Cartas que nunca te envié

Capítulo 3: El refugio de las tardes, las cartas guardadas y el horizonte del muelle

Narrado por Cloe

Después de aquella tarde inesperada en mi habitación, en la que Axel aceptó convertirse en mi inusual maestro de defensa personal en medio de un santuario de colores, pinturas y tubos de ensayo, la presencia del chico rubio de ojos azules se convirtió en una constante entrañable dentro de la dinámica de nuestra bulliciosa casa en Collioure. Resultó ser que el motivo exacto por el cual se encontraba merodeando por el colegio aquel día del incidente era porque su madre lo estaba inscribiendo oficialmente en la institución para integrarlo al ciclo escolar en curso. Por pura coincidencia del destino, Axel terminó siendo asignado exactamente a la misma clase que mi hermano de diez años, lo que facilitó de inmediato que se integrara de lleno en su círculo y se hiciera amigo inseparable tanto de él como de mi hermano mayor de trece. Al principio, cuando los vi compartir tantas horas en el jardín y en los pasillos de la escuela, llegué a pensar con cierta punzada de escepticismo infantil que su cercanía conmigo y su amabilidad serían algo completamente temporal, una fase pasajera motivada únicamente por el agradecimiento de haberme salvado de aquel carro o por la camaradería ruidosa que mantenía con mis hermanos varones.

Sin embargo, con el paso de las semanas y los meses, me di cuenta de que estaba completamente equivocada. A pesar de que la razón principal por la que Axel cruzaba nuestra puerta casi todos los días era para encontrarse con mis hermanos, jugar fútbol en el césped o planear travesuras por las calles empedradas del pueblo, él jamás me ignoró ni me relegó al papel de la hermanita menor e invisible. Al contrario, con una paciencia y una naturalidad que me desconcertaban, de vez en cuando me incluía en las actividades que realizaba con ellos. Me dejaba participar en sus partidas de videojuegos sentada en el borde del sofá, o me sumaba a las dinámicas de las escondidas por los rincones más oscuros y enrevesados de la casa, aunque claro, era consciente de que yo no siempre encajaba en sus juegos de chicos mayores y aceptaba con deportividad cuando me tocaba ser observadora.

Pero lo más importante de todo, el verdadero tesoro de mi semana, ocurría dos tardes fijas y sagradas. Esos días, Axel me pertenecía por completo. Terminadas las tareas y cumplidas las formalidades con mis hermanos, me apartaba del bullicio general para cumplir con nuestra cita secreta: me enseñaba lo que él llamaba con solemnidad "defensa personal", guiando mis movimientos con una mezcla de firmeza y cuidado extremo para que no me lastimara. Y cuando el cansancio físico comenzaba a pasar factura a nuestros músculos infantiles y juveniles, terminábamos la tarde emprendiendo una caminata silenciosa y cómplice hacia el muelle de piedra del pueblo. Allí nos sentábamos con las piernas colgando sobre el agua turquesa del Mediterráneo, respirando la brisa salada mientras hablábamos de cualquier cosa que se nos cruzara por la cabeza. Esa rutina de escapar al muelle se convirtió en nuestra tradición más sagrada, una costumbre inquebrantable que arraigó profundamente con el paso de los años, madurando al mismo ritmo compasivo con el que nosotros íbamos creciendo frente al mar.

También, de manera inevitable, a medida que los años transcurrían y dejábamos atrás la infancia para adentrarnos en los laberintos complejos de la adolescencia, un sentimiento nuevo, denso y profundamente difícil de expresar comenzó a germinar y expandirse en mi interior. Era una mezcla de admiración ferviente, un latido acelerado cada vez que su voz se inclinaba cerca de mí, y un miedo latente a que él jamás me mirara de la misma forma en que yo lo observaba en secreto.

—Oye, Axel... ¿qué pasaría si un día quisiera decirle algo a alguien muy importante, pero descubriera que simplemente no encuentro las palabras correctas para explicarlo? —le pregunté un día, con la voz teñida de una repentina vulnerabilidad.

Tenía exactamente trece años recién cumplidos cuando formulé esa pregunta al aire, cargada de un doble sentido que él, en su eterna sencillez, probablemente interpretó como una simple duda existencial de niña creativa. Ambos estábamos sentados en nuestro lugar de siempre, en la orilla fría del muelle de piedra, contemplando cómo el sol del atardecer teñía de oro viejo las fachadas pastel de Collioure y la superficie brillante del mar. Axel, por su parte, ya tenía dieciséis años cumplidos, y con la llegada de la adolescencia su cuerpo se había vuelto más fuerte, su mandíbula más definida y su mirada más penetrante, al punto de que yo sentía, con una mezcla de vértigo y asombro, que cada día que pasaba se veía mucho más guapo y deslumbrante que el anterior.

Axel giró ligeramente el rostro para mirarme con atención, con una sonrisa paciente dibujada en los labios, mientras el viento de la tarde alborotaba sus mechones rubios cenizos. —Escribe —me respondió con absoluta naturalidad, señalándome con la barbilla mientras me miraba fijamente a los ojos—. Escribe lo que sientes, lo que piensas, lo que te frustra... Escribe sin parar hasta que consigas exactamente las palabras adecuadas para expresar lo que llevas dentro.

Sus palabras me causaron una chispa de gracia y ternura, provocando que una sonrisa espontánea se dibujara en mi rostro. —¿Quieres decir que debería agregar la escritura formal a mi ya interminable lista de pasatiempos raros? —bromeé, ladeando la cabeza con una ceja alzada.

Axel soltó una carcajada limpia y sonora que se mezcló armoniosamente con el sonido de las olas rompiendo contra los pilotes de madera del muelle. —¿Y por qué no? Cloe, tienes apenas trece años, aún eres muy joven y tienes por delante un mundo entero por explorar para descubrir realmente lo que quieres hacer con tu vida —me contestó con dulzura, volviendo a mirar hacia el horizonte marino—. Tienes tiempo de sobra para equivocarte y cambiar de opinión cuantas veces quieras.

Me quedé en silencio por unos segundos, jugando con el dobladillo de mi chaqueta, antes de volverte a mirar con una curiosidad repentina. —Y tú... hablando de saber lo que uno quiere, ¿qué quieres tú para tu futuro, Axel?




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