Se sentía algo extraño para él. Siempre había creído que lidiar con los padres de tu pareja no eran tan difícil como lo hacían parecer en la televisión. Algo en lo que se equivocó. Víctor no conoció a los padres de Lucía hasta mucho después de convertirse en su novio. Pasaron un largo tiempo juntos, disfrutando de ellos mismos, sin preocupación por los demás. Víctor no le había contado nada a sus padres, solo a Luis. Al igual que Lucía. Todo había estado bajo control. Hasta aquel día...
Aquel día.
Aquel día en que le temblaron los huesos a Víctor.
El recuerdo fue tan vivo incluso mirando a los ojos al padre de su novia fallecida:
—Mis padres se enteraron.
—¿Qué?
Lo siento. Dejé mi celular en la mesa de la sala y olvidé que no tenía contraseña. Tus mensajes llegaron y mi madre los vio...
La expresión de Víctor fue tan fácil de descifrar: tengo miedo. No le había preocupado mucho, ni siquiera había pensado en tales cosas como esas. Pero en ese momento, todo lo que debió preguntarse hace mucho tiempo, empezó a correr a toda velocidad en su cabeza:
¿Cómo reaccionarían sus padres?, ¿me aceptarían?, ¿si quiera saben quién soy?, ¿me harían la vida imposible para dejar a su bella pequeña tranquila? ¡Si ella me ha perturbado!
Tragó.
—¿Qué vamos a hacer? ¿Ellos... están enojados conmigo?
Lucía sonrió, acariciando el cabello de Víctor como de costumbre.
—No debes preocuparte. Mi madre se lo tomó muy bien, aunque... me regañó por no haberle contado. De todos modos, quiere conocerte y saber más de ti.
Por un momento pareció aliviado.
—¿Y tu padre?
—Bueno...
—¿Bueno...?
No sabía por qué le ponía tan nervioso la situación. Bueno, quizá por las muchas probabilidades de que lo rechacen y no lo dejen acercarse a Luci. Definitivamente, él no quería eso. Él la adoraba bastante.
La rubia tomó una respiración profunda para proseguir.
—No está muy contento con la situación. Dijo que soy muy joven... pero no lo entiendo. Él conoció a mamá a los trece.
El moreno frunció su ceño. Claramente, el señor López era un hombre estricto... y algo sobreprotector.
—¿Entonces...? —pronunció en señal para que ella continuara.
—Quiere conocerte. Dependiendo de cómo te interprete dejará que siga saliendo contigo.
—¿Y si se lleva una mala impresión de mí?
Ella tomó sus manos con suavidad y sonriendo, le dio un pequeño beso en los labios, haciéndolo olvidar de sus propios nervios y de la gravedad de la situación solo por instante.
—Que no te preocupe, ¿está bien? Ya he lidiado con eso antes. Es fácil para mí romper las reglas.
Víctor lo sabía, claro. Pero eso no lo tranquilizaba tanto».
Escuchó un carraspeo que lo hizo salir de esos viejos recuerdos guardados en su memoria. Parpadeó y presenció la notable molestia del señor López frente a él.
—Perdone... —se trabó—. ¿Llevarse qué?
—Las cosas de mi hija, Víctor.
Frunció su ceño. ¿De Lucía? ¿Llevarse las cosas de su novia?
—No lo entiendo... ¿Por qué quiere...?
—Porque es mi... —apartó la mirada un momento, como intentando encontrar las palabras correctas para expresarse— era mi hija. Y quiero de vuelta su presencia en casa.
El moreno bajó la mirada.
No.
Claro que no.
No, ni loco.
¿Su novia acababa de fallecer y él quería arrebatarle lo poco que le quedaba de ella? ¿Quién se cree que es?
Estaba bien, entendía que era su padre y que también estaba pasando por su propio duelo, pero, ¿qué derecho tenía de presentarse en la casa donde su hija estaba compartiendo una nueva vida con su novio?
Él no podía.
No.
Elevó la mirada, esta vez firme. No quería vacilar. Comprendía que el señor López era un hombre duro y algo severo, pero, esa no era su casa. Defendería lo que él creería. Su casa, sus recuerdos; sus memorias, sus cosas.
—Lo siento, señor. No dejaré que se lleve las cosas de Lucía.
El contrario frunció el ceño. Tan claro en su enojo. Su mente empezó a procesar al igual que una computadora, listo para atacar.
—¿Perdón?
—Lucía estaba compartiendo una vida conmigo. Sus cosas también me pertenecen. Hemos vivido juntos aquí por años, a usted no le compete...
—¿Crees que estás en tu derecho, Víctor?
—Lo estoy.
—Pues te equivocas. Era mi hija y...
—Y yo su novio. Que haya fallecido no significa que pueda arrebatarme los recuerdos que tuve con ella aquí.
El señor respiró hondo, cruzándose de brazos.
—No, no puedo arrebatarte los recuerdos, Víctor. Pero Lucía trajo aquí cosas que antes pertenecían a nuestra casa. Como su ropa. Sus zapatos. O el arte que ella pintaba. Nosotros ya no tenemos nada de ella más que solo su vieja habitación, por eso queremos recuperar esas cosas.
—¿Y de qué sirve? —espetó.
—Nos sirve para sentir su presencia.
—¿Y qué hay de mí? —soltó con más fuerza.
El señor López, quien parecía ya haberse calmado un poco, volvió a elevar sus fuertes emociones. Se notó en su frente arrugada y ojos amenazantes.
—Pues no te quejes. ¡Es tu culpa que haya fallecido de esa maldita forma! ¡Ella merecía tener una larga vida y ser feliz!
Víctor apretó la perilla de la puerta, la cual había estado sosteniendo desde que abrió. Sus ojos parpadearon rápidamente, los sintió humedecidos y sus labios se encorvaban hacia arriba.
¿Su culpa?
¿Mi culpa?
Entendía que no había sido lo suficientemente rápido en hacer atender a Lucía. También entendía que haber llegado a tiempo, no hubiera cambiado nada. Pero... ¿realmente era su culpa? ¿Su princesa había muerto... por su ignorancia? ¿Era el verdadero responsable?
El señor López debió notar como el cuerpo del joven empezó a temblar, porque se arrepintió al instante de haber soltado tales dures palabras.