lo que había hecho durante esas cortas semanas: nada. No podía decirle a su jefe que solo se la había pasado durmiendo o mirando a un punto fijo mientras lloraba. O que incluso había maldecido a todas las personas que lo llamaban o llenaban de mensajes.
Cerró los ojos a la vez que soltaba un suspiro.
—Lo siento, señor. Por haber ignorado sus llamados. Si va a despedirme, por favor déjeme ordenar mi puesto antes de...
—¿Qué?
Víctor miró sus oscuros ojos.
—Que quiero ordenar mi puesto antes de que me despida.
El señor Ramírez sonrió suavemente, negando con la cabeza.
—No te voy a despedir, Víctor.
—Ah, ¿no?
—No. No tienes que preocuparte por eso.
Parpadeó algo confundido.
—¿Habla en serio?
—Muy en serio, Víctor.
—Pero...
Si quería conservar su trabajo, mejor era callarse y aceptar lo que su jefe decía.
—Entiendo lo que te ha pasado, Víctor. Mi más sentido pésame. Las veces que vimos a tu novia por aquí fueron inolvidables. Ella irradiaba una chispa inigualable. Créeme que lo siento mucho.
Unió sus manos y asintió. No le gustaba que siguieran dándole las condolencias, pero, aunque su jefe solo quería ser amable, Víctor sabía a la perfección que lo hacía con el fin de agradarle como todos los demás lo habían hecho. Entendía que solo debía aceptar los buenos deseos, después de todo, nadie tenía la culpa de nada.
—Muchas gracias, señor.
—Si bien comprendo tu sentir, hemos perdido mucho tiempo. Un mes sin asistir...
—Lo sé, señor. Lo lamento. Estoy consiente de mis decisiones.
—Y yo estoy seguro de eso. De igual modo, que no se vuelva a repetir. Ambos sabemos que haces un increíble trabajo en esta empresa. Por eso tampoco he tomado la decisión de despedirte. Sería muy estúpido de mi parte perder a un empleado como tú.
—Gracias... señor.
Todavía con miradas encima, se dirigió a su puesto y se sentó frente a su escritorio. Pidió todo el papeleo para ponerse al día y leyó hasta el cansancio durante toda la tarde. Claro, tomó su tiempo de descanso para ir a almorzar. También escribió, pues el programa tenía nuevas cosas planeadas. Algunos de sus compañeros se acercaron para darle sus condolencias, las cuales él recibía con gratitud.
Atardecía cuando su mano se hundió en el bolsillo de su saco y sintió el material de una antigua foto que siempre llevaba. La sacó y observó: la dulce Lucía sonriendo mientras sostenía su mano. Recordó lo que su jefe le había dicho hace tan solo unas horas y soltó un ligero suspiro. Miró a el ascensor y entonces la imagen de su amada se hizo presente.
Ella sonreía a todo el mundo, saludaba a todos con esa bella sonrisa y admiraba el lugar como si fuera lo más hermoso que había visto en su vida, mientras que Víctor, estaba tras ella, admirándola. Ella se acercaba a su escritorio y jugaba con los lápices sobre el teclado. Víctor acariciaba su cabello con ternura y le susurraba lo linda que era.
Soltó otro suspiro entrecortado. Le hubiera encantado que ella trabajara en la misma empresa, pero Lucía había conseguido trabajo en otro canal de televisión. También fue guionista como su novio. Ambos lograron entrar a la universidad, aunque ella se tardó un año más.