narrado por cloe
Collioure se extiende como un lienzo vivo, vibrante y eterno al borde del mar Mediterráneo, ubicado en ese rincón exacto del sur de Francia donde las imponentes montañas de los Pirineos descienden con fuerza y bravura hasta fundirse directamente con el agua salada y cristalina. Es un pueblo de callejuelas empedradas, laberínticas y cargadas de historia, flanqueadas por fachadas en tonos pastel que brillan de manera especial bajo la luz del sol. Este es un refugio costero donde el clima mediterráneo, típicamente cálido y generoso, se sacude de forma repentina y dramática con las ráfagas de la Tramontana, un viento frío, seco y poderoso que desciende rugiendo desde las cumbres más altas de las montañas para limpiar el cielo de cualquier rastro de nube, dejándolo de un azul eléctrico tan intenso que parece casi irreal, mientras azota los tejados y agita las olas del golfo con furia poética.
A mis siete años, mi propio universo privado era una explosión de tonalidades vivas y desordenadas que rivalizaba con el paisaje exterior. En aquella época, antes de que el mundo me enseñara de medidas exactas o de prudencia obligatoria, mi vida transcurría entre la imaginación desbordante y el caos absoluto de mi creatividad infantil. Recuerdo perfectamente haberme encontrado frente al espejo de cuerpo entero situado en la esquina de mi cuarto, intentando acomodarme la ropa con una torpeza típica de mi edad mientras observaba detenidamente mi propio reflejo. Ante mí había una niña de complexión delgada y ágil, de rostro ovalado salpicado por una constelación de ligeras pecas doradas en el puente de la nariz, con el cabello castaño indomable y alborotado por la brisa que se filtraba por la ventana, y unos grandes ojos de color avellana que siempre lo miraban todo con una curiosidad insaciable, analizando cada detalle del mundo como si fuera un misterio por resolver.
Mi habitación no era un espacio convencional; era un santuario caótico que retrataba fielmente la tormenta de ideas que siempre habitó en mi cabeza. Las paredes estaban pintadas de diferentes colores chillones y contrastantes —un azul turquesa en una esquina chocaba violentamente con un amarillo brillante y un verde manzana en la pared opuesta—, una decisión estética que en su momento me pareció una obra maestra. Por el suelo de madera crujiente se acumulaban botes de pintura acrílica y acuarelas mal cerradas que habían dejado manchas multicolores imposibles de borrar, pequeñas pesas de juguete de plástico rosa que utilizaba para jugar a ser fuerte, una montaña de muñecos de tela y plástico con los que inventaba historias fantásticas, y una gran variedad de artefactos de ciencias para niños —tubos de ensayo de plástico, lentes de aumento y frascos con restos de experimentos fallidos— que ocupaban cada rincón disponible, obligándome a hacer malabares para caminar sin pisar algo importante.
El bullicio constante de nuestra numerosa casa se interrumpió de repente cuando la voz cálida, pero firme, de mi madre resonó desde la planta baja, atravesando el pasillo y llamándome con insistencia para anunciar que era hora de ir al parque a tomar aire fresco. De inmediato, una sonrisa amplia y genuina se dibujó en mis labios, borrando cualquier rastro de aburrimiento. Con movimientos rápidos y vistosos, vistiendo una combinación de prendas multicolores que desafiaban cualquier regla de la moda, bajé las escaleras corriendo a toda velocidad, saltando casi los últimos escalones para reunirme de inmediato con ella y con el resto de mis hermanos, quienes ya esperaban en la entrada. En nuestra familia éramos una pequeña multitud bulliciosa: mis dos hermanos mayores, de diez y trece años respectivamente, llenos de energía y siempre listos para correr tras un balón o inventar juegos rudos, y la más pequeña de todos, una bebé de apenas un año de nacida que acaparaba la atención constante de mamá y se convertía en el centro de gravedad del hogar.
En cuanto pusimos un pie en el parque municipal, un espacio verde rodeado de árboles frondosos y bancos de piedra desgastada, la dinámica familiar habitual se impuso sin dar tregua. Mis dos hermanos menores —el de diez y el de trece, que para mis ojos de niña eran gigantes invencibles— decidieron de inmediato que yo era demasiado pequeña, lenta y aburrida para participar en sus complejos juegos de niños grandes, ignorándome por completo con un gesto de suficiencia y alejándose corriendo hacia la zona de los columpios y las barras de metal. Por su parte, mamá se encontraba completamente ocupada e inmersa en una de esas crisis cotidianas de la maternidad, intentando solucionar con paciencia y pañuelos húmedos un pequeño desastre fisiológico que la bebé acababa de protagonizar en su pañal, lo que la obligó a sentarse en una banca y centrar el cien por por ciento de su atención en el cochecito.
Al verme completamente ignorada por mis hermanos y relegada a un segundo plano por las circunstancias de mi madre, comencé a caminar sola y sin rumbo fijo por los perímetros del parque, sintiendo cómo el peso de un profundo y pesado aburrimiento comenzaba a adueñarse de mis extremidades. Mis pasos lentos y distraídos me llevaron a acercarme al límite del área verde, levantando la vista hacia el otro lado de la calle pavimentada que bordeaba el lugar. Allí, justo frente a mí, brillando bajo los rayos cálidos del sol de la tarde, se encontraba un carrito de helados tradicional, con su sombrilla de colores y un letrero llamativo que despertó un antojo irresistible e inmediato en mi mente infantil. En ese instante, para mí no existían las normas de seguridad viales, ni los carros, ni las advertencias repetidas de los adultos; solo existía la promesa dulce y fría de un helado de fresa. Sin pensarlo dos veces, impulsada por la prisa pura y la inconsciencia inocente de la infancia, eché a correr con todas mis fuerzas directo hacia el asfalto de la calle, sin mirar ni a la derecha ni a la izquierda.
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Editado: 08.08.2026