Canción para leer: Film out - BTS
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Víctor
Todo estaba oscuro. O al menos así lo veía. A pesar de que, la luz de la luna brillaba esa noche, iluminando todo a su paso, el pronto sombrío en el color de los ojos de mi amada tanto como en los míos, nos derrumbaría en ese instante.
Justo después de llegar a casa con el ambiente tenso. Con las palabras desgarradoras atascadas en nuestras gargantas. Con el miedo consumiéndonos sin poder expresarlo más que en nuestras miradas.
No sé cómo se sentía ella exactamente… ni tampoco estaba consiente de mí mismo.
¿Debíamos despedirnos? ¿En ese momento? ¿Era lo correcto?
No podía ver más allá de los problemas que teníamos. No podía ver hacia el futuro. Mi cabeza y latidos del corazón estaban atascados en el pasado. En todo lo que habíamos vivido hasta ese tiempo.
Mis ojos empezaron a picar, mis manos apretaron el volante del auto hasta que mis nudillos se volvieron blancos. Mi respiración fue acelerándose en lo que mi pecho se apretaba. Giré unos centímetros la cabeza para ver a la chica que me había vuelto loco desde que la conocí en ese antiguo salón.
Ella tenía la mirada perdida, y eso, fue lo que me rompió el corazón.
Sus bellos ojos claros siempre habían brillado profundamente. Tan lindos que los había amado apasionadamente. En ellos siempre se reflejaba la alegría, la locura por vivir, las ganas de ser feliz.
Y en ese momento, no había más que incertidumbre en mezcla con las emociones más fuertes y sangrientas.
Ya no sonreía. Sus ojos ya no resplandecían.
Tomé aire con pocas fuerzas y mi voz apenas fue un susurro tembloroso.
—Luci…
Ella tragó. Me miró. Y mi corazón se quebró una vez más.
Quería hablarle, pero ella bajó del auto con rapidez y entró a la casa. Fui velozmente a por ella.
Lucía dejó caer su bolso en el sofá y yo me quedé a unos metros de ella.
—Cariño…
Se giró. Su respiración estaba más agitada que la mía. Sus ojos ahora brillaban… pero con lágrimas contenidas. Tuve que tragar saliva otra vez para no romper en llanto frente a ella. Sabía que, si uno de los dos debía ser fuerte, era yo.
Lucía siempre me había protegido. Siempre había sido buena y dulce conmigo. Estuvo en cada momento junto a mí, apoyándome en todo lo que podía. Era mi turno de estar allí. Yo jamás la dejaría, ni aunque eso implique arriesgar mi vida por la de ella.
—Víctor… —jadeó.
Mi pecho se apretó más. Me acerqué a ella con pasos temblorosos e intenté tomar sus manos entre las mías.
—Habrá una solución, Luci. Aún estamos a tiempo.
Nuevamente silencio. Sus lágrimas se hicieron presentes, bajando por sus suaves mejillas que se tornaban rojas por los sollozos que escapan de sus suaves labios.
—Luci, yo...
—No, Víctor.
—¿Qué?
Quitó sus manos de las mías y secó la humedad bajo sus ojos.
—No habrá solución.
¿No habría solución?
No. Me negaba. Claro que la habría. Podríamos salir juntos de esa situación como lo habíamos hecho cientos de veces en otras diferentes. Incluso de los peores momentos, nosotros podíamos triunfar si nos uníamos.
—Sí la habrá. La hay, Luci. Verás que podremos juntos, como siempre lo hemos…
—¡No, Víctor!
Me congelé. Y si mi corazón ya se había quebrado varias veces, en ese momento no quedó nada de él. La mujer que tanto adoraba estaba rompiendo en llanto, gritando porque las esperanzas que siempre había tenido en la vida, empezaron a desmoronarse más rápido de lo que creyó que lo harían.
Quise hablar, quise consolarla, quise prometerle que ella viviría una larga vida como le correspondería. Que nos casaríamos, que seríamos una bella familia con nuestros hijos… Pero ella continuó.
—No habrá más oportunidades, Víctor —sollozó—. Esto pronto acabará para mí.
Apreté su mano nuevamente, pero esta vez con fuerza que no pude controlar por un instante por el efecto que tuvo tus palabras en mí.
—No, Luci, no digas eso. Nosotros podremos. Hay tratamiento, lo sabes. Con ello podrás recuperarte.
—No —repitió, llorando más fuerte. Sus hermosas facciones contrayéndose en el dolor—. Llegamos tarde, Víctor.
—Lucía.
No sabía si mi tono era de advertencia o de seriedad. Como si pronunciándolo, podríamos retroceder el tiempo para no llegar tarde y solucionarlo lo más rápido posible.
Como si eso fuese a acabar con nuestra pesadilla.
Me miró fijamente. Sus labios temblaron cuando los abrió ligeramente para hablarme.
—No hay arreglo, Víctor. No lo hay. Me iré. Quizá no ahora, pero pronto sí.
Y no pude aguantarlo más. Sus palabras fueron tan crudas. Su linda boquita jamás había dicho tales cosas tan dolorosas, ni con tanta seriedad. Las lágrimas llenaron mi rostro, pero intenté no jadear para mantener la calma.
—¡La habrá, demonios! ¡Haré hasta lo imposible para salvarte!
Mis gritos solo retorcieron más tu rostro, al punto de llevar las manos a este mismo para taparse o quizá limpiarse. Todo su cuerpo temblaba, al igual que esas lindas manos que siempre me habían acariciado el cabello con tanta dulzura.
—¡No digas cosas que no podrás cumplir!
Mis manos también temblaron cuando las pasé por mis rizos nada definidos en señal de clara frustración.
—Conseguiré otro trabajo, venderé el carro, puedo pedir un préstamo al banco…
—No, Víctor. No quiero que te quedes con deudas eternas cuando me vaya.
—¡No te irás!
¿Por qué aceptaba su destino? ¿Por qué no luchaba? ¿Por qué no se negaba?
Siempre amé sus ganas de vivir, pero ahora, estaba viendo esa versión que jamás me había mostrado.
Y dolía.
La odiaba.
Me destrozaba el alma verla aceptar su fallecimiento mucho antes de que sucediera.
Me acerqué nuevamente, acuné mis temblorosas manos en sus mejillas y empujé con suavidad hacia arriba para que su mirada se clavara en la mía. Humedecí mis labios y luché porque mi voz se escuchara firme y no oscilante.