Cartas que Nadie Envió

Capítulo 4 - Los rastros que el amor no borra

El reloj en la cocina de Amelia era un viejo aparato de agujas, de esos que parecían medir no solo el tiempo, sino el peso de los silencios.
Marcaba las cinco en punto cuando Eloy golpeó la puerta con los nudillos.

Ella abrió casi de inmediato.
Llevaba el cabello suelto esta vez, cayendo en ondas algo caóticas sobre los hombros.
Vestía ropa cómoda: jeans gastados, una camiseta gris, un abrigo de lana demasiado grande para su figura.

—Puntual —dijo, con una sonrisa leve que apenas tocó sus labios.

—Lo prometí —respondió Eloy, encogiéndose de hombros.

Amelia lo dejó pasar.
Sin ceremonias, lo condujo hasta una habitación que no había mostrado el día anterior.

Era un pequeño estudio, o lo había sido.
Ahora estaba lleno de cajas polvorientas, muebles viejos cubiertos con sábanas, montones de libros apilados al azar.
Un cementerio de objetos que alguna vez tuvieron importancia.

—Aquí guardábamos las cosas de mi abuela —explicó Amelia—.
Mi madre nunca quiso revisar esto.
Demasiados fantasmas, decía.

Eloy asintió, sintiendo una especie de reverencia.

Pasaron un rato en silencio, moviendo cajas, hojeando papeles amarillentos, levantando objetos olvidados que parecían resistirse a ser tocados.
Cada tanto, Amelia murmuraba algo: el nombre de un lugar, un vago recuerdo de infancia, una carcajada perdida en la bruma de los años.

Y entonces, en una caja más apartada que las demás, Eloy encontró algo.

Era un libro.

Un cuaderno de tapas duras, forrado en tela azul, deshilachada en los bordes.
No tenía título en la cubierta.
Al abrirlo, descubrieron que era un álbum de fotografías.

Fotos en blanco y negro.
Fotos de Lucía.

Lucía joven, riendo frente al mar.
Lucía bailando en una plaza, descalza.
Lucía sentada en un banco, con un hombre a su lado cuyo rostro había sido arrancado de la fotografía, dejando solo el vacío.

Amelia soltó un suspiro tembloroso.

—Nunca vi esto —murmuró, acariciando la imagen mutilada con la yema de los dedos.

Eloy no dijo nada.
El silencio era más elocuente que cualquier palabra.

Entre las páginas del álbum, encontraron algo más.

Una pequeña carta, doblada en cuatro.

No era como las otras cartas escritas a Lucía.
Esta estaba escrita por Lucía.

Eloy la extendió con cuidado.
La caligrafía era firme, resuelta, pero cargada de una tristeza latente.

"Ismael,
A veces escribimos para no olvidar.
A veces escribimos para convencernos de que aún recordamos.
Yo también guardé palabras que nunca envié.
Quizás, en otro tiempo, en otro mundo, nos hubiéramos encontrado de verdad."

Amelia se tapó la boca con una mano, los ojos brillando de emoción contenida.

Eloy la miró en silencio.
Algo en su pecho se apretó.
No por la historia de Lucía, ni por las cartas, ni por el hombre desconocido que amó sin ser correspondido.
Sino por Amelia.

Por cómo la luz amarilla de la lámpara tocaba su rostro.
Por cómo su fragilidad se volvía casi palpable, como un vaso a punto de romperse.

Se acercó sin pensar demasiado.
Instintivamente.

Amelia bajó la mano y lo miró.

Por un segundo, solo uno, estuvieron suspendidos en un tiempo que no pertenecía a nadie más.

Eloy quiso rozar su mejilla, quiso borrar con sus dedos la tristeza que la envolvía.

Pero no lo hizo.

Solo dijo:

—Tu abuela también amó.

Amelia asintió, tragando lágrimas que no se atrevieron a caer.

—Y nunca dejó de hacerlo —susurró.

Se quedaron así, cerca pero sin tocarse, respirando un mismo aire cargado de promesas invisibles.

Eloy pensó, por un momento fugaz, que tal vez todo amor verdadero era una carta que nunca terminaba de enviarse.
Una carta escrita en el silencio, entre miradas, entre latidos, entre ausencias.

Afuera, la noche volvió a extender su manto.
Y dentro de aquella casa, dos almas heridas empezaban a encontrar, sin saberlo, el eco que nunca supieron que estaban buscando.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.